Hezbollah. El Estado paralelo

Hezbollah ha demostrado ser más que un grupo de resistencia. Lo que para unos es un grupo radical islamista para otros es la consolidación de la representación chií; otros, en cambio, lo consideran la única línea de defensa real contra Israel. Tras la guerra en Siria, la organización ha evolucionado, y hoy sostiene unas capacidades poliédricas que le convierten en actor cardinal de cada escenario en el que está involucrado. El liderazgo en torno a la figura de Hassan Nasrallah, el despliegue propagandístico, y la capacidad de moldear su estrategia en facetas políticas, sociales y militares ha transformado a Hezbollah (Partido de Dios) en el ente mejor adaptado a la coyuntura libanesa, y en agente a tener en cuenta en el tablero volátil de Oriente Próximo.

Aquello que empezó como un movimiento de resistencia contra Israel en 1982, hoy posee prerrogativas capaces de controlar los tiempos del mismo Parlamento libanés; ello sin desatender el plano regional, donde ha demostrado una resolución determinante fuera de sus fronteras. La guerra en Siria ha sido su último escaparate. El brazo militar de la organización ha demostrado sus competencias bélicas, siendo clave en el devenir de la guerra civil que asola el país vecino desde 2011, y en la que ha salido como uno de los actores más reforzado no sólo por los resultados, si no por el poso logístico y publicitario que deja tras de sí. Hezbollah siempre ha visto en el régimen de Bashar al Assad un aliado orgánico y, al igual que Irán, un socio indispensable en sus ambiciones geopolíticas. Hassan Nasrallah ha reiterado durante años la necesidad de apoyar al Gobierno de Damasco durante el último lustro, reforzando su argumento con la amenaza yihadistas.

Muro que separa Israel del Líbano en un territorio de gran presencia de Hezbollah

En la esfera nacional, la trabas a la hora de formar Gobierno son prueba de la complejidad del organigrama político libanés, pero también resultan la demostración del progresivo aumento de poder parlamentario e influencia de Hezbollah en la corte nacional. La agrupación política chií se ha erigido como el actor más sólido y unido dentro de la arena política del país, capaz de alienar el devenir de la política nacional a su propia agenda.

En las elecciones del pasado mayo, la formación chií salió una vez más reforzada de los comicios. Desde entonces ha buscado exprimir al gran perjudicado de los resultados – y su mayor rival político -, Saad Harari para forzar a éste a desprenderse de asientos sunnís en el Parlamento. Es así que, hasta la fecha, la nación levantina continúa sin formar Gobierno .

La historia del Líbano ha forjado la capacidad de normalizar la falta de estabilidad en el país árabe. Una coyuntura que Hezbollah ha aprovechado para convertirse en el compás del poder ejecutivo libanés. El Partido de Dios se yergue desde la figura de su líder, impulsado por una propaganda de unidad de tintes populistas, y cuyo radio de acción apunta directamente a todas las esferas de influencia. “Su fanatismo les da determinación; tienen unidad. Nasrallah lo dice y ellos no dudan, cumplen. Por eso consiguen lo que consiguen. Son los únicos en todo el país que están unidos”, resume Shadia, politóloga suní oriunda de Beirut.

La arquitectura propagandística altamente tecnificada, diseñada en torno a la figura de su adalid, bajo la óptica religiosa, y con un lenguaje popular fácil de llegar a todos los oyentes, apuntilla un pragmatismo en consonancia con las necesidades y los objetivos estrictamente definidos de Hezbollah. Demostración de su amplitud estratégica es el despliegue mediático ya consolidado en la vida diaria libanesa: la cadena de televisión Al Manar, la cadena de radio Al-Nour o la revista Qubth ut-Allah son prueba de la presencia de Hezbollah en la rutina de su población. A esto hay que sumar el peso que supone el reconocimiento popular de que el brazo armado de la formación chií tiene mayor poder que el mismo Ejército nacional.

La organización ha sabido extender sus redes de influencia hasta el punto de ganar un reconocimiento que supera la comunidad chií. “Yo no comparto los ideales de Hezbollah, para nada, pero si Israel nos ataca voy a ser la primera en alzar su bandera”, declara Hamal, estudiante drusa libanesa.

Cartel con la foto del líder del grupo chií, Hassan Nasrallah

No obstante, en el círculo de poder del grupo chií prima la alianza geopolítica del grupo con Siria e Irán, frente al pacto político interno entre los organismos políticos libaneses. La implicación del Partido de Dios en la guerra siria lo ha dejado patente: Hassan Nasrallah atiende a una agenda más amplia que la del Estado libanés o la comunidad chií del país levantino; su prioridad atiende a una visión más amplia, una que se centra en la triangulación del poder geopolítico entre Irán-Iraq (chií)-Siria-Líbano.

Irán recurrió a hezbollah como escudero en la guerra en Siria. A cambio le ha proporcionado unos recursos sin precedentes para la milicia libanesa. Misiles guiados, UAV armados, misiles balísticos de corto alcance y misiles antitanque, que han permitido al brazo armado dar un salto táctico y operacional en el transcurso de la guerra. Las cifras lo demuestran de forma objetiva: en la guerra siria el Partido de Dios contó con 130.000 misiles y cohetes, una amplificación palmaria de sus recursos si atendemos que en la guerra contra Israel de 2006 poseía en torno a 15.000.

Con el despliegue de sus redes de influencia en torno a las latitudes chiís de Oriente Medio, respaldado por una infraestructura jerárquica y cadena de mando eficazmente hilvanada, Hassan Nasrallah ha ganado poder e influencia para Hezbollah. Sin embargo, por muy bien reputado que esté el paladín libanés, el brazo armado de la organización ha pagando un elevado precio por su presencia en Siria: la guerra les exigió en su día aumentar la red de reclutamiento; se estima que la milicia llegó a desplegar en Siria hasta a 20.000 efectivos, con unas bajas que median según ciertas fuentes entre las 1.000 y 2.000. Un coste económico y una carga social demasiado alta para prolongar más en el tiempo.

En últimas fechas cabe atender a la reactivación de las sanciones a Irán, y el impacto colateral que éstas pueden tener en la capacidad logística y armamentística de la milicia. Aún si la guerra en Siria debe cerrarse oficialmente, entre los benefactores se encuentra el grupo liderado por Hassan Nasrallah. Aún si la presencia militar del grupo libanés mengua, queda por ver qué presencia e implicación operacional y táctica ocupará Hezbollah en la Siria de postguerra. Este hecho, atendiendo a los antecedentes, va a encontrar una respuesta en Israel. En cuento al conflicto con la nación hebrea, la milicia chií ha conseguido una disuasión efectiva sobre el éste. Tel Aviv es consciente del coste psicológico y el riesgo que puede conllevar entrar en una guerra asimétrica con la milicia, más aún con la latente presencia y profundidad estratégica que ha conseguido la agrupación chií en Siria durante los últimos años. Hezbollah ha encontrado en Siria otro punto desde el cual atacar – o replegarse – de en la confrontación con Israel; todos los actores implicados son conscientes de ello, lo que supone que las tensiones se hagan progresivamente más eruptivas. Hasta la fecha, son continuos los ataques israelíes en territorio sirio contra infraestructuras de Hezbollah e Irán. En este contexto, Rusia, como actor comandante y estratégico de los acontecimientos, está obligado a involucrarse de alguna forma, más si cabe cuando mantiene relaciones con ambos.

Hezbollah se ha erigido como una fuerza regional supranacional; con presencia dentro del organigrama político libanés en paralelo a una agenda propia. Ha ganado experiencia, reputación e influencia desde los comienzos de la guerra en Siria, sin embargo, ahora es su cúpula dirigente quién debe priorizar en otro tipo de estrategia; una que implique menos armas y más política. Paralelamente se abre el interrogante ante el retorno de sus militantes y las consecuencias que puede llegar a tener tanto en la sociedad libanesa como en el equilibrio de poder regional. Una vez demostrada su competencia bélica, la organización ahora debe probar un programa a largo plazo, más estratégico, que supere el marco operacional de la guerra en Siria y pruebe a sus masas popular que es más que una milicia con representación política.

 


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica