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Biden y Putin, Ginebra y una relación con posos de la Guerra Fría

Las relaciones entre Moscú y Washington aún cargan con el bagaje de la segunda mitad del siglo pasado. Es así que cualquier tipo de trato bilateral está marcado por un choque sistémico. Las dos naciones promulgan cosmovisiones contrapuestas, de ahí que las relaciones entre ambos países aspiren, en el mejor escenario, a una tensión contenida bajo un pragmatismo que beneficie a ambos.

Bajo tal premisa, debe considerarse que la actual dirigencia norteamericana también debe contrarrestar los efectos de la política afable mostrada por la Administración Trump hacia la Rusia de Putin. Esta coyuntura añade exigencia a una política ya de por sí de dialéctica agresiva, constatada en declaraciones realizadas por el propio Biden durante su campaña electoral. No obstante, la visión del Gobierno demócrata hacia la nación eurasiática no fue impedimento para que el Ejecutivo estadounidense propusiera a su homólogo ruso un encuentro oficial para intercambiar posturas. Así fue cómo se fraguó la cumbre de Ginebra celebrada el pasado 16 de junio.

Las cumbres bilaterales no definen políticas, son momentos para ponderar tensiones y medir personalidades; escenarios en los que se perciben las prioridades de los líderes y se dejan entrever los límites de sus políticas. En este caso, el encuentro de Ginebra era la primera ocasión en la que Joe Biden se reunía con Vladimir Putin como presidente estadounidense, ya que previamente había tratado como vicepresidente de la Administración Obama.

Ronald Reagan y Mikhail Gorbachev en Geneva en 1985

El encuentro ha dejado señaladas las prioridades. No se ha firmado ningún acuerdo, simplemente se ha constatado la vía diplomática. La reunión, aun si mostró el distanciamiento, deja abierta la posibilidad de configurar líneas de acción común en materia internacional. La reducción de armamento estratégico, como el Tratado New START, es un referente, y existen otros temas en los que las relaciones ruso-estadounidense pueden incidir, como el pacto nuclear con Irán, el Ártico o un plan de desarme estratégico que incluya a China. Se trata de puntos en los que existe una línea política convergente que puede incitar a mayor cooperación. Del mismo modo, temas más polémicos como los ciberataques sufridos por Estados Unidos desde suelo ruso se han tratado – que no resuelto – con la posibilidad de crear equipos de investigación conjuntos.

La tensión entre Estados Unidos y Rusia alcanzó su punto álgido en 2014 con la anexión rusa de Crimea. Los acontecimientos en Ucrania supusieron un viraje de la política internacional que aún hoy perduran, y que ha dejado múltiples capítulos de fricción entre Rusia y Occidente, reflejado en gran medida por la batería de sanciones impuestas al país eslavo, a sus oligarcas y empresas.

Durante los cuatro años de presidencia de Donald Trump las relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin fueron menos irascibles, fruto de la afinidad del líder republicano con su par ruso. Sin embargo, las esferas de poder estadounidenses externas al equipo de gobierno de Trump mantuvieron el rechazo y la narrativa crítica hacia Rusia y Putin. Quedó constancia de esta situación con la progresión de las sanciones hacia el país eurasiático a raíz de Crimea, incentivado años más tarde por la trama en torno a las injerencias sobre los procesos democráticos estadounidenses.

En este orden de cosas, la cumbre de Ginebra evidenció tanto la perfil como el recorrido de los mandatarios. El hecho de que Biden hubiera tratado con Putin anteriormente ahorró las formalidades primerizas entre los dos dirigentes y condujo a un pragmatismo protocolario que en el futuro puede incentivar a crear proyectos conjuntos en la línea del New START: “Esto no trata de confianza, sino de interés mutuo”. Estas palabras de la máxima autoridad norteamericana dejaban claro que su perspectiva sobre el Kremlin no sería impedimento para que su país tratara con Rusia en espacios de común interés. El primer objetivo del encuentro era revalidar la voluntad a la vía del diálogo, conscientes de que para el avance de unas relaciones fructíferas se va a necesitar una inversión más decidida en la mesa de negociación. Por ello, el primer paso fue confirmar la reinserción de los cuerpos diplomáticos en los respectivos países.

Embajada de Estados Unidos en Moscú

Un marco de acción bilateral más eficiente entre Rusia y Estados Unidos podría configurar mecanismos que permitan avanzar en temas en los que ambos países coinciden sin que éstos se vean perjudicados por el distanciamiento entre los líderes ni por la desconfianza mutua imperante. La confirmación de reglas comunes potenciaría las áreas de cooperación a pesar del clima tirante en contextos de competitividad y confrontación. Si Moscú y Washington son capaces de parcelar los asuntos, se podría avanzar en aquellos temas cuya postura entre los dos partes sigue una línea similar.

Joe Biden tiene a sus espaldas más de cuatro décadas de carrera política, por lo que ha vivido en primera persona las dimensiones de la Guerra Fría. Aunque sabe que en el contexto de hoy el verdadero rival es China, concibe a Rusia como el actor disruptivo al que no puede desatender ni infravalorar. Por tanto, si en algún punto existe la posibilidad de desarrollar una ingeniería diplomática capaz de contener la tensión con Moscú, Estados Unidos podría dedicar más atención a asuntos internos y cuestiones geopolíticas más apremiantes.

Mientras tanto, desde la óptica rusa, la propuesta del encuentro – que salió de la Administración estadounidense – sirve de material propagandístico para Putin, que no perderá la oportunidad de capitalizar la invitación al diálogo de cara al pueblo ruso para engrandecer la posición internacional de la nación.

Embajada de la Federación rusa en Washington

Putin es el primer conocedor de las limitaciones y carencias de su país, pero también es el máximo paladín de la proyección rusa. El entramado híbrido desplegado por el Kremlin en la última década ha permitido restaurar las potestades geopolíticas rusas en zonas como Oriente Medio o África, a lo que hay que sumar su asociación estratégica con China. La proyección de Rusia es mayor que sus capacidades reales, pero Vladimir Putin conoce muy bien las dinámicas de la geopolítica. El líder petersburgués no va desperdiciar la oportunidad de desarrollar planes conjuntos con Estados Unidos si su posición sale fortalecida.

La cumbre de Ginebra no albergaba unas expectativas elevadas. El perfil y la experiencia de ambos líderes hacia presagiar un encuentro protocolario y sin salidas de guión. Una toma de contacto cuyo valor se podrá medir por la tónica de próximos encuentros. Los mínimos comunes entre ambos Gobiernos se centraban en el retorno de los cuerpos diplomáticos, a la que se sumó la idea de crear un grupo conjunto para analizar los ataques cibernéticos sufrido por Estados Unidos en los últimos meses: el hackeo el pasado diciembre de SolarWinds y de Colonial este mismo año son el tipo de cuestiones que incentivan el clima de desconfianza y rechazo en las relaciones entre Washington y Moscú.

No obstante, la reunión en Ginebra ha dejado detalles cargados de significado que afirman la relación fría y distante entre los dos mandatario: la negativa a una rueda de prensa conjunta, la poca duración del encuentro entre altos cargos o el perpetrado orden entre las declaraciones de los dos líderes han dejado en evidencia la poca sintonía entre gabinetes. Sin embargo, el encuentro ya de por sí denota un interés por marcar presencia y publicitar límites de acción, y que también deja abierta la posibilidad a mejorar la estabilidad estratégica a través de proyectos de cooperación.

El primer es desarrollar una política bilateral en la que la desconfianza mutua quede controlada e impida que la tensión desemboque en una escalada bélica. Desde los sucesos en Georgia en 2008 hasta la retirada de sus respectivos cuerpos diplomáticos de este año, pasando por la guerra en Ucrania, los vínculos entre Washington y Moscú han sufrido un deterioro continuo. De hecho, Ucrania y los ataques cibernéticos son los temas más disruptivos entre los dos países actualmente, y en ninguno se visualiza una resolución real a corto plazo, a pesar de que Putin hablara en la cumbre sobre la posibilidad de formar un equipo de trabajo de investigación conjunto en materia de ciberseguridad.

Vladimir Putin y Donald Trump en la cumbre del G20 en 2017 en Hamburgo

Una razón de la tensión impredecible entre ambos países es la carencia de una plataforma de coordinación – como sí existe entre Washington y Pekín – sobre la que pavimentar dispositivos que permitan gestionar de manera eficiente escenarios de tirantez. La ausencia de este tipo de mecanismos se puede justificar sobre la base de que entre Rusia y Estados Unidos no existe una interdependencia económica como los que sí impera entre las naciones norteamericana y asiática.

Los acontecimientos de los últimos años han aumentado la desconfianza y el desdén entre países, hasta el punto de cristalizar en un rechazo social y político recíproco con los posos de la Guerra Fría. La trama rusa en las elecciones presidenciales de 2016 afianzaron en los demócratas un rescoldo hacia el Kremlin que hoy la Administración Biden debe gestiona y que está por ver cómo se refleja en su política exterior hacia Moscú. Por ello, a pesar de que Biden es consciente de que la competencia la representa China, para el líder demócrata Rusia es un actor al que ve necesario mostrar músculo y al que marcarle las líneas rojas.

Es así que la cumbre en Ginebra ha servido al dirigente estadounidense para precisamente señalar públicamente los límites a Putin. La mención al opositor ruso, Navalni­­ – envenenado a principios de año –, le valió a Joe Biden para defender los valores sobre derechos humanos y democráticos. Sin embargo, esta elección en el discurso también sirvió al mandatario ruso para encontrar la analogía en el asalto al capitolio de Washington del pasado enero. Una vez más, la mención pública de ciertos temas muestra que la naturaleza de los líderes entorpece por momentos el trabajo diplomático y el potencial de unas relaciones más benignas. Por el lado ruso, en clave geopolítica, la iniciativa norteamericana para este encuentro permite a Putin subrayar el crédito de Rusia como actor indispensable y alimenta el nacionalismo que justifica las políticas del Kremlin ante su pueblo.

En un orden mundial en el que las dos grandes fuerzas son China y Estados Unidos, Rusia se erige como la tercera potencia. A pesar de no contar con los recursos para dar continuidad a su fuerza, sí posee la capacidad incisiva para alterar el orden internacional. La multipolaridad a la que se asoma el tablero internacional señala a Rusia y la Unión Europea como actores de segunda línea, pero con la potestad para condicionar la profundidad estratégica de los dos colosos. De hecho, en relación a la tensión entre Occidente y Rusia, Europa será imprescindible en una posible transición hacia la desescalada. La implicación de una Europa más coordinada y con una estrategia geopolítica mejor definida podría ayudar a delinear una relación entre el bloque Atlántico y Rusia, cuanto menos, mejor definida y más controlable.

En cuanto a las relaciones entre Moscú y Washington, la idea de parcelar los asuntos ayudaría al avance en espacios de interés mutuo, como el Ártico, el futuro inmediato de Afganistán, el terrorismo yihadista, la estabilidad del Mediterráneo oriental o un control armamentístico que incluya a China. Sin embargo, el devenir de Ucrania es el principal punto de fricción internacional, a lo que hay que añadir la cuestión de las injerencias cibernéticas. Ambos son temas que dinamitan un cambio en la tónica de las relaciones. Sin un acuerdo sobre el futuro de Ucrania, Rusia y Estados Unidos mantendrán una postura distante y acusativa recíproca. Las sanciones impuestas al país eslavo por una lado, y los continuos sucesos cibernéticos por otro, alimentan la pirotecnia verbal entre esferas de poder; una losa para la labor diplomática que debe encontrar la forma de trabajar en paralelo a las tensiones y hacer valer el potencial de la cooperación.

El encuentro el pasado junio en Ginebra entre los dos mandatarios. La primera vez con Joe Biden como máximo representante estadounidense

Para la Administración demócrata, estabilizar la tensión con Rusia le permitiría invertir recursos y tiempo en encarar retos más imperativos en clave geopolítica. En cuanto a la contraparte rusa, Putin ha conseguido que la labor diplomática converja con la estrategia agresiva que él mismo ha incentivado, y que ha permitido ubicar al país eurasiático entre los actores preponderantes del globo: la cumbre del pasado junio en Ginebra demuestra que a Rusia aún se la tiene en consideración. Una realidad que da la razón al líder eslavo en cuanto a la posición de su país en el mundo.

El tiempo demostrará la profundidad de las intenciones en la cumbre de Ginebra de 2021. El poso que deja es el de un encuentro que ha servido para marcar los límites de acción a Rusia – y que al mismo tiempo la encumbra por la cita­–, pero que no descarta la cooperación en materia estratégica, a pesar del choque sistémico entre los países y el distanciamiento de sus líderes.

Cuando se trata de la relación entre Rusia y Estados Unidos a lo máximo que se puede aspirar con la generación de políticos vigente es a un control de la tensión. Esta realidad se reafirma cuando el liderazgo está en manos de figuras con carrera pública desde los tiempos de la Guerra Fría, que sustentan en su cargo el bagaje histórico de las relaciones entre los dos países.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica