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Asia Central. El pivote olvidado de la geopolítica...

Asia Central. El pivote olvidado de la geopolítica

Asia Central es desde la antigüedad el cruce de caminos entre Oriente y Occidente a partir de rutas milenarias que daban talla al mundo, testigo de un motor logístico responsable de retroalimentar el desarrollo económico y cultural entre dos polos del planeta conocido de entonces. Hoy, Asia Central pasa desapercibido para gran parte del grueso popular; abarca un espacio en el mapa demasiado vasto que lo hace casi abstracto, un espacio mayúsculo entre potencias. Sin embargo, lo cierto es que la importancia que atesora esta zona es una realidad geopolítica imprescindible a tener en cuenta, una realidad que los actores mundiales aspiran a disponer.

Con una población de 68 millones de persona, hoy Asia Central es una región configurada por cinco Estados – Kazajistán, Tayikistán, Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán – que sobreviven contra su legado soviético, potencia de la que formaron parte hasta finales del siglo XX. Antes de su independencia en la década de 1990, a estas Repúblicas se les configuró bajo una infraestructura en sinergia dentro del organigrama de la URSS, por lo que una vez independizadas quedaron al descubierto los desequilibrios estatales para autosuficiencia del país. Cada nación, amén de sus específicos pilares productivos previos, tiene aún hoy dificultades para proporcionar las prestaciones como Estados independientes. El poder está en manos de oligarquías que se benefician de las irregularidades sociales, y que manejan a su antojo los activos del país. Es así que únicamente el 20% de los beneficios procedentes de los recursos naturales se redirigen al Estado. Unos recursos naturales que, dados los problemas estructurales, son la fuente principal para la sostenibilidad de cada nación de Asia Central, pero que se ven condicionados por el elevado índice de corrupción presente en sus gobiernos.

A raíz de la vetusta morfología soviética, cada Estado cuenta con unas capacidades específicas y limitadas que alteran la simbiosis de Asia Central por su carga geopolítica. La producción industrial, el acceso hídrico, los recursos energéticos, las zonas de cultivo y las rutas logísticas de hidrocarburos son condicionantes repartidos entre estos cinco países, donde todos tienen carencias estructurales vitales: Kazajistán y Uzbekistán padecen escasez de agua; Kyrgyzstán y Tajikistán tienen problemas con el abastecimiento eléctrico; Turkmenistán es un país árido a pesar de que cuenta con contundentes reservas de gas; y Uzbekistán tiene entre sus fronteras el mar de Aral, pero únicamente el 9% de su superficie del país es cultivable. Y de fondo toda la tensión que provoca el Valle de Fergana, punto estratégico de Asia Central donde convergen los intereses de Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán.

Gaseoductos y oleoductos en mar Caspio y Asia Central

El Mar Caspio resulta un punto estratégico crucial, tanto por ser fuente de recursos naturales como por resultar punto de tránsito de vías logísticas de hidrocarburos hacia Europa. Dentro de esta cotización geopolítica impera una ambigüedad legal que impide definir las prerrogativas entre las naciones con salida a este mar. La falta de consenso entre Irán, Rusia, Azerbaiyán, Kazajistán y Turkmenistán mantiene en entredicho la jurisprudencia a seguir y, en consecuencia, las naciones se disputan entre tensiones la cuestión que rodea al derecho de explotación de los recursos. A la hora de hablar de cifras en torno al mar Caspio, las reservas agregadas de petróleo en cuatro países de Asia Central y Cáucaso austral alcanzaron los 42 miles de millones en 2015. En cuanto al gas natural, las bolsas en la zona se cuantificaron en 419 trillones ese mismo año.

El agua es el otro activo en disputa de Asia Central. Su escasez ha convertido la cuestión hídrica en un asunto geoestratégico entre los actores de la región; un tema que irá a mayores dada la exponencial reducción de un recurso fundamental no sólo para la supervivencia de la población, sino crucial para la producción industrial y de cultivo, como la del algodón. De hecho, en las últimas décadas, la sobreproducción de éste ha conllevado la casi totalidad extinción del mar de Aral, uno de los mayores exponentes del efecto humano en el planeta. Este tema afecta a todas las naciones de Asia Central. El impacto final se aprecia en el Mar de Aral, pero el juego de poderes geopolíticos se extiende a los ríos que llevan sus cauces hasta este mar. Los ríos de Amu Daría y Sir Daría son el sustento hídrico en la región. Tayikistán y Kirguistán, pesar de ser las naciones más precarias de la región, controlan las fuentes de agua. Su dependencia en el cultivo les ha llevado a potenciar sus sistemas de irrigación, y en consecuencia, la construcción de presas – la presa de Rogun en Tayikistán y la presa de Kambaratinsk en Kirguistán -, una acción que reduce notablemente el suministro hídrico a países como Uzbekistán, cuya necesidad de agua es vital para su producción industrial. Es tal el calibre de la disputa por los recursos que Uzbekistán ha incidido en el juego geopolítico retirando a Tayikistán el abastecimiento de gas, ya que desde Uzbekistán se estima que los problemas con el agua podría suponer pérdidas de 610 millones de dólares en agricultura, además de causar un incremento en el desempleo en torno a 340.000 personas.

Distribución hídrica en la región

El Valle de Ferganá resulta el punto caliente de la región. Es una zona que sobresale por ser valor de cultivo, pero está marcado también por una base tribal e islamista determinante que convierte esta zona concreta en un factor impredecible por su volatilidad; más aún cuando se encuentra entre tres naciones que disputan sus recursos. En Asia Central no se puede pasar por alto las cuestiones étnicas, de por sí más longevas que los propios Estados, y que son un factor endógeno que hacen de esta zona como el mayor punto de inestabilidad del área. Este valle hospeda en torno a catorce millones de personas con índices de natalidad elevados, donde la mitad superan los 18 años: el 70% son de origen uzbeco, 20% kirguices y los restantes tayikos.

El actor fundamentalista más relevante es el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU),que aspira a la construcción de un Califato en toda la región. La presencia y peso de este grupo induce a ver el retorno de los yihadistas centroasiáticos a sus respectivos países de origen como una amenaza real, más ahora que el autodenominado Estado Islámico se ha quedado sin bastiones en Siria.

La posibilidad de un vacío político en cualquier país de Asia Central acarrea unas consecuencias tan patentes como caras. Es así que la inversión que cada actor externo hacia la región atiende a una estrategia que le de beneficio, pero sin descuidar la desestabilidad controlada de sus Gobiernos, que aunque corrupta, supone una línea de flotación política reconocible. Es así que cada potencia ha invertido en aras de sacar el mayor partido posible de la riqueza de Asia Central con el común denominador de implicarse en la región mediante la integración de Asia Central en el mercado de la economía global.

Estados Unidos comenzó a explotar la posición de los países centroasiáticos en 2001, con la invasión de Afganistán como oportunidad para conseguir ventaja militar mediante dos bases militares en la región: la base aérea de Karshi-Khanabad (2001-2005), al sur de Uzbekistán; y la base aérea de Manas, al norte de Biskek, entre 2001 y 2014. Sin embargo, con el transcurso de los años Washington ha ido fortaleciendo su brazo comercial a través de compañías como Chevron o Exxon/Mobile, que poseen importantes porcentajes de explotación de los recursos (se calcula que empresas occidentales poseen en torno al 60% de las reservas regionales).

China mira a Asia Central como una oportunidad para entrelazar sus líneas de aprovisionamiento y el mercado con Occidente, al mismo tiempo que atiende con tensión la amenaza del yihadismo desde su frontera occidental por las implicaciones con la comunidad uigur, oriunda de la región china de Xinjiang. China se postula como el agente con más potencial en la zona. La dinámica que se palpa en Asia Central es de un viraje en su sustento económico externo hacia el gigante asiático, un giro que escenifica el cambio en el orden mundial, especialmente para Estados Unidos como para Rusia. A Pekín le interesa acertar con su inversión en Asia Central para asegurar fuentes energéticas, rutas logísticas y una demostración geopolítica con firma propia: el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda reúne todas estas ambiciones, y Asia Central alberga varios de sus epicentros.

En lo que respecta a Rusia, Asia Central siempre ha estado en su radio de influencia. Su historia no se entiende sin la influencia de Moscú. La capacidad de terciar en cada Gobierno de la zona es orgánica a raíz de los tiempos soviéticos, como pasa con Kazajistán. En últimas fechas, Rusia ha visto como en el ámbito económico China ha amplificado su presencia a través de acuerdos mayúsculos e inversiones suculentas, condicionante suficiente para desglosar la balanza de poderes externos en Asia Central. El coloso eurasiático ha palpado como su potestad sobre la oferta energética se ve afectada por la variedad de gaseoductos y oleoductos fuera de su control que cobran peso en sus rutas hacia Occidente y China.

Punto estratégico del valle de Fergana

Definitivamente, los Estados de Asia Central demandan inversión extranjera continua a costa de servir como punto de tránsito entre Oriente y Occidente. La importancia que tiene, ya no solo por sus recursos energéticos propios, convierte a esta zona en un pivote geopolítico con amplio potencial para revalorizarse. De ahí que proyectos de potencias mundiales como Unión Económica Euroasiática – liderada por Rusia – o la Ruta de la Seda – proyecto chino – sean una demostración de la amplitud estratégica que puede llegar a suponer la inversión y alianza con estas naciones. No obstante, para que Asia Central llegue a alzarse como zona de tal influencia debe corregir su endógena corrupción política y erradicar el islamismo fundamentalista.

Mientras tanto, los recursos naturales abundantes y la localización estratégica se han convertido en Asia Central en el aliciente neto para el desarrollo irregular de sus naciones, a expensas de sacrificar una identidad que su historia se esfuerza en recordar. Una alternativa sería la comercialización entre los recursos que sustentan cada nación de la región; en vez de ser fuente de disputa podría emplearse para potenciar la cooperación y el desarrollo de cada nación. Sin embargo, detrás de esta explicación se encuentra una historia política reciente de juegos de influencia, ávida de poder sobre los aspectos estratégicos de la región, causantes de instrumentalizar los recursos en aras de alzarse sobre los gobiernos vecinos.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica