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Democracia es juego limpio y mora en cada gobernan...

Democracia es juego limpio y mora en cada gobernante (o no).

Las imágenes de ayer de miles de manifestantes tomando al asalto el Capitolio de los Estados Unidos nos han sobrecogido. Uno de los grandes símbolos de la democracia occidental, mancillados por una horda enfervorecida de partidarios de Donald Trump. El presidente saliente se niega a reconocer que ha perdido las elecciones y ha convencido a muchos de sus votantes de que ha habido pucherazo, abonando con ello el terreno para la toma del Capitolio. Es el último y más  icónico ejemplo del desplome del estándar democrático en algunos países.

No somos los primeros en preocuparnos por la calidad de la democracia moderna. Ya los filósofos atenienses propugnaban que era imprescindible que los gobernantes se instruyeran en la virtud y la preparación para liderar al pueblo. También se quejaban de la demagogia -que hoy llamamos populismo- para mover a los electores de las polis a tomar decisiones basadas en emociones primarias. Por su osada clarividencia, a Sócrates le dieron a elegir entre exiliarse o suicidarse (eligió lo segundo). Lo acusaban de corruptor de menores, cuando precisamente denunciaba a las élites espurias. Platón propugnaba una república regida por individuos elevados, ilustrados y puros en las tareas de gobierno. Aristóteles propugnó el justo medio y la mesura en una sociedad jerarquizada donde la actividad de rango inferior: comerciantes, artesanos, sirvientes, estaba al servicio de la superior: estrategas, generales, gobernantes. Presumo que si nuestros padres de la patria se molestaran hoy en leer a los filósofos clásicos, a renglón seguido los denostarían por clasistas, pero afortunadamente no los repasan.

Cuando yo hacía la carrera, a los que estudiaban Ciencias Políticas, los llamábamos «los de políticas» y casi todos eran gente que quería hacer carrera en los grandes partidos.  Hoy les llamamos pomposamente politólogos, es decir, científicos de la política y pululan mucho por los platós y las emisoras, pero ninguno ha presentado públicamente un diseño innovador de un sistema político que mejore el existente. Nada de publicar estudios basados en evidencias sobre qué sistema de gobierno es más eficaz para fomentar la libertad o la soberanía de los pueblos. Tenemos mejores medios y mejor información que nunca para mejorar la calidad de nuestra democracia y sin embargo, a nadie se le ocurre gobernar de forma científica.

Resulta desolador que tengamos hoy muchos de los mismos problemas de la calidad democrática que las polis de hace 25 siglos y quizá la solución sea la misma: fomentar la virtud, la templanza y la instrucción de los niños que luego serán gobernantes. Sobre todo, fomentar la tolerancia y el respeto por el que piensa diferente sin dogmatismo histérico. A los que ya gobiernan sólo les podemos decir que mejoren.  Tengo observado que la sociedad tiende siempre a la homogeneidad, jamás a la diversidad ideológica. Incluso durante la pandemia, hemos aceptado verdades absolutas, normas y modos de comportamientos que convierten en parias a los disidentes, objeto inmediato de descalificación y ataque públicos. Tendemos a la homogeneidad porque la tribu impone lo que se puede y no se puede decir, lo que se puede y no se puede pensar y, sobre todo, regula hasta el paroxismo cómo nos debemos comportar.

Un análisis sereno de cualquiera de nosotros nos desvela cuán mínima es nuestra libertad. Prácticamente todo nuestro comportamiento está reglado y una gran proporción de nuestras riquezas tasadas y gastadas por terceros de antemano: desde la hora de entrar a trabajar hasta nuestras obligaciones tributarias, pasando por cómo hemos de comportarnos en un cine. Tenemos muy poco margen de libre albedrío en el seno de la sociedad moderna. Además, a los que nos tenemos por personas responsables, nos acucian  las obligaciones profesionales, sociales, familiares e incluso lúdicas. Para agravar este deterioro de la libertad individual, hoy nuestros gobiernos se han aficionado a ejercer una influencia coercitiva sobre la educación, sobre la cultura, los actores económicos, la religión, obre los medios de comunicaciones o sobre cualquier ámbito de la sociedad civil que tengan por conveniente. Se está perdiendo la conciencia de fomento de la libertad de la sociedad y está siendo sustituida por una obsesión por imponer verdades y comportamientos oficiales.

Resulta grotesco contemplar la sucesión de informativos de cadenas y emisoras públicas, tanto nacionales como autonómicas o municipales. Todos están plagados de reportajes y noticias laudatorios sobre sus respectivos gobiernos. Son la voz de sus amos. Abunda la propaganda oficial disfrazada de periodismo. El Nodo de Franco está más vivo que nunca y aquí a nadie parece importarle. Los informativos están al servicio de poner guapo al jefe, muy lejos de denunciar el mal gobierno, como ya he indicado en mi artículo «25 maneras de manipular un telediario supuestamente imparcial». Crear un nuevo canal de televisión independiente en abierto es legalmente imposible en España ¿a nadie le preocupa eso? ¿En qué manual de pureza democrática está escrito que cada gobernante tiene que manejar un telediario?

La democracia está en el interior
El síntoma más preocupante de deterioro de la democracia moderna es el del autoritarismo. Existe una pulsión irrefrenable del Poder Ejecutivo para intimidar y subyugar al resto de poderes y autoridades del Estado, también de influir con malas artes en medios de comunicación y sectores influyentes. Incluso a sus propios partidos políticos se los usa como meros instrumentos de la voluntad del jefe. Todo envuelto en un egoísmo corrosivo y prepotente, todo envuelto en el yo, yo y yo.

Un gobernante tiene que ser ante todo generoso. Tener la clarividencia para darse cuenta de que el poder democrático se empieza a perder desde el mismo minuto en que se obtiene. Cuando alcanzas un cargo, ya lo estás perdiendo. El poder democrático caduca, pero la autoridad moral no. Un gobernante debe dedicarse hacer mucho, presumir poco y aceptar deportivamente que la misión de otros es contar lo que él hace. Un gobernante debe respetar y fortalecer la independencia del resto de poderes y autoridades del Estado. Claro que a un dirigente virtuoso no le harían falta tantos contrapesos porque en su punto de mira está siempre el bien común y no el interés personal o partidista. No se obsesiona en moldear a la sociedad a su imagen y semejanza. El demócrata puro tiene una íntima conciencia de juego limpio, de fair play, que es el respeto a la normas y convenciones que garantizan el respeto a las ideas ajenas, por absurdas que nos parezcan. Al demócrata puro le repugna ser embustero porque sabe que la primera forma de corrupción es la mentira y la primera forma de virtud es decir la verdad. Más vale un ladrón de dinero que un ladrón de verdades.

El gobernante seguro de si mismo actúa con la convicción de estar haciendo lo correcto para los demás y su instinto le lleva a simplificar, buscar soluciones y hacer más fácil la vida del gobernado. No está obsesionado con  la prohibición y la exacción. Le importa poco lo que dicen los medios de comunicación porque se siente cerca del pueblo al que sirve, sabe que en breve dejará el cargo y tiene que aprovechar el tiempo para trabajar y gestionar. Tiene un gran sentido del deber e ignora las voces espurias que le atacan sin motivo. Es así de grande. El demócrata defiende la democracia como el mayor tesoro de la sociedad y su modelo de convivencia se basa en el respeto, la armonía y en formar a nuevas generaciones de demócratas (no nuevas generaciones de compañeros de partido). El gobernante demócrata se sabe humano y cree en la ley y el respeto como base de convivencia en una sociedad tan compleja y variopinta como la nuestra. Nos debe educar y exigir moderación y tolerancia, jamás intransigencia. Como decía Antonio Machado: «¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela». Suspiro por líderes políticos cuyo motor sean los sentimientos nobles, con la valentía de ser buenos de corazón.

No tengo la menor esperanza de que así sea, pero al menos puedo señalar con el dedo la utopía de gozar de gobernantes inteligentes, rectos y generosos. Virtuosos, en general.


Doctor en Ciencias Sociales por UDIMA. MBA por la Henley Business School (Reino Unido). Máster Oficial en Seguridad, Defensa y Geoestrategia por la UDIMA. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra. Fundador y Presidente de CISDE. Director general de SAMU. Numerario de la Academia Andaluza de la Historia.

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