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Relaciones ruso-chinas. Una cuestión de orden mundial

En la década de 1970 el estadista Henry Kissinger vertebró una estrategia en plena Guerra Fría para contener la influencia soviética y su ideología usando las relaciones con China como contrapeso, de tal forma que la Casa Blanca fuera el actor motriz del triángulo de fuerzas. Aprovechando las malas relaciones entre Moscú y Pekín, el secretario de Estado norteamericano desarrolló una partitura diplomática que triangulara las relaciones entre las potencias bajo la premisa de que Estados Unidos fuera quien tuviera las mejores relaciones con las otras dos naciones. El continuo choque de desavenencias entre Mao Tse-Tung y Stalin, y los sucesores de este último, facilitó este ecosistema internacional forjado desde Washington.

La desconfianza que bloqueaba la evolución de las relaciones sino-rusas perduró hasta la caída de la Unión Soviética. Con el avance de la década de 1990 China y Rusia progresaron en su cercanía, sin embargo, no fue hasta la llegada de Vladimir Putin al poder, ya en el siglo XXI, cuando las relaciones entre Pekín y Moscú comenzaron a armarse hasta formar un binomio que hoy hace cuestionarse la alteración del orden mundial.

Esta relación mostró sus primeros cimientos en 2008, cuando Moscú y Pekín delimitaron sus fronteras definitivamente, cerrando un capítulo histórico sobre los territorios en disputa. Desde entonces las relaciones han ido en progresión y hoy son socios en torno a diversos marcos estratégicos.

El centro de gravedad de esta relación se encuentra en la sinergia de necesidades: Rusia es un gigante energético, proveedora de recursos; China es la maquinaria manufacturera necesitada de energía para propulsar su industria, fuente de su despliegue económico y fuerza motriz de su geopolítica. Amén de esta convergencia, China se convirtió en el primer socio comercial ruso en 2011, una sociedad que encumbró su solidez cuando en 2016 la nación eslava formalizó ser el mayor proveedor de gas y petróleo del que fuera el Imperio del Medio.

El Artico se postula como un punto estratégico clave para el futuro ante el cual China y Rusia pueden encontrar un foco de estabilidad o ruptura en sus relaciones

Sin embargo, esta relación no se mueve sólo por los recursos energéticos. Durante décadas el espacio tecnológico ruso, concretamente el militar, ha supuesto para China un punto de referencia para el avance propio. Hoy, con el coloso asiático movilizando capitales e inversiones, la necesidad en armamento de vanguardia se ha reducido, pero sigue muy presente. El sistema S-400 de defensa antiaérea ruso o el caza Su-35 son ejemplos de que Rusia aún tiene qué ofrecer a China en materia armamentística, un mercado que Moscú ha sabido cotizar: en 2010 en torno al 10% del total de exportaciones de armamento ruso se dirigían a China; en 2015, ésta era el mayor cliente de armas rusas. Sin embargo, los avances chinos han menguando paulatinamente esta necesidad, dado que Gobierno de Pekín aspira a implementar la autosuficiencia tecnológica para acabar con su dependencia de Rusia en este espectro estratégico. De hecho, las condiciones técnicas y económicas chinas apuntan a que el desarrollo tecnológico del gigante asiático acabe superando las capacidades de sus homólogos rusos también en el ámbito armamentístico. Los datos de SIPRI muestran la conversión del gigante asiático en un exportador de armas exponencial – hasta convertirse en el 3er proveedor mundial -, aun cuando sus compras en armamento de última generación a Moscú prueban que aún no ha alcanzado el nivel de manufacturación y tecnificación de Estados Unidos o Rusia. Este tema abre el interrogante sobre el futuro, cuando China haya desarrollado las capacidades para ser competencia de la nación eurasiática. Mientras tanto, ambas potencias no escatiman en seguir progresando en el beneficio de sus relaciones. Las maniobras Vostok 2018 escenifican la cercanía de sus Ejecutivos tanto como la relevancia de un mercado armamentístico del que ambos sacan gran rédito.

La guerra en Ucrania y la anexión de Crimea en 2014 tuvieron la relevancia geopolítica para acelerar los vínculos entre China y Rusia. Las sanciones impuestas por Occidente al país liderado por Vladimir Putin menguaron un mercado clave a éste, incitando a Moscú a potenciar alternativas a su mejor y más consolidado cliente como es el mercado europeo.

Bajo este contexto, China presentaba unos credenciales mercantiles y económicos idóneos para las necesidades rusas, justificada en clave geopolítica por la proximidad geográfica y la afinidad autoritaria de sus líderes. En mayo de 2014 la compañía energética china CNPC y Grazprom firmaron un contrato de tres décadas por valor de 400.000 millones de dólares como contraprestación a suministrar 38.000 millones de m³ anuales hasta 2047. Este acuerdo supondría para China asegurarse más de una quinta parte de su consumo anual, en torno a los 170.000 millones de m³. En el caso ruso, la nación eslava confirmaba unos fondos anuales que le permitirían continuar con sus altas cotas geopolíticas. La relación aseguraba ganacias para las necesidades de ambas potencias.

Infraestructura del proyecto energético “Poder de Siberia”

En vistas a tal potencial, se comenzó a pavimentar la construcción de infraestructuras para potenciar el beneficio común, fundamental especialmente para Rusia, que padece desde hace lustros el desfase de sus plataformas industriales. Amén de la coyuntura, se puso en marcha el gaseoducto Poder de Siberia, un proyecto energético capaz de salvaguardar las importaciones energéticas de China vía terrestre, con la garantía de seguridad estratégica al no depender de otros países o de rutas con mayor riesgo, como la marítima, al evitar el Estrecho de Malaca.

De una oportunidad geoestratégica se ha hecho una realidad que marcará el futuro energético y geopolítico de dos potencias, a la espera de medir qué impacto tendrá en el flujo global. El Poder de Siberia es el mayor proyecto energético de la historia rusa: abarca 3.000 kilómetros y ha exigido 55.000 millones de dólares de inversión para unir los intereses del mayor consumidor de gas con su máximo productor. Una obra de ingeniería que se espera que esté operativa para este mismo año.

Para hacerse una idea del vínculo económico y su progresión sólo hay que atender a las cifras. Mientras en 1991 el intercambio mercantil llegaba a los 5.000 millones, en 2017 el comercio bilateral alcanzó los 84.000, y que superaría los 100.000 el año siguiente. Aun manejando estas cantidades, la inversión directa de China en la nación eslava sigue por debajo de las cifras respecto a Estados Unidos o la Unión Europea. Del mismo modo, la estrategia por desarrollar proyectos conjuntos – la Nueva Ruta de la Seda y el la Unión Económica Eurasiática (UEE) – también abre la oportunidad al cambio de divisa en detrimento del dollar, un factor financiero clave para dos potencias en su carrera por competir con Estados Unidos.

No obstante, el trato que mantienen ambos países se escenifica más allá de estos números. Las relaciones son fruto de la cercanía personal de sus líderes, adalides de un realismo geopolítico casado con sus respectivos autoritarismos. A ello hay que añadir un pragmatismo que emana de la rivalidad hacia Estados Unidos, aun cuando el Kremlin y el Partido Comunista de China (PCCh) emplean diferentes formas en su proyección de fuerzas. El fin último es ser reconocido como un pilar ineludible del orden mundial: Rusia a través de su preponderancia militar y diplomática, como acontece en la actualidad en Oriente Próximo; y China desde su despliegue económico, con el ejemplo de la Nueva Ruta de la Seda. Siria sirve de escenario donde convergen intereses para Moscú y Pekín, y donde son visibles las morfologías de sus agendas geopolíticas: mientras Rusia apuntala su liderazgo estratégico en la región entre los actores implicados, China se centra en la inversión para la reconstrucción del país.

Asia Central se ha convertido en una zona de influencia china a pesar de sus vínculos históricos con Rusia

A expensas sus divergencias a la hora de mostrar su poder, Moscú y Pekín convergen en una línea política sobre las revoluciones y cambios de gobierno alejada del intervencionismo interno; una suerte de pragmatismo que facilita el trato político con los gabinetes donde quieren extender sus áreas de influencia.

A pesar de la progresión en las relaciones, se trata de dos naciones históricas que han vivido momentos de gran tensión: fronteras, prioridades geopolíticas, alianzas y doctrinas que han supuesto repetidos choques entre naciones vetustas. Su historia durante el siglo XX estuvo marcada por la desconfianza y la fractura ideológica. Por eso, aún hoy, es menester tener en cuenta que en cada gobierno alberga el temor al desarrollo de una relación asimétrica, especialmente desde Moscú, que teme que se genere progresivamente una dependencia que les fuerce a doblegarse ante Pekín. Es así que la relación, si bien exponencial, se mueve entre las variables de una correlación geopolítica fácilmente volátil, fruto del número de escenarios estratégicos donde convergen las dos potencias.

Dadas las prioridades geopolíticas de cada nación se puede ver cómo China tiene un proyecto económico a escala planetaria como centro de gravedad, con el One Belt, One Road. Por su parte, Rusia depende de la exportación de hidrocarburos – y en consecuencia del precio del barril – como propulsor económico hacia su prioridad por cristalizar capacidades geopolíticas de actor global: Ucrania, Siria o Venezuela son escenarios de actualidad.

China y Rusia han puesto en paralelo parte de sus ambiciones geopolítica, se trata de una sociedad que hoy deja abierta la cuestión de otra suerte de orden mundial; son varios los escenarios donde coinciden sus intereses geopolíticos y económicos: Asia Central es un área histórica de influencia rusa en la que actualmente China es el primer inversor; también coinciden sus intereses en el Ártico, punto de fricción geoestratégico. China, aunque sin legitimidad, sí tiene intereses, dado que el Ártico puede suponer una nueva ruta comercial, y Rusia es actor crucial al poseer gran parte de los dominios; asimismo, está la cuestión demográfica en la zona oriental rusa, donde ha sido latente la migración china a una zona otrora despoblada. En primera instancia no supone una amenaza, pero si se alcanza una cifra que inquiete a Moscú ello puede incitar a la desconfianza entre gabinetes.

Estas cuestiones se han conseguido alienar gracias a la relación entre los líderes de ambos países, que ven en sus respectivas estrategias mayor beneficio en la cooperación que en la competencia. Sin embargo, la presencia del entramado geopolítico sujeto a la afinidad entre liderazgos, las prioridades cortoplacistas de Rusia tan opuestas al proyecto chino, y tratándose de dos colosos con agendas globales paralelas, dejan entrever determinadas vulnerabilidades de esta sociedad estratégica, más aun al ser Rusia consciente de que la asimetría de su alianza con China irá en aumento. Asimismo, la consolidación de su relación, de socios a aliados, estará marcada también por los vínculos que estas mismas mantengan con Estados Unidos, el actor que cierra el triángulo de poder y que de forma colateral tiene su repercusión en las agendas de Moscú y Pekín.

Vladimir Putin, Xi Jinping y Recep Tayyip Erdogan, unas relaciones que ya ha cambio el equilibrio de poderes en Oriente próximo

En esta triangulación de fuerzas, China reúne las condiciones para el futuro; mientras que Rusia se aferra a su historia; del mismo modo que hace Estados Unidos al presente. Washington y Moscú tienden a una política exterior con mas resonancia, mientras el coloso asiático vertebra su influencia desde la inversión y la gestación de dependencia económica, con la excepción en el sudeste asiático, donde ha mostrado su agresividad por considerarla su zona de influencia.

Es por ello que, a la hora de hablar de la relación entre China y Rusia en nomenclatura geopolítica, es ineludible incluir en la ecuación geopolítica a Estados Unidos. Se trata del triangulo que configura el orden mundial a colación del peso específico y perpetuo que tienen en cada plano estratégico. Aún si hemos vivido en un orden de primacía estadounidense, la magnitud económica china y la capacidad geoestratégica rusa dejan patente que el orden internacional de hoy difícilmente puede estar sujeto a un único poder. El Ártico; la guerra comercial sino-estadounidense; la preponderancia rusa en Oriente Próximo o sus fricciones con Occidente; la expansión económica china o su fijación en los mares del sudeste asiático, dejan pistas del carácter multidimensional que marca el siglo XXI, cada vez más inestable de sustentarse bajo un único poder. Por tanto, la primera cuestión ante este escenario es medir si la relación entre Rusia y China es una sociedad momentánea de sus gobiernos o el comienzo de una alianza con la repercusión que ésta puede tener en el orden internacional de fuerzas.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica