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Israel-EAU-Bahréin. Una maniobra diplomática para salvar carreras políticas

El pasado 13 de agosto Donald Trump anunciaba la oficialidad de las relaciones entre Israel y Emiratos Árabes Unidos (EAU). Los denominados Acuerdos de Abraham otorgan el reconocimiento por parte del país del Golfo Pérsico a la nación hebrea, convirtiéndose en el tercer Estado árabe tras Egipto (1979) y Jordania (1994) . La rúbrica del acuerdo se llevó a cabo el 15 de septiembre, al que se unió otra nación del Golfo, Bahréin, para dotar a la firma de mayor repercusión internacional.

Como es una constante en todo lo que rodea a Oriente Próximo, este acuerdo encierra una amalgama de cuestiones geopolíticas dentro de todo el escenario internacional en el que se ha visto directamente implicada, además de Israel y EAU, la Administración Trump.

El pacto parte de la premisa de paralizar el plan israelí de anexionarse los territorios ocupados de Cisjordania. Una vez acordada su paralización, que no anulación, el líder emiratí Mohamed bin Zayed (MBZ) ha accedido a reconocer al Estado judío. Este paso supone una gran presión dentro del orbe árabe, que desde mediados del siglo XX se ha posicionado a favor de la causa fraternal palestina. Ésta ha sido durante décadas el epicentro de los avatares diplomáticos y bélicos en Oriente Medio, sin embargo, desde comienzos de este siglo, con la escalada global del terrorismo yihadista, las invasiones de Afganistán e Iraq, o los levantamientos populares a partir de 2010 en el orbe árabe, los pormenores del pueblo palestino ha perdido prioridad en la agenda internacional.

A pesar de que se llega ahora a un acuerdo, la relación entre Israel y los países del Golfo ha existido durante décadas. Las relaciones han sido encubiertas, informales y mediante contactos indirectos, y especialmente concernientes a temas de seguridad e Inteligencia. Esto se explica desde el hecho de que comparten enemigos y amenazas, como Irán y sus grupos subsidiarios, las vertientes del islam político de la línea de los Hermanos Musulmanes, o las agrupaciones yihadistas.

Otro factor a tener en cuenta es el momento elegido para anunciar el acuerdo. EAU ha estado respaldado durante toda la legislatura por la Administración Trump, por lo que el momento de oficializar las relaciones con Israel está cargado de oportunismo, ya que proporciona material político a su aliado norteamericano para subir su cotización de cara a las elecciones de noviembre.

En lo referente a los contrapesos de poder de Oriente Próximo, Abu Dhabi ha abierto una opción diplomática hasta ahora vetada. Las relaciones oficiales de los árabes con Israel hasta la fecha estaban condicionadas a la solución de los dos Estados y el retorno a las fronteras de 1967. El acuerdo firmado demuestra que se ha creado una alternativa. No obstante, se va a poner a prueba la alianza entre los árabes, con la reacción de sus sociedades y la postura entre sus gobiernos, que servirá para medir el potencial de este acuerdo. Los implicados del Golfo son conscientes de que se trata de una maniobra diplomática que puede proporcionar beneficios rápidamente cuantificables, más aún dentro de sociedades jóvenes que no ven la causa palestina con el mismo significado que la generación de sus padres.

En el marco regional del Golfo Pérsico, con la amplitud de cuestiones y efervescencia social que sufre toda la región, países pequeños con amplios recursos energéticos son conscientes de los beneficios de tratar con el Estado judío a cambio de exigir la paralización de las aspiraciones políticas israelíes sobre Cisjordania.

Primer vuelo israelí que aterriza en Abu Dhabi. El 31 de agosto. (A bordo Robert O’Brien, Jared Kushner; y la delegación israelí cabezada por Meir Ben-Shabbat

La Administración Trump ha sido la propulsora de ese acuerdo, liderado por Jared Kusher, representante del Ejecutivo estadounidense en todo lo que concierne a Oriente Próximo. A la hora de anunciar el acuerdo, la Casa Blanca no ha dudado en proclamar éste “el acuerdo del siglo”, en un intento por amplificar el alcance de la firma con vistas a las elecciones. A raíz de la recesión económica y de la gestión de la pandemia por Covid-19, el actual Gobierno necesita material mediático que propulse la candidatura de Donald Trump.

El presidente estadounidense ha convertido a las naciones del Golfo en principales aliadas durante su legislatura, en la misma medida que ha tratado a Israel como el primer aliado en la zona. Las buenas relaciones del gabinete republicano con Benjamin Netanyahu y Mohammed bin Zayed van más allá de los acuerdos comerciales, además del trasfondo estratégico por unificar la presión hacia Irán, enemigo común. La prioridad del Gobierno estadounidense en los últimos meses ha sido vender una gesta diplomática para las elecciones y alinear a sus aliados en la zona contra la que consideran la mayor amenaza que es el Estado persa.

Israel ha conseguido que otros dos países árabes lo reconozcan como Estado, a lo que hay que sumar que son dos naciones con las que no ha librado guerras, por lo que se puede presuponer que cualquier tipo de sociedad evolucionará con menos obstáculos. Sin embargo, dentro de Israel, el primer ministro Benjamin Natanyahu va a pagar capital político por paralizar la anexión de parte de Cisjordania, promesa electoral para su electorado más conservador, y clave de su victoria en las urnas, aval que le ha permitido posponer ser juzgado por corrupción. Por el momento, Netanyahu ha conseguido que más países árabes reconozcan a Israel, además de tratarse de naciones con cuya asociación el país hebreo puede hacer negocios más lucrativos que con Jordania o Egipto, cuyo mayor rédito es la seguridad estratégica que supone la paz con ellos. Definitivamente, desde la perspectiva comercial, para Israel la normalización de las relaciones con EAU y Bahréin atesora mayor potencial.

Bajo lógica geopolítica, se entiende el acercamiento de Emiratos Árabes Unidos y Bahréin a Israel. Comparten al enemigo regional como es Irán, la amenaza lejana que supone el neootomanismo de Turquía, así como los grupos fundamentalistas, que también representan una inquietud para ambas partes. En materia geopolítica existen otros factores a tener en cuenta: Israel atesora capacidades que estas naciones árabes anhelan en materia de desarrollo de infraestructuras, la profesionalización de su población y, especialmente, el grado de avance tecnológico. Dentro de todo ello no se puede infravalorar que en capacidades de seguridad y defensa tanto el Estado judío como las naciones de Golfo salen reforzados con la normalización en sus relaciones. Definitivamente, combinar el poder económico de estas monarquías con la capacidad israelí en cibertecnología, y tecnología agraria y sanitaria guarda un gran potencial para todas las partes, hasta el punto de condicionar el orden de poderes de la zona.

Mohammed bin Zayed y Donald Trump. Una alianza vital en Oriente Próximo.

Una nueva generación de líderes, encabezada por el príncipe heredero de Abu Dhabi, Mohammed bin Zayed, inició en su momento una política más interventora en la región. Una decisión estratégica con el objetivo de convertir a EAU no sólo en un epicentro financiero a escala global, sino en un actor protagonista tanto por su faceta diplomática como por su capacidad bélica. De ahí que la modernización de sus fuerzas militares y el salto en la capacidad tecnológica resulte una cuestión prioritaria. Estas necesidades justifican el acercamiento a Israel y la oficialidad de sus relaciones.

Emiratos Árabes Unidos ha encontrado en el contexto de la anexión de Cisjordania la oportunidad de vender la defensa de la causa palestina a cambio de reconocer a Israel. Abu Dhabi es consciente del potencial que puede suponer una relación con un Estado que, en términos estructurales, ve como modelo: país pequeño en la región, pero potencia a partir de su infraestructura económica puntera, diversificación y desarrollo técnico. Capacidades de las que los Emiratos carecen y aspiran a poseer.

Desde que Mohammed bin Zayed sustenta el poder de facto del país la monarquía ha mostrado unas aspiraciones geopolíticas que han cambiado su rol en la región. Las intervenciones en Libia y Yemen han sido las demostraciones exponenciales de la última década. Asimismo, ha proyectado cierta apertura religiosa y una flexibilidad propias de una élite política consciente de las dinámicas regionales y de las necesidades estratégicas imperantes.

De los tres actores principales, EAU es el único que ve este acuerdo como parte de una estrategia política a largo plazo. Mohammed Bin Zayed es el único que se puede permitir tal perspectiva, dado que Trump y Netanyahu contemporizan al considerar el pacto como un gesto táctico acorde a la necesidad de sus carreras políticas.

Los Emiratos no atesoran la resonancia internacional o la repercusión dentro del orbe musulmán de Arabia Saudí, pero la destreza de sus dirigentes le ha proporcionado una posición con cada vez con mayor peso, a raíz de una diplomacia proactiva y bien definida. El liderazgo desde Abu Dhabi ha cambiado el papel regional del los Emiratos hasta el punto de convertirlos en un actor cada vez más presente en la hoja de ruta de Oriente Próximo. Los Acuerdos de Abraham son el último ejemplo.

Los principales perjudicados de este acuerdo son los palestinos. Hasta la fecha, Jordania y Egipto eran los países de la región que reconocían a Israel, pero ello fue resultado de las guerras libradas – y perdidas – ante la nación hebrea. En este pacto no se ha contado en ningún momento con representación palestina, e ignora la Iniciativa Árabe de Paz – acordada en 2002 – sobre la solución de los dos Estados y retirada a las fronteras de 1967. La firma de estos acuerdos deja a la cúpula de poder palestina sin el aval político de que los países de árabes sólo normalizarían relaciones con Israel cuando ésta cumpliera con las exigencias. La maniobra diplomática iniciada por EAU ha generado una escenario que socava el respaldo de los países árabes por la causa palestina, y yugula el valor del acuerdo alcanzado por la Liga Árabe en 2002.

Por el momento, el anuncio de estos acuerdos ha conseguido reagrupar a facciones palestinas. Los siguientes pasos dejarán entrever en qué se traduce esta unidad y qué tipo de estrategia se va a acometer hacia los firmantes. También si se dedican los canales diplomáticos para contrarrestar cualquier acercamiento a Israel que se hayan planteado otras naciones árabes. Especial importancia la respuesta de Arabia Saudí, actor cuya decisión puede condicionar un nuevo ecosistema en Oriente Próximo y enterrar las posibilidades del Estado palestino.

Otro escenario es que la dirigencia palestina esté dispuesta a negociar los posibles próximos episodios del acuerdo, asegurándose así cierto margen de maniobra. Sin embargo, los antecedentes invitan a no esperar esta vía.

La postura a medio o largo plazo de la monarquía del Reino de Desierto puede ser un medidor del verdadero peso geopolítico del acuerdo. Como aspirante a potencia regional, Riad no puede permitirse el alineamiento precipitado, aun si es consciente de los beneficios que le puede reportar el reconocimiento de Israel. Al igual que sus vecinos, Riad también ha mantenido relaciones entre bastidores con el Estado judío sobre materia de seguridad e Inteligencia.

Sin embargo, el contexto de Arabia Saudí no se mide bajo las mismas condiciones que sus vecinos: por ser defensor de Santos Lugares, por su maltrecha reputación internacional, y por una corte teocrática más conservadora y poderosa, su transición para reconocer a la nación hebrea puede llevar un coste de mayores proporciones, tanto en el ámbito interno como en la región.

A todo ello hay que añadir que hoy la causa palestina no ocupa el peso diplomático de antaño en la política de Oriente Próximo. En la última década, las revueltas en países árabes desde 2010, la guerra civil siria, la aparición del autodenominado Estado Islámico o las guerras en Libia y Yemen, han provocado que la consagración por el Estado palestino haya perdido resonancia.

Es otro gran afectado de este pacto, en términos geopolíticos, dado que la enemistad que comparten árabes y judíos por el Estado persa ha sido argumento capital para acercar posturas en los Acuerdos de Abraham. Teherán ve unidos a sus enemigos, hasta la fecha separados. La propagación de armamento puntero en manos de países árabes puede suponer una amenaza múltiple para Irán mucho más difícil de contrarrestar. Por mucha superioridad militar entre el país persa respeto a sus enemigos árabes, el vínculo de Israel con estos últimos aúna su cerco estratégico. No obstante, el alineamiento de éstos cobrará verdadera incidencia geopolítica en el caso de que se una Arabia Saudí, en paralelo al armamento más avanzado recibido desde Estados Unidos, como los F-35.

El resultado de las elecciones estadounidenses será un acontecimiento que marcará el grado de tensión desde Washington. Si John Biden sale vencedor, el retorno al pacto nuclear con Irán puede suavizar las tensiones de la región ante los acuerdos entre Israel y países del Golfo. Hasta la fecha, la administración Trump ha señalado a Teherán como principal enemigo, de ahí que un pilar para llevar a buen puerto los Acuerdos de Abraham haya sido alinear bajo la misma lógica geopolítica a sus aliados de Oriente Próximo.

Donald Trump anuncia el pasado 13 de agosto los Acuerdos de Abraham

Este pacto no trata la paz entre palestinos e israelíes. Maneja los tiempos de un anuncio hace tiempo acordado que no se ha firmado para solucionar un conflicto; ha servido para pavimentar otro orden regional en el que países del Golfo puedan añadir a su entente de aliados a Israel bajo el argumento de un enemigo común. Unos ganan poder geopolítico ante un enemigo común; otros obtienen material para defender sus carreras políticas. Los líderes de los Emiratos y Bahréin han priorizado los beneficios que conllevan las relaciones oficiales con Israel. Pese a ello, y aunque parezca contradictorio, no es excluyente de continuar su apoyo a los palestinos y a la solución pactada por la Liga Árabe en 2002, aún después de haberle asestado un golpe tectónico. Asimismo, el apoyo financiero de estas monarquías sigue resultando vital.

No obstante, la exclusión de los palestinos del proceso le resta carácter oficial y reconocimiento internacional, a pesar del aplauso en primera instancia. En este caso resulta una acuerdo medido por su potencial, cuyas características se asemejan más a una maniobra política que a una resolución diplomática, especialmente porque los palestinos no han formando parte del acuerdo. Del mismo modo que la retórica que ha rodeado al pacto se parece más a una estrategia de campaña que a la presentación de un proyecto diplomático consistente.

Definitivamente, el acuerdo va a tener que encarar la brecha entre la lógica geopolítica y el rédito empresarial vista por los líderes del Golfo, y sus detractores, con los palestinos y la sociedad árabe a la cabeza. Por muy pragmática alternativa que hayan encontrado Jared Kusher y Mohammed bin Zayed a la relación con Israel, la realidad regional no escapa de un conflicto árabe-israelí aún por resolver que deja crispados a actores imprescindibles. Los siguientes pasos darán pistas de si este acuerdo es una estratagema diplomática que hace pagar a los palestinos, una vez más, por las ambiciones geopolíticas de otros, o si se trata del primer paso hacia un acuerdo más completo y definitivo que contente a todas las partes implicadas.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica