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Hubo una vez una bandera: Nuestra Bandera (IV)

Hubo una vez una bandera: Nuestra Bandera (IV)

Dos cosas tenemos que llorar los españoles: la una, lo que de nuestras cosas no se ha escrito, y lo otro, que hasta ahora lo que se ha escrito ha sido tan malo, que viven contentas con su olvido las cosas a que no se han atrevido nuestros coronistas, escarmentadas de que las profanan y no las celebran”

Fragmento extraído de “España defendida”

Nos adentramos ahora en el capítulo final de nuestra crónica, después de remontarnos a los orígenes de un símbolo y recorrer los pasos que a través de la historia han configurado parte de ese legado del que nuestra bandera ha sido y continúa siendo custodio a día de hoy. Llegados a este punto, nos encontramos en posición de atravesar las puertas del Museo del Ejército, con las cosas un poco más claras, para conocer de primera mano los sucesos acaecidos durante este último tramo y el verdadero alcance de su significado.

Esa bandera y sus colores, rojo y amarillo, nos representan como nación. Pero tal y como hemos podido atestiguar, el origen de los mismos se remonta hasta los albores de nuestra historia, anegada como todas la historias de gloria y miserias, pues a estas alturas a nadie debería escapársele ya que una bandera no es nada por sí misma, sino que constituye un reflejo de todas y cada una de las personas que con el paso de los años la han ido dotando de sentido hasta llegar a nuestros días. Renegar de ella, es renegar de nosotros mismos pues todos hemos contribuido, y aún lo hacemos día a tras día, en la construcción de su significado.

Pensemos por un momento en la bandera como un retal de tela inacabado, tejiéndose de manera “perpetua” sobre un telar histórico al que podríamos referirnos de múltiples formas, Hispania, Spania o España y en ninguna caso erraríamos. En esa ficción, cada uno de nosotros seríamos las fibras que le dan forma, entrecruzándose unas con otras para dibujar un patrón determinado. Fibras que no nos representan únicamente de manera individual, sino que simbolizan un linaje, el de cada cual, donde han quedado grabada la trayectoria y las actuaciones de todos nuestros antepasados.

El patrón al que van dando forma, puede y de hecho ha cambiado con el paso de los siglos y no carece de imperfecciones como tampoco faltan puntadas perfectas. Las formas más bellas no están exentas de defectos, pues hay fibras de toda clase, débiles o quebradizas, gruesas y fuertes, tonalidades más oscuras que se mezclan con las más luminosas. Pero si observamos en conjunto, el equilibrio permanece.

El momento histórico será el que determine la dificultad del patrón y es en los más intrincados donde las fibras demuestran su verdadera calidad, de ahí que aquellos que nos deslizamos tranquilamente por el tapiz debamos cuidarnos a la hora de señalar las costuras de aquellos otros que se han enfrentado y todavía se enfrentan a esos complejos diseños.

Dicho esto y recapitulando, todavía no podemos hablar de una nación española. La geografía peninsular le puso las cosas algo más fáciles a Roma, no tanto sus gentes, que resistieron como buenamente pudieron ese proceso de homogeneización hasta que casi todos acabamos “hablando latín”.

La península Ibérica permitió la homogeneización de los antiguos pueblos que la habitaron/CISDE

Estatua del emperador Augusto; siglo I/CISDE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fueron los visigodos quienes dieron los últimos pasos hacia ese concepto, unificando las leyes, generalizando el castellano y adoptando la fe católica. De ahí que ya por entre los siglos XI y XII desde el otro lado de los Pirineos empezaran a hablar ya de los “spaniolos”.

Conversión del rey Recaredo al catolicismo. Cuadro de Antonio Muñoz Degrain; 1888/CISDE

Isabel y Fernando hicieron madurar esa noción a través de la recuperación del territorio, la unificación de los reinos y una modernización estatal pionera en Europa hacia finales del S.XV. Su eficacia se basaba en el “predominio legislativo sobre la voluntad real, la visión global en los asuntos internos e internacionales y la protección y defensa de los intereses colectivos”. No sería hasta el S.XVIII, con la proliferación de pensamientos políticos más acordes a realidad del momento que se daría paso del absolutismo a la Monarquía Parlamentaria.

Un hito trascendental dentro de este complejo y dilatado proceso, tiene lugar con el Decreto del 13 de octubre de 1843, el cual trajo consigo la modificación de las banderas y estandartes de los regimientos y saldó la conversión de ejército “Real” en ejército “Nacional”. Pero no nos adelantemos.

El sentido de los colores

Ya entonces, en la heráldica de la época y tomando como ejemplo Escudo Real, predominaban el rojo, el dorado (amarillo) y el plata (blanco). Colores que poco a poco irían trasladándose a los uniformes de los soldados e indicaban que estos formaban parte de las Tropas Reales.

Escudo de Felipe III del retablo de la Piedad de la Catedral de Pamplona, realizado por Domingo Bidarte y Juan Claver; 1601/CISDE

Como ya sabemos, con Carlos III se oficializan dichos colores y se habla ya de una “Bandera y Gallardete Españoles”. A partir de aquí este concepto representativo y el propio diseño de la bandera continúan su evolución. Se extiende su uso desde la marina a las fortalezas de costa, posteriormente a lo largo del territorio en campamentos, fronteras, etc., hasta que son los propios ciudadanos quienes lo utilizan como símbolo nacional.

Curiosamente, durante el periodo liberal convivían diferentes corrientes ideológicas que también venían representadas por colores, plasmados en los “lazos” que portaba cada cual. Tradición que al parecer se ha recuperado recientemente en un terreno similar.

Medalla conmemorativa de la victoria en la batalla de Bailén sobre el ejército napoleónico, el 19 de julio de 1808/CISDE

Bandera del Batallón de Cazadores de Fernando VII de Valencia; 1808/CISDE

Otro dato curioso en relación con nuestros colores, es que su uso llega a ser extensivo por parte de otras naciones, como ocurre durante la Guerra de Independencia donde unidades británicas o portuguesas también utilizan los colores de nuestra bandera.

Bandera del 11º Regimiento de la Legión Auxiliar Británica/CISDE

Será con la figura de la Reina María Cristina y especialmente con la de su hija Isabel II, las cuales encarnaban los ideales de progresismo moderado y modernizador, que se produce la consolidación de la bandera como símbolo nacional. Las tropas de la Milicia Nacional posteriormente renombrada como Guardia Nacional y fuerza creada por las Cortes de Cádiz como defensa de esa idea que da paso del poder real al poder del pueblo a través de la Constitución, fueron los primeros en recibir de manera oficial los colores nacionales en sus banderas y estandartes.

Retrato de Isabel II de Federico Madrazo; 1844/CISDE

Mientras, el ejército evoluciona como un elemento paralelo que se ve fracturado durante la guerra civil carlista entre los años 1833 y 1840. En un tiempo en que el principio de neutralidad política obligada no existía, predominó entre los militares el apoyo a la defensa de la Constitución y el trono de Isabel II. A modo de anécdota, durante esta etapa aparecen la Guardia Real Provincial y la Guardia Real de Infantería. La primera da origen a un término que todos conocemos, GURIPA. Mientras que la segunda, GRI, dado que la mayoría de esa Guardia Real de Infantería eran extranjeros ha dado lugar a que empleemos la palabra GUIRI para referirnos a estos.

Bandera de la Milicia Nacional de Cabeza del Buey – Badajoz-/CISDE

Llegamos finalmente al famoso Decreto del 13 de octubre de 1843, elemento central de la conmemoración. A través del mismo, los regimientos asumen los colores de la bandera de manera oficial, a pesar de que ya algunos habían empleado lo que se denominan “banderas precursoras” con distintas medias. Medidas (1,47×1,47 m de lado las banderas y 60 cm de lado los estandartes) y cambios reflejados en un documento que frecuente y erróneamente se llama “Real” cuando Isabel II ni si quiera había accedido al trono en ese momento y habiendo sido firmado por el general Serrano, que entonces ostentaba el cargo de Ministro de la Guerra. No obstante será durante su reinado que se consolida su implantación.

Decreto del 13 de octubre de 1843/CISDE

Estandarte del Regimiento de Artillería de Montaña Nº3/CISDE

A pesar de la existencia de un modelo oficial, en situaciones de guerra o conflictos graves, cuando se formaban unidades complementarias de voluntarios integradas en el Ejército, se permitían ciertas licencias tanto en la uniformidad como en las enseñas, de manera que quedara reflejado ese carácter distintivo. Entre estas banderas destacan, especialmente en estos momentos, las de los voluntarios catalanes y vascongados con los colores nacionales y otros añadidos particulares.

Bandera de los Voluntarios Catalanes Cazadores de Barcelona/CISDE

Bandera del 4º Tercio de Voluntarios Vascongados/CISDE

 

Hemos comprobado así la continuidad de la bandera nacional, que ha permanecido invariable con la excepción del periodo republicano entre 1931 y 1939. Tal es su importancia, que de los tres símbolos considerados representativamente nacionales –bandera, himno y escudo-, solo la bandera viene recogida en la Constitución, concretamente en su artículo 4.1. Todo lo anterior constituye, en la medida de lo posible, un fiel reflejo de lo que realmente significa la bandera.

“La bandera de España simboliza la nación; es signo de la soberanía, independencia, unidad e integridad de la patria y representa los valores superiores expresados en la Constitución”

Artículo 1 de la Ley 39/1981 de 28 de octubre

La bandera nacional desde 1785 hasta ahora/CISDE

Hemos sido testigos del poder que encierran los símbolos y también hemos podido aproximarnos, si quiera un poco mejor, al alcance de su verdadero significado. Hemos asistido al auge y al desmoronamiento de imperios, que en su caída, han arrastrado consigo esos símbolos hacia un mismo ocaso, pero también hemos presenciado como otros han resistido, han crecido y se han adaptado a nuevos tiempos. Echar la vista atrás nos ayuda a confirmar que hemos cambiado y a constatar qué aspectos de esa misma esencia han mutado y cuales han permanecido inalterables. Solo teniendo en cuenta lo anterior seremos capaces de seguir mirando adelante sin estancarnos deslumbrados por ese pasado o aterrorizados por cualquier futuro.


Analista de inteligencia en el Mando de Operaciones del Estado Mayor de la Defensa, Sección J9/Influencia. Especializado en el análisis del entorno de la información y Defensa.

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