LEYENDO

La Batalla de Cissa, un importante revés para los ...

La Batalla de Cissa, un importante revés para los cartagineses

Por G.B. D. Agustín Alcázar Segura (R).

A finales de Abril de 218 a.C. Aníbal inició su expedición hacia Italia, poniéndose en ruta desde Qart-Hadanht (Cartagena), hacia el río Ebro con un ejército de 90.000 infantes, unos 12.000 jinetes y 37 elefantes. Según Polibio, previamente mandó a Cartago una fuerza de 1.200 jinetes, 13.850 infantes y 870 honderos baleares[1].

Tras cruzar el Ebro dedicó unas semanas a someter a las tribus ibéricas del Noreste (bargusios, ausetanos, arenosios y lacetanos), pues no podía arriesgarse a dejar en su retaguardia tribus potencialmente hostiles que amenazaran sus líneas de comunicación.

A continuación, reorganizó sus fuerzas[2], dejando en la Península Ibérica dos ejércitos: uno al Norte del Ebro, compuesto por 10.000 infantes y 1.000 jinetes, bajo el mando del general Hannón; otro, integrado por 12600 infantes, 2500 jinetes y 21 elefantes, al mando de su hermano Asdrúbal, que se encargaría de la defensa del resto de las tierras hispanas. Asimismo, dejó bajo el mando de Asdrúbal  una flota de 57 barcos (50 quinquerremes, 2 cuatrirremes y 5 trirremes).

El resto del ejército[3] compuesto por unos 55.000 infantes, 8.000 jinetes y 15 elefantes, reemprendió su camino hacia Italia, cruzando los pasos pirenaicos en busca del río Ródano, que atravesó por una zona indeterminada, y en fecha anterior a la que esperaba el  ejército romano al mando del cónsul Publio Cornelio Scipión.

LOS ROMANOS ARRIBAN A HISPANIA

Cneo Cornelio Escipión

Al saber que Aníbal le había sobrepasado, el cónsul tomó la siguiente decisión: él, con una mínima parte de las tropas a su mando, regresaría a Italia para organizar la defensa ante el avance del cartaginés, mientras que su hermano, el legado Cneo Cornelio Escipión Calvo se hacía cargo del resto de las fuerzas (unos 16.000 hombres) y se dirigiría a la Península Ibérica, a la que los romanos llamaban Hispania, para cortar las líneas de suministro de Aníbal que tenían su origen en tierras hispanas.

De esta forma, a finales del verano del año 218 a.C., 60 naves que  transportaban a los romanos probablemente desde la antigua colonia griega de Massalia (Marsella), aliada de Roma, arribaron a otra colonia griega, ésta ya en Hispania, Emporion (en la provincia de Gerona). Ocupada por aquellos,  fue rebautizada como Emporiae (Ampurias), convirtiéndose en el punto de partida de una conquista que se iba a prolongar por un período de ciento noventa y nueve años.

Los objetivos fundamentales a alcanzar por Cneo en Iberia eran, según las órdenes del Senado, apoyar a las tribus aliadas, asegurar la independencia de los establecimientos griegos, atraer nuevos aliados a la causa romana y, por último, expulsar a los púnicos de la Península[4]. Es evidente que en aquellos momentos Roma no pensaba en otra cosa que en ahogar la fuente de aprovisionamientos del ejército cartaginés que iba a invadir la Península Itálica, sin pensar en ningún momento en la conquista de Hispania y su anexión al incipiente imperio romano.

Inmediatamente, el legado romano inicia los contactos con las diversas tribus pirenaicas y costeras ofreciéndoles su ayuda para desembarazarse de los púnicos. Dado que los pueblos de la zona, al contrario que los ilergetes y edetanos, tenían una capacidad militar muy reducida, no tuvieron más remedio que aceptar la “protección” de los romanos. La primera tribu hispana que tuvo el «honor» de quedar sometida fue la de los layetanos.

Estas tribus le proporcionarían a Escipión contingentes militares auxiliares, que serían los primeros soldados de estas características que Roma admitió en su ejército, pues hasta entonces sus soldados eran, o bien ciudadanos romanos (los legionarios) o soldados latinos o itálicos (los aliados), proporcionados a Roma por los pactos que ésta había suscrito con sus ciudades [5]. Aquellos que, como  los burgussios y andosinos, no la aceptaron, fueron atacados por los romanos, sus poblados destruidos y la población convertida en esclava.

De esta forma, antes de terminar el verano del 218 a.C., los romanos disponían de una base  segura desde la que proyectarse al resto de la costa levantina, en la que recibían constantes refuerzos procedentes de Marsella.

La actitud dubitativa del general cartaginés, Hannon, no atacando en sus inicios a los romanos, permitió que éstos afirmasen su poderío en la zona, al tiempo que las tribus iberas, inicialmente partidarias de los púnicos, se vieran obligadas a aliarse con aquellos.

Este es el momento en que hace su aparición en la historia el rey de los ilergetes, Indíbil, que ante la actitud adoptada por los romanos, se enfrentó abiertamente a ellos. Esta conducta fue seguida por su cuñado, Mandonio, rey de los cessetanos.

Indibil movió su ejército en apoyo de su cuñado, actuando en ese momento forzado por los acontecimientos. Hannón, vista la situación, informó de la acción romana a Asdrúbal, que se encontraba en Cartagena.

A finales de Septiembre, los 10.000 hombres de Hannon y otros 1.500 apotados por Indíbil se encontraban acampados delante de las murallas de Cissa (Tarragona) en espera de acontecimientos, pero en una rápida marcha, Cneo se presentó frente a ellos con la totalidad de su ejército, unos 25.000 hombres[6], produciéndose la primera gran batalla de la II Guerra Púnica en la Península Ibérica, cuando  Aníbal ni siquiera había llegado aún a Italia.

LA BATALLA DE CISSA

Cneo desplegó sus fuerzas de la manera tradicional: las dos legiones en el centro, las dos unidades aliadas a sus flancos, y más al exterior, en ambas alas, su caballería campania y legionaria, no empeñando de momento en el combate más que algunos aliados iberos de caballería, junto a la caballería legionaria. En reserva mantuvo a los iberos recién reclutados así como a los tripulantes de los barcos que había dejado anclados en Ampurias.

Cneo pretendía arrollar el centro púnico con sus legiones, provocando su huida. A continuación, la caballería campania sacaría del campo de batalla a la caballería ibera. Como colofón tras la desbandada, el grueso de la infantería atacaría la ciudad, mientras las fuerzas de reserva se harían con el campamento cartaginés.

Por su parte, Hannón, ante la inferioridad numérica de sus fuerzas, desplegó a sus hombres en línea lo más extendida posible, situando a los hombres de Indíbil a su derecha. Con ello, pretendía compensar la superioridad numérica de los romanos, que le doblaban en número, estableciendo una línea más extensa, pero más delgada de combatientes, con la idea de sujetar a la infantería romana, en tanto que Indíbil, teóricamente más fuerte que sus oponentes, batía un flanco romano y rodeaba a su infantería, para así provocar la victoria propia.

Siguiendo sus procedimientos de combate habituales, las legiones romanas avanzaron, mientras la infantería púnica permanecía estática. A los veinte metros reglamentarios los hastati lanzaron los pilas ligeros y a continuación los pesados contra las filas púnicas. Ante tal avalancha de venablos y antes de que llegase el momento del contacto, las filas se rompieron y los infantes púnicos e iberos huyeron en desbandada.

Mientras tanto, Indíbil, combatía con éxito frente al ala izquierda romana formada por la caballería legionaria.

Ante la huida de la infantería cartaginesa, Cneo lanzó su reserva ibera en apoyo de su flanco izquierdo para que se enfrentase a los ilergetes, con

Jinete armado con lanza. S III a.C.

una doble finalidad: frenar a Indíbil y dar una oportunidad a sus nuevos aliados de estar en el triunfo. Asimismo ordenó que la caballería de su ala derecha se desplazase por detrás de las legiones para apoyar esta acción. Esto trajo consigo  que, en poco tiempo, los ilergetes estuviesen totalmente rodeados por fuerzas muy superiores en número, provocando su rendición. Mientras tanto, una parte de la infantería púnica en su huida había atravesado el campamento propio refugiándose en la ciudad, y otra parte huyó hacia el sur aprovechando el hueco que produjo la maniobra de la caballería del ala derecha.

Una vez capturado Indíbil y situadas las tropas frente a Cissa, Cneo envió unos emisarios a la ciudad. El mensaje era claro: rendición y respeto de las vidas de los prisioneros, o destrucción de la ciudad; además, para que quedase claro el mensaje, anunciaba que crucificaría en el campo de batalla a los ilergetes prisioneros, previamente al asalto de la ciudad. La respuesta fue instantánea: rendición.

El resultado de la batalla fue tremendamente fructífero en el campo táctico: los púnicos habían sufrido 6.000 bajas en combate además de 2.000 prisioneros, entre los que se encontraban el propio Hannon y el rey de los Ilergetes Indíbil y es de suponer que también cayó en su poder Mandonio.

Con el fin de atraerse la lealtad de los ilergetes puso en libertad a Indíbil, si bien le exigió un cierto número de rehenes según se desprende de lo que Tito Livio expone en su ya reiterada obra, cuando dice, a propósito de hechos que se relatarán más adelante, que le había impuesto mayor número de rehenes que antes[7].

Asdrúbal llegó demasiado tarde para ayudar a Hannón y aunque no era lo suficientemente fuerte como para atacar a los romanos, cruzó el río y envió una columna que hostigó a sus fuerzas, capturando a un cierto número de marineros, e infligiéndole tales bajas que la eficacia de la flota romana se redujo de 60 a 35 buques.

Después de castigar a los oficiales a cargo de los contingentes navales por la laxitud de su disciplina, Escipión y el ejército romano se retiró a Tarraco y más tarde a Ampurias. Asdrúbal, por su parte, lo hizo a Cartagena después de la deserción de algunas ciudades aliadas al sur del Ebro. No obstante, el prestigio romano se estableció en España, mientras que los cartagineses habían sufrido un importante revés

Las consecuencias estratégicas de esta victoria fueron de una gran trascendencia, pues al tiempo que Cneo se convirtió en dueño de las tierras al  norte del Ebro, proporcionándole una magnífica base de operaciones para acciones posteriores, Asdrúbal se vio imposibilitado para enviar a Aníbal  los refuerzos que tanto necesitaba en Italia.


[1] POLIBIO: Fontes Hispaniae Antiquae. Libro III, Cap. 33,7.

[2] Durante este período sus fuerzas quedaron disminuidas en unos 3000 desertores carpetanos y otros 7000 que hubo de licenciar por no sentir suficiente confianza en ellos. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Julio: La resistencia hispana contra Roma. Ed. Almena. Madrid 2010.  p 184.

[3] Se incluían en él  numerosos mercenarios hispanos: baleáricos, cántabros, astures, celtíberos, lusitanos e ibéricos en general.

[4] ALCAIDE YEBRA, José Antonio: El tercer frente. Ed. La espada y la pluma. Colección Campañas y Batallas 3. Madrid 2004. p 8.

[5] RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Julio: La resistencia hispana contra Roma. Ed. Almena. Madrid 2010. p 59.

[6]ALCAIDE YEBRA, José Antonio: El tercer frente. Ed. La espada y la pluma. Colección Campañas y Batallas 3. Madrid 2004. p 10.

[7] LIVIO, Tito: Historia de Roma desde su fundación. Libro XXI, capítulo 61.


ARTÍCULOS RELACIONADOS