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EE.UU advierte a China contra un ataque a Taiwán

EE.UU advierte a China contra un ataque a Taiwán

La advertencia lanzada a China por el Consejero de Seguridad Nacional estadounidense, Robert O´Brien, contra cualquier tentativa de tomar Taiwán por la fuerza, no aclaraba la forma que adoptaría la respuesta norteamericana en caso de que Beijing se atreviera a dar el paso y se decidiera a tomar el control de la isla.

La clave de la postura estadounidense se encuentra en la denominada Acta de Relaciones de Taiwán (TRA, por sus siglas en inglés). Un acuerdo legal en virtud del cual EE.UU se compromete a proporcionar a la isla los “medios necesarios para defenderse”.  El pasado año dicho compromiso se materializaba en una venta de armas por valor de 2.200 millones de dólares, provocando la ira del gobierno chino.

Después de todo China reivindica la propiedad del territorio y parece empeñada en materializar sus reivindicaciones sin descartar el uso de la fuerza. Esto conectaría con la advertencia lanzada por O´brien, en un momento crítico marcado por un incremento de la actividad militar china en las proximidades de Taiwán que no ha pasado precisamente desapercibido,  por el deterioro de las relaciones entre EE.UU y China, y por su fuera poco con unas elecciones presidenciales a las puertas de la Casa Blanca.

Sería un error considerar que las únicas alternativas de China en relación con Taiwán se limitan a conformarse con la paz o a apostar por una invasión armada. Pocas “guerras civiles” encajan con una simplificación excesiva que las explique. En este caso, tenemos que remontarnos cien años, a la década de 1920, para conocer los orígenes del conflicto entre el Partido Comunista Chino (PCC) y el Kuomitang (KMT/Partido Nacionalista). Interrumpido solamente, aunque de forma dramática durante la guerra antijaponesa y la 2ª Guerra Mundial, el enfrentamiento “terminó” con los restos KMT refugiándose en la Isla de Taiwán.

Sin embargo, como suele ocurrir con este tipo de disputas rara vez terminan del todo y el conflicto se enquistó. Puede que cambiasen los medios, modos y el ritmo pero en esencia ha permanecido inalterado hasta nuestros días. EE.UU, como tampoco es novedad, se ha visto envuelto en medio de esta disputa prácticamente desde sus primeros compases, jugando un papel decisivo en cada encontronazo, tanto con sus actos como con sus “silencios”.

A lo largo de las últimas cuatro décadas los altibajos en las relaciones internacionales con ambas partes han sido una constante. No obstante, el compromiso norteamericano de no abandonar a su antiguo aliado se ha mantenido férreamente todos estos años. Tan sólido como la decisión de no apoyar oficialmente la independencia de Taiwán.

China por su parte se ha adaptado a las circunstancias, cambiando de prioridades según el momento. El problema de Taiwán quedó en un segundo plano cuando el fortalecimiento de las relaciones con EE.UU cobró preferencia. Del mismo modo que en los momentos tensión (un ejemplo serían los periodos electorales en Taiwán) ha sabido explotar esta carta recurrente, a través de amenazas o declaraciones militarizadas, ejerciendo la presión justa con el objetivo preservar esa “posibilidad de unificación política”.

Si analizamos con detalle los pasos ha ido dando China, resulta evidente que nunca ha abandonado esa estrategia de unificación; una estrategia que cuenta con un componente claramente militar. Sin embargo, los factores que han propiciado décadas de paz, prosperidad y democracia en Taiwán se están erosionando debido al floreciente poder económico y militar de China, a la consolidación de la democracia en Taiwán y a la peligrosa estrategia estadounidense de abusar de la baza taiwanesa en su rivalidad estratégica con China.

Una mezcla explosiva que podría reavivar las brasas de una guerra inacabada, en la que Taiwán previsiblemente se convertiría en el campo de batalla donde China y EE.UU medirían sus fuerzas. Una contienda en la que poco importaría la autonomía o la prosperidad de la isla y sus habitantes; y donde aparentemente la única “beneficiada” sería esa China que ansía consolidar su posición como potencia dominante en el este de Asia. Para EE.UU, no sería más que otro conflicto difuso y económicamente ruinoso contra otra potencia nuclear.

Pero la apuesta de Beijing no pasaría por una invasión directa, aunque pudiera ser rápida y exitosa. Los responsables de dicho planeamiento saben perfectamente que nada les libraría de hacer frente a años ruinosa insurgencia.  No se trataría de “no ganar”, sino más bien de “no perder” y sentar las bases para una victoria política que llevaría a la unificación nacional, a la manera de Vietnam, Alemania o el propio EE.UU.

EE.UU representaría el papel de “malo de la película” pues su participación justificaría la agresión china. Beijing trataría de responsabilizar a su adversario del deterioro del comercio, la prosperidad y la seguridad en la región, sembrando una semilla de discordia entre sus aliados. Para los analistas, el Centro de Gravedad (CG) de Taiwán no sería su poder militar ante una invasión, sino la voluntad de su pueblo y sus tropas para luchar en un conflicto que se dilataría largamente en el tiempo.

Paralelamente China podría: atacar instalaciones militares, energéticas, de comunicaciones; restringir las importaciones de petróleo o la conectividad a internet; apoderarse de las posicione más desprotegidas a lo largo de la costa, etc. Con todo ello demostraría la incapacidad estadounidense para prevenir o remediar estas acciones y pretendería asfixiar a Taiwán hasta que la “reunificación” empezara a ser vista con otros ojos. En este punto, un resultado negociado con las autoridades taiwanesas sería la verdadera victoria.


Analista de inteligencia. Especializado en análisis del entorno de la información y Defensa.

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