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La gran mentira británica sobre Nelson y Tenerife

La gran mentira británica sobre Nelson y Tenerife

Por G.B. D. Emilio Abad Ripoll (R).

La tercera carta de Gutiérrez: la carta perdida.
Ya ha quedado dicho en el capítulo anterior que el Comandante General había contestado (con fecha 20 de octubre de aquel 1797) a la solicitud de explicaciones que le demandaba el Ministro de la Guerra,  pero esa respuesta no aparecía entre la documentación relativa a la Gesta del 25 de Julio, por lo que los detractores de Gutiérrez podían seguir con sus acusaciones, pese a, como sabemos,  la aprobación a lo actuado recibida de Carlos IV.

Pero el año 2000, en trabajos relacionados con los primeros balbuceos del Sistema de Acción Cultural de la Defensa, en Tenerife y en uno de los órganos del recién creado Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, el Archivo Intermedio Regional, un equipo de catalogación, bajo la batuta de su entonces director, el coronel de Artillería Enrique Segura Montolío, localizaba la famosa carta, perdida, sencillamente, porque “alguna vez, alguien” la guardó en una carpeta que no se correspondía con el tema en cuestión.

Sir Horatio Nelson. Óleo de William Beeckey. National Portrait Gallery

En ella, tras agradecer el Comandante General al Rey su felicitación por la victoria, comienza aclarando que no le había parecido correcto: “… realzarla explicando los cortos medios con que se había  alcanzado…”, aunque ahora ya detalla las deficiencias de personal: “…las Tropas que yo tenía a mis órdenes, a excepción del Batallón de Infantería de Canarias, reducido a un corto número de hombres, eran… compuestas de una milicia llena de celo y buen deseo, pero que inexperta y sin conocimiento del arte de la Guerra…”, haciendo constar que en la lucha “… apenas había logrado ver a 300 de los nuestros reunidos…”, cuando por sus informaciones los ingleses tenían “… dentro de la Plaza 800 hombres disciplinados y perfectamente armados:..”; y material con que se contaba: “… no haber aquí armamento que entregar al paisanaje y del mal estado en que se halla el que existe en poder de la tropa…”; y con mención especial a la artillería: “Las baterías que sin flanquearse ocupan una extensión de cerca de tres cuartos de legua se hallaban servidas por una corta dotación de gente cansada con tres días de continua fatiga y riesgo, sin haber con quien reemplazarla…”). De hecho, en este importante punto baste decir que si las plantillas alcanzaban un total de 728 artilleros, el número de sirvientes llegaba sólo a 375, en alerta permanente desde las primeras horas del día 22.

Además, allí fuera había una importante escuadra más que suficiente para proteger un nuevo desembarco de tropas que “indubitablemente hubieran vuelto a emprender…”. Una escuadra que como vimos al principio de la serie, embarcaba una importante artillería que podría hacer mucho daño a la población, cuyas casas eran mayoritariamente de madera, en cuanto las corrientes marinas variasen y permitiesen su acercamiento a tierra.

Hace constar también Gutiérrez el peligro que corrían los prisioneros españoles encerrados con los ingleses en Santo Domingo si continuaba la lucha, que podría provocar “… un sacrificio inútil de la vida de muchos buenos vasallos de S.M.….”

Y en esa circunstancia, los ingleses ofrecen capitular, a juicio de nuestro Comandante General, “por la falta del muy considerable número de oficiales muertos y heridos y que confundidos y muy ajenos de mi crítica situación calcularon sin duda el número de mis tropas por el vivo y sostenido fuego que les hizo el corto número de ellas.” A este respecto es significativo que el capitán Troubridge, en su informe a Nelson, escriba que en la lucha en el interior de la población “encontramos todas las calles defendidas por piezas de campaña y más de 8.000 españoles y 100 franceses acercándose por todas las avenidas.”

Pongámonos por un momento en la situación del Comandante General don Antonio Gutiérrez y analicemos lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir.

Hasta el momento, no sólo las acertadas predicciones tácticas y los cuidadosos preparativos logísticos, dentro de la precariedad de medios expuesta, la intensidad de fuego y la eficacia demostrada por las baterías artilleras, el valor de muchos, civiles y militares, y la preparación y disciplina del Batallón de Infantería de Canarias han sido factores fundamentales para lo conseguido. También ha influido ese elemento que Napoleón deseaba tuviesen sus generales: la suerte. Porque, efectivamente, la suerte ha estado del lado español desde el principio. Pensemos en el inesperado aviso que da una humilde campesina a los centinelas de Paso Alto en el frustrado desembarco inglés de las primeras horas del 22 de julio; en las corrientes marinas que hacen penosísimo el acercamiento de las lanchas a tierra ese mismo día, y el enorme calor que agobia a los invasores en las alturas de El Ramonal y contribuye a que se vean obligados a reembarcar al caer la tarde; en las mismas corrientes que hacen muy difícil el acercamiento de la escuadra inglesa a la costa y atacar nuestras baterías y la población, a la par que dispersan las lanchas que componen la  primera oleada de desembarco; la intuición del teniente Grandy y su insistencia, aceptada por el mando, en situar un cañón para que batiese una playa cercana al Castillo de San Cristóbal, centro neurálgico de la defensa; y el acierto de los artilleros que servían ese cañón al alcanzar con su fuego ni más ni menos que al propio Comandante en Jefe  de los ingleses…

Lo que ocurre es que los ingleses están totalmente engañados con respecto a la entidad de nuestras fuerzas, que multiplican por más de 15, están desorientados ante la pérdida de varios de sus jefes y oficiales, posiblemente cansados y hambrientos… pero son varios centenares de hombres duros, disciplinados y bien armados. Y por nuestro bando, la moral está muy alta,  pero la realidad es que somos pocos, mal armados y en buena parte sin apenas instrucción militar.

¿Qué podría ocurrir si se rechazaba la capitulación y se continuaba la lucha? Pues que seguiría aumentando el número de muertos por ambos

Bandera de la fragata Emerald

bandos, y persistiría la resistencia británica desde el interior del convento por unas horas, quizás un día o dos… hasta que las condiciones de la mar cambiasen, la escuadra se acercase a tierra y, su superioridad en medios de fuego (en realidad, unas pocas bombas incendiarias bastarían) convertiría el humilde Lugar de Santa Cruz en una hoguera. Y la hipótesis más favorable -que se lograra derrotar por completo a los ingleses desembarcados- se convertiría en la más peligrosa, pues era más que posible que en apenas unas semanas un contingente aún mayor que el que mandaba Nelson apareciera frente a la isla para tomar cumplida venganza de la derrota, sin que, por el citado motivo del bloqueo de nuestra flota en Cádiz, Canarias pudiera ser socorrida.

Y Gutiérrez tomó la decisión más correcta: aceptar la capitulación propuesta por los ingleses, aún con el punto que tanto picó el amor propio de muchos defensores, el de que reembarcarían con las armas que aún conservaban. Claro que muchos olvidaron, y aún olvidan, que, en contrapartida, el general español exigió que los británicos se comprometiesen a que ningún buque de aquella escuadra, en sus propias palabras, “ofendiese a ésta ni a las demás Islas a mi cargo.”

El escaso eco en la historiografía española y la falacia de la británica
Es posible que algún lector se haya sorprendido al leer esta serie pues, por desgracia,  hasta muy recientemente en los libros de historia españoles la derrota de Nelson en Tenerife ni se citaba en la mayoría de los casos, y cuando se hacía apenas era para dedicarle un pequeño párrafo. Hay excepciones importantes como la del Marqués de Lozoya (1) que reconocía que “..La defensa de Tenerife es la página más gloriosa de la historia canaria desde su incorporación a España…».

Y también es de reseñar que don Antonio Ruméu de Armas Finaliza su monumental Canarias y el Atlántico con un capítulo dedicado a aquella defensa de 1797. Pero a escala nacional, prácticamente nada.

¿Cuál fue la causa de ese silencio? No lo sé, pero quizás otros dos hechos de trascendental importancia, como fueron la derrota de Trafalgar y la Guerra de la Independencia, acaecidos pocos años después, apantallaron la “Gesta del 25 de Julio” que, por ello, no fue considerada por los historiadores tan importante como para dedicar su tiempo a analizar en profundidad lo que podría haber sucedido si Nelson hubiese tenido éxito en su intentona. Cuando se iba a celebrar el 2º centenario de la victoria (1997), nació en Tenerife una asociación histórico-cultural, la Tertulia Amigos del 25 de Julio, gracias a la cual hoy se conoce prácticamente todo lo relativo a los hechos que tuvieron lugar aquel año en la isla del Teide.

Pero puede ser que también confundiera a los historiadores españoles otra cortina de humo: la de la mentira con que los ingleses quisieron, y siguen queriendo, disimular el fracaso del más grande de sus marinos, de uno de sus principales héroes nacionales. Porque, falazmente, la historiografía británica ha tratado de desvirtuar la realidad hasta términos realmente inverosímiles. Si usted busca el hecho en algún libro de historia inglés, si tiene suerte y encuentra algo relativo al ataque a Tenerife, verá que siempre se repite que Nelson tenía la exclusiva misión de llevarse un barco “cargado de riquezas” que había venido de Filipinas y que, ante la inseguridad naval reinante, estaba fondeado en Santa Cruz.

Al cumplirse el bicentenario de la Gesta, el Teniente General Jefe del Mando de Canarias, don Vicente Ripoll Valls (q.e.p.d.), escribió en el prólogo a uno de los libros (2) que por entonces se editaron:

“Londres sentía la necesidad de asegurarse la ruta hacia la fabulosa India, pero para ello necesitaba bases en el Atlántico y el Índico. Disponía ya de Nigeria, Zanzíbar y Adén,… consiguiendo en 1795 expulsar de El Cabo a los holandeses. Sólo quedaba, por tanto, alcanzar el dominio de las Canarias para completar la ruta de apoyo logístico a las colonias asiáticas. La tentación era muy fuerte”.

Sólo les hacía falta una ocasión favorable… y ésta se presentó con la victoria de San Vicente en febrero de 1797 y el bloqueo de la escuadra española en Cádiz.

La capitulación inglesa, óleo de Nicolás Alfaro (Museo Naval)

Por mucho que repitan los ingleses que Nelson se dio una vuelta por las islas para llevarse un barco, la lógica más elemental se opone a esa teoría. Veamos: aquella misma primavera, como se contó al principio de la serie, tan sólo dos fragatas inglesas se bastaron y sobraron para, en dos audaces incursiones, llevarse sendos barcos, uno español y otro francés, de la bahía de Santa Cruz. Y para una acción similar nada menos que un contralmirante, Horacio Nelson se había puesto al frente de cuatro navíos de línea, tres fragatas, un cúter y una obusera, con casi 400 cañones a su disposición y una fuerza de desembarco de unos 2.000 hombres.

Sigamos: Quizás desde Londres se nos considere un poco torpes, pero esperar que el barco “cargado de riquezas” iba a seguir con ellas a bordo fondeado en la rada sin que a nadie se le ocurriera que, ante la imposibilidad de trasladarlas a la Península, estarían más seguras en tierra, es un absurdo total.

Pero estos argumentos lógicos parecían estrellarse ante la propaganda británica, que de ellos hacía caso omiso. Claro que algunos historiadores serios se han tenido que rendir a la evidencia al difundirse un trabajo publicado entre 1844 y 1846 y titulado The Dispatches and Letters of Vice-Admiral Lord Viscount Nelson (3). De él destacan para nuestro tema los siguientes documentos:

a) Una carta de Nelson al almirante Jervis, su superior (12-04-1797) en la que le propone una acción contra Tenerife que “… arruinaría a España y tiene todas las probabilidades de elevar a nuestra Nación al mayor grado de riqueza que nunca haya logrado…” (Y nos preguntamos: ¿con tan sólo el robo de un barco todo ese beneficio?). Para llevarla a cabo, pide Nelson al almirante que ponga a su disposición ni más ni menos que “…el Ejército del Elba, con sus 3.700 hombres, cañones morteros y todo el equipamiento ya embarcado; ellos harían el trabajo en tres días, probablemente en mucho menos:” (Y, perplejos, seguimos preguntándonos: ¿Para apresar un barco ese formidable despliegue? ¿Y “sólo” en menos de 72 horas?). Finalmente, en la misma carta, Nelson parece conformarse, si lo anterior no fuese posible, “con los Royals, unos 600, (que) están en la Flota, con artillería suficiente para el asalto. Usted tiene la capacidad de conseguir los buques almacén; otros 1.000 hombres adicionales aún asegurarían más el éxito de la empresa…(Vamos, que ni para llevarse el Enterprise americano…).

b) La correspondencia mantenida entre Nelson y Jervis, una vez que éste autorizó la operación. Transcribimos su traducción al castellano recogida en la citada Addenda:

Nelson: Cuando se envíe la Intimación para exigir la rendición inmediata de Santa Cruz, o de la isla entera, con la entrega de la totalidad de los cargamentos de todos aquellos barcos que estén atracados en ese lugar, y todo tipo de bienes, además de cañones, mercancías, etc., con excepción de los que perjudiquen al crecimiento actual de la Isla de Tenerife, o de los productos destinados al consumo de los habitantes de la misma que estén en poder de los comerciantes, deseo saber si sus órdenes incluyen que, a la vez, demande una contribución en dólares para la conservación del resto de las propiedades de la Isla de Tenerife, así como de las embarcaciones empleadas en la Costa Africana.

Jervis: “No debe demandar ninguna contribución si todo se entrega”.

Nelson: “¿Es su opinión que la intimación sea dirigida a la Isla de Tenerife en su conjunto, o únicamente a la población de Santa Cruz y al distrito que le pertenece?”

Jervis: “A la totalidad de la isla”.

Nelson: “¿Qué contribución desea que solicite para la preservación de la propiedad privada, con la excepción anteriormente expuesta, por lo que respecta a Gran Canaria?”

Jervis: “Palma, Gomera, Fierro, Forte Ventura, Lancerote

Nelson: “Y en el caso de una negativa a la que yo pueda considerar unos términos razonables, ¿hasta cuando continuaré con la propiedad del lugar?”

A esta pregunta no respondió Jervis. Queda más que claro que Nelson no emprendió la aventura que tan cara le salió para llevarse un barco; ni siquiera para conquistar un puerto o la isla de Tenerife. En las respuestas de Jervis queda expuesta la verdadera intención de la operación en aquel verano de 1797: Ocupar Canarias, el eslabón en la ruta a las Indias que les faltaba, como hemos visto que escribió el General Ripoll Valls.

La intimación de Nelson a Gutiérrez
En el capítulo anterior, al tratar del tema de la correspondencia entre Nelson y Jervis, ha salido a colación la intimación que Nelson enviaba al “gobernador u oficial comandante de Santa Cruz”. Este documento, recogido en una obra publicada a raíz del Bicentenario de la Gesta (4), está incluido en los folios 170-171 de los Nelson Papers y había ya sido comentado por varios autores españoles, entre ellos el Director de la Real Academia de la Historia don Antonio Rumeu de Armas. Vamos a repasarlo dejando al lector las consideraciones que crea oportunas.

El ultimátum, que debía haber sido entregado por el capitán Troubridge, el jefe de las fuerzas de desembarco, a la máxima autoridad militar de la plaza, no llegó a manos de éste por las circunstancias del combate que se han expuesto en capítulos anteriores. El documento, fechado el 20 de julio, consiste en una carta de Nelson compuesta por un preámbulo y 5 artículos.

Al principio comienza aclarando que ha venido “a exigir la inmediata entrega del navío Príncipe de Asturias… junto con su entero y completo

Castillo de San Andrés

cargamento, y así mismo todos aquellos cargamentos y propiedades que hayan podido ser desembarcados en la isla… y que no sean para el consumo de sus habitantes”. Para ello el inglés dice que “ofrezco los términos más honrosos y liberales, que si son rechazados los horrores de la guerra que recaerán sobre los habitantes de Tenerife deberán ser imputados por el mundo a vos, y a vos únicamente, pues destruiré Santa Cruz y las demás poblaciones de la Isla por medio de un bombardeo, exigiendo una muy pesada contribución…”. Hasta aquí todo parece concordar en alguna manera con las tesis inglesas de que Nelson sólo buscaba apoderarse de un barco, aunque incluya también en el botín “otros cargamentos y propiedades”, pero sigamos leyendo y veamos cuales eran los “términos honrosos y liberales” que se recogen en los 5 artículos que a continuación se transcriben literalmente.

Primero: “Deberán entregárseme los fuertes poniendo al momento a las fuerzas británicas en posesión de las puertas.”

Segundo: “La guarnición depondrá las armas, permitiéndose sin embargo a los oficiales que conserven sus espadas y aquélla, sin condición de ser prisionera de guerra, será transportada a España o quedará en la isla, siempre que su conducta agrade al oficial comandante.” Es decir a Nelson.

Tercero: “Con tal de que se cumpla con que me entreguen los cargamentos ya citados, no se exigirá a los habitantes ni la más pequeña contribución; al contrario, gozarán bajo mi protección de toda seguridad en sus personas y propiedades.”

Cuarto: “No se ejercerá intervención alguna en la Santa Religión Católica; sus ministros y todas sus órdenes religiosas estarán bajo mi especial cuidado y protección.”

Quinto: “Las leyes y magistrados vigentes continuarán como hasta aquí, a no ser que la mayoría de los isleños desee otra cosa.” Para concluir la carta con: “Aceptados todos estos artículos, los habitantes de Santa Cruz depositarán sus armas en una casa al cuidado del Obispo y del primer magistrado, siendo muy honorífico para mí el consultar con estos señores todas las ventajas que puedan proporcionar a los habitantes. Horatio Nelson.

Añadiendo como postdata que: “Espero media hora para la aceptación o la repulsa.”

Conclusión.
Llegados a este punto, pocas dudas le habrán quedado al lector acerca de las verdaderas intenciones de los británicos. La incongruencia del ultimátum, que empieza exigiendo la entrega de un barco, para inmediatamente demandar la rendición de la guarnición -con su posible deportación a la Península- y la entrega de los fuertes, además de las promesas de no exigir contribuciones y proteger a la Iglesia Católica y al vigente sistema judicial y político, no parecen, precisamente, indicios de que se conformarían con el robo del barco y de que la estancia en tierra pensaba ser corta.

En este verano de 2013 en el que el tema de Gibraltar acapara primeras páginas y editoriales, es fácil constatar la semejanza de las condiciones de rendición propuestas a gibraltareños y tinerfeños. Aquel otro verano, el de 1797, también pudimos perder Canarias, y si repasamos las vicisitudes históricas por las que pasó nuestra Patria a partir de aquella fecha (el ya citado bloqueo de la escuadra, la derrota de Trafalgar en 1805, la Guerra de la Independencia entre 1808 y 1814, las guerras de emancipación de nuestras posesiones americanas, las guerras carlistas, las disensiones políticas del XIX…) sinceramente creemos que no hubiésemos podido recuperarlas ni militar ni diplomáticamente. Y hasta es posible que, a semejanza de Utrecht, Fernando VII hubiese firmado un Tratado para agradecer a Inglaterra y a Wellington su apoyo en la Guerra de la Independencia, concediéndole a perpetuidad “el uso” de las Canarias…

Nelson vino a Tenerife, digan lo que digan y se pongan como se pongan sus compatriotas, a por Canarias. En otro lugar dijimos que el suceso es también casi desconocido por los británicos, y eso se constata en las caras de asombro de los turistas de Albión que visitan el Museo Histórico Militar de Canarias en el antiguo cuartel de Almeyda de Santa Cruz de Tenerife. Allí, las dos banderas inglesas, las armas y el material tomados al enemigo, y el relato, en una maravillosa maqueta de la Santa Cruz de 1797, de los tres días que duró la Gesta, les impresionan profundamente. Y al abandonar el Museo miran con cierto respeto, apenas a dos centenares de metros, las aguas de la rada en que se perdieron para siempre cientos de marineros ingleses y el brazo derecho de su uno de sus más famosos compatriotas. Seguramente más de uno se preguntará cómo podría haber cambiado la historia de Inglaterra si aquel trozo de metralla que hirió al contralmirante, con un desvío de centímetros, hubiese acabado con su vida.

Y frente a ellos, en la entrada del recinto, sigue ondeando la bandera roja y gualda, como en aquellos días del verano de 1797 en que la Virgen de Candelaria -y con ella Canarias- no quisieron ser inglesas.

A lo mejor al lector le han quedado ganas de conocer más detalles acerca de este hecho tan desconocido de nuestra Historia. En este caso, le recomiendo la entrada en la página web de la Tertulia Amigos del 25 de Julio (www. amigos25julio.com), en la que encontrará abundante bibliografía y conferencias sobre el tema, pudiendo incluso descargarse algunas de las obras.

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(1) Historia de España, Tomo V, p. 355. Madrid, 1968.
(2) Varios autores. La Gesta del 25 de Julio de 1797 (Catálogo). Santa Cruza de Tenerife, 1797.l
(3) Ontoria Oquillas, P., Cola Benítez, L., García Pulido, D. Addenda a las Fuentes documentales del 25 de julio de 1797. pp- 84-88. Santa Cruz de Tenerife, 2008
(4) Ontoria Oquillas, P., COLA BENÍTEZ, L. y GARCÍA PULIDO, D. Fuentes documentales del 25 de Julio de 1797. p. 311. Madrid, 1997.


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