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El broche de oro a la participación española en Namibia

Por D. Juan del Río Martín.

Finalizada la preparación de los aparatos, los Aviocar de la serie 100, el T-12 B17 y el T-12 B71, se despidieron de la base aérea de Getafe para la larga travesía hasta Namibia, una gran aventura.

Los dos aparatos invirtieron más de siete días, con cerca de 40 horas de vuelo y once escalas técnicas. Cada jornada volaban ocho horas, divididas en dos tramos de cuatro. En la primera parada repostaban combustible y continuaban ruta para pernoctar en el punto final del día. Su llegada a Namibia, el 27 de marzo, constituyó todo un acontecimiento y dos periódicos de Windhoek —Allgenieine Zeitung y The Windhoek Advertiser— reprodujeron al día siguiente en sus primeras páginas fotografías de los aparatos españoles en el aeropuerto de la capital.

También despegó de Getafe un avión Hércules del Ala 31 de Zaragoza, encargado de transportar a 45 miembros del personal de apoyo, así como material logístico. Este aparato hizo dos escalas intermedias, pernoctando en Abidján (Costa de Marfil) y Libreville (Gabón), para llegar a suelo namibio el mismo día que los Aviocar. Se cumplía así la promesa española de que UNTAG contara con Grupo Aéreo el día del inicio oficial de la misión, el 1 de abril. El resto de los Aviocar (T-12 B69, 68, 67, 63, 53 y 15) partieron de Getafe en oleadas de tres los días, 10 y 12 de abril, para llegar a Namibia el 16 y 18, respectivamente.

La misión del destacamento español consistía en proporcionar todo tipo de apoyo aéreo al contingente de las Naciones Unidas: transporte de personal militar y civil, evacuación de enfermos o heridos, y traslado de equipos y mercancías. En alguna ocasión realizaron, asimismo, misiones de reconocimiento sobre lugares de difícil acceso por carretera o de geografía muy montañosa.

Al cuartel general del grupo, en el aeropuerto de Eros, cercano a Windhoek, se destacaron cuatro Aviocar; el resto de los aparatos fueron destinados dos a Ondangwa, y otros dos a Rundy. Desde estos dos aeródromos, situados en el norte del país, cerca de Angola, podía vigilarse la frontera e identificar posibles infiltraciones guerrilleras o movimientos de tropas sudafricanas. Posteriormente, esta distribución se modificó al estacionarse cinco aviones en Eros y el resto en el aeropuerto de Grotfontain, al norte de la capital.

En conjunto, los Aviocar llevaron a cabo durante el año que estuvieron en Namibia un total de 921 misiones, realizando más de 20.000 salidas y cerca de 3.480 horas de vuelo. Transportaron 11.881 pasajeros —40 de ellos heridos— y 414 toneladas de carga diversa. El Hércules enviado al país africano durante el mes de noviembre y parte de diciembre de 1989 realizó 24 misiones y 92 horas de vuelo, trasladando 1.809 pasajeros y 102 toneladas de carga.

A principios de 1989, una vez celebradas las elecciones presidenciales y lograda la independencia de la colonia africana, el contingente de UNTAG comenzó su repatriación. En el caso del despliegue español, el 11 de febrero se suprimió el destacamento de Grotfontain y ochos días después los cuatro primeros Aviocar emprendieron su regreso a España. Para esas fechas, las actividades aéreas habían sido reducidas sensiblemente y sólo se mantenía una línea regular hacia el norte.

La actuación del contingente español constituyó una fuente de frecuentes elogios tanto por parte de las Naciones Unidas como de la opinión pública del país. El reconocimiento a su labor llegó a tal extremo que el nuevo Gobierno namibio solicitó a las Naciones Unidas que los últimos cuatro Aviocar retrasaran su salida, prevista para el 19 de marzo, para asistir al desfile del Día de Independencia que tuvo lugar tres días después. Nueva York dio el visto bueno y los aparatos españoles pusieron así el broche de oro a su participación en UNTAG, antes de partir definitivamente hacia Getafe el 30 de marzo de 1990.

Como colofón a la participación española baste recoger de la carta enviada por Pérez de Cuéllar al ministro de Asuntos Exteriores español, el 21 de marzo de 1991, el agradecimiento a «la notable contribución del personal militar» que «ha recibido numerosos y merecidos elogios por su profesionalismo y dedicación, y ha desempeñado un cometido difícil en circunstancias siempre arduas y muchas veces incómodas. Se ha ganado así la gratitud perdurable de la comunidad internacional, de las Naciones Unidas y, naturalmente, del pueblo de Namibia al que tan idóneamente ha ayudado en su transición hacia la independencia».


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