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La crisis del COVID-19 fortalece el imperialismo chino

2020 será el año del coronavirus, de la cuarentena y las mascarillas, pero también el año de China y su vínculo con la pandemia. A estas alturas poco importa la consistencia de las acusaciones, la idea ha quedado grabada en gran parte del imaginario colectivo y tal y como nos enseñó Dicaprio en aquella enrevesada película de Nolan: el parásito más resistente no es una bacteria o un virus, sino una idea.

El nexo entre China y la pandemia es una idea totalmente formada y asimilada, prácticamente imposible de erradicar a estas alturas por muchas razones. En 2020 una potencia global en pleno auge, que ya inquietaba a todo Occidente desafiando claramente la supremacía de EE.UU, se volvió repentinamente mucho más amenazadora a ojos del mundo entero.

Lo que hasta el momento no había sido más que una amenaza imprecisa y de tinte más bien político o diplomático, se transformo de la noche a la mañana en algo mucho más inmediato y amenazador. Lo cierto es que por el momento nadie ha podido demostrar con evidencias concluyentes, y sin recurrir a suculentas teorías de la conspiración, que la pandemia que sufrimos haya sido diseñada en un laboratorio de Wuhan o en cualquier otro punto del territorio chino.

Lo que sí resulta indudable es el hecho de que, en diciembre de 2019, fue en China dónde se detectaron los primeros casos del brote que posteriormente se extendería al resto del mundo y se puso de manifiesto el secretismo con el que las autoridades trataron de sofocar la noticia. En pleno caos informativo se levantaron algunas voces que, por poco tiempo, vieron en el COVID-19 una amenaza capaz de acabar con el régimen chino.

El tiempo acabó rápidamente con aquellas frágiles esperanzas y para sorpresa de muchos la política china en la era COVID-19 ha demostrado, no solo que no se ha visto afectada por la tempestad de una opinión pública que hubiera sacudido las administraciones de la inmensa mayoría de países democráticos sino que, en lugar de ello, el gobierno de Xi Jinping y la propia figura del líder chino han emergido reforzados una vez superados los primeros envites del temporal informativo.

A finales de enero, la vacilación inicial dio paso a una movilización total con el objetivo de erradicar la enfermedad y ganar la batalla en los medios a nivel global. El éxito de China, con independencia de los métodos empleados e incluso el grado de veracidad que podamos atribuirle en este contexto, fue incuestionable a la hora de restaurar la “vida normal” en el conjunto del país y vender su vertiginoso triunfo al resto del mundo, hecho que a su vez resultó ser un filón para los propagandistas del partido.

La pandemia también ayudó a controlar la situación en Hong Kong. Allí, la crisis sanitaria resultó valiosa para poner fin a los disturbios antigubernamentales que habían asolado la ciudad desde junio de 2019. Las restricciones relacionadas con el COVID-19  en materia de reuniones públicas y las preocupaciones de salud relacionadas con la aglomeración de multitudes ayudaron a mantener una tranquilidad en las calles como no se había visto en mucho tiempo.

Hasta ahora todo parece haber salido a pedir de Xi Jimping y de la línea más dura del PCCh (Partido Comunista de China), pero una vez más se cumple la máxima de que a toda acción sigue una reacción. La apuesta por un control férreo de Hong Kong, especialmente a partir de la aprobación de la nueva ley de seguridad nacional, ha truncado sus esfuerzos a la hora de persuadir al mundo de que el ascenso de China no debe ser visto como preocupante y que su sistema político dictatorial no representa una amenaza para las formas de vida en otros lugares.

Paralelamente la victoria de Biden, en las elecciones presidenciales de noviembre, parece  haber sido acogida con cierto grado de alivio por los líderes chinos. Según los expertos, el nuevo presidente es visto como un adversario más predecible y dispuesto a la cooperación con China. No obstante la crueldad demostrada por el PCCh en la región occidental de Xinjiang a lo largo de 2020, donde los abusos en materia de derechos humanos no han hecho más que empeorar, empañarán y dificultarán una nueva era de distensión con la comunidad internacional.

Lo cierto es que en 2020 hemos visto atisbos claros del verdadero carácter de China, con una política cada vez más represiva, con una estrategia económica que mira cada vez más hacia adentro, un actitud hacia el exterior que se ha ido volviendo progresivamente más agresiva, con incursiones de sus aviones de combate en las proximidades de Taiwán, enfrentamientos con tropas indias en el Himalaya que se han saldado con víctimas mortales o en forma de medidas comerciales contra Australia por, entre otras razones, solicitar una investigación independiente sobre los orígenes de COVID-19.

En 2020 se ha constatado un cambio fundamental en la estrategia diplomática china que se ha materializado en el paso de la denominada “diplomacia de las mascarillas» a la de los “guerreros lobo «, término que ha ido cobrando cada mayor popularidad a la hora de describir la caústica postura adoptada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de China. Todo lo anterior ha ido en detrimento de los esfuerzos chinos en lo que respecta a restaurar la confianza de Occidente, a pesar de las “buenas intenciones” que inicialmente pudiera haber tras la promesa de reducir a cero las emisiones de dióxido de carbono para el horizonte 2060 o la de ayudar al mundo en su cruzada contra la pandemia.

Hay quienes alertan sobre el resurgimiento del imperialismo bajo la forma de una China expansionista que tiene por objetivo transformar el orden global  a su imagen y semejanza para promover sus propios intereses. Los más escépticos se limitan a poner el foco en los numerosos desafíos que supuestamente impedirían a China moldear el mundo en caso de esa fuera su meta. Para otros observadores occidentales todo podría desembocar en una nueva Guerra Fría, con China en el papel de la antigua URSS.

Probablemente dichas predicciones sean demasiado rígidas y generalistas a la hora de plasmar la complejidad que esconde el ascenso experimentado por China en los últimos años. Lo que está claro es que el poder chino actual obedece a una combinación de factores: una fuerza dinámica integrada por poderosa dosis de autoritarismo, consumismo, ambiciones globales y poder tecnológico. Partiendo de dicha premisa, no es de extrañar que el PCCh persiga consolidar y reforzar su control sobre la sociedad china, fomentar ese consumismo interna y externamente, a la vez que trata de expandir su influencia global y desarrollar y exportar su propia tecnología.


Analista de inteligencia. Especializado en análisis del entorno de la información y Defensa.

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