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El mapa geopolítico de la guerra entre Israel y Hamás

La guerra entre Hamás e Israel atraviesa su tercera semana y los últimos días han estado marcados por el operativo diplomático desplegado, que ha puesto de relieve prioridades y deficiencias. El desplazamiento expreso del presidente estadounidense, Joe Biden, a Israel deja constancia de lo imperativo de la situación. Oriente Medio llevaba años dando muestras de una tendencia que apostaba por el diálogo: el desbloqueo de Qatar, los Acuerdos de Abraham o el restablecimiento de relaciones oficiales entre Arabia Saudí e Irán mostraron una voluntad por cerrar focos de tensión en la región. Sin embargo, la erupción de otro capítulo del conflicto palestino-israelí pone en jaque tal atmósfera, a la vez que demuestra que la cuestión palestina es un tema tectónico tanto en el ecosistema regional como en la geopolítica global.

En todos estos episodios diplomáticos – especialmente en los Acuardos de Abraham – se minimizó el conflicto más estructural y crónico de la región. El conflicto árabe-israelí ha sido motivo de erupción política y social en la región desde hace 75 años; el ataque sin precedentes de Hamas el pasado 7 de octubre así lo evidencia. Las repercusiones del ataque, concretamente la represalia israelí, vaticinan una guerra larga, ya que se han publicitado las pretensiones por destruir toda la infraestructura militar y política de Hamás. En paralelo, la comunidad internacional presiona por el acceso a la ayuda humanitaria y, cada vez más, por la situación que viven los palestinos civiles de Gaza.

Comparecencia de Joe Biden y Benjamin Natanyahu en 2016 (Fuente: Wikimedia)

Durante los últimos días se han desplegado los organismos y actores diplomáticos, empezando por la visita del líder norteamericano a Israel, pero también personajes de primera línea de la élite europea y, por supuesto, líderes del mundo árabe, quienes son los primeros en sentir el eco de un conflicto que ha recuperado el foco mediático y la sensibilidad polarizada que rodea al tema. La Cumbre por la Paz celebrada en Egipto hace escasos días ha servido para medir lo lejos que se está de que impere la diplomacia. Unas conversaciones a las que no ha acudido Israel y con una presencia mínima de Estados Unidos que refleja que los próximos episodios en Gaza los abarcará el espectro militar, con la vaticinada operación terrestre israelí sobre la Franja.

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Una de las razones que llevó a Hamás a ejecutar tal ataque el pasado 7 de octubre fue la dirección que estaba tomando la diplomacia árabe respecto a Israel. En 2020, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Sudán, Marruecos y Bahrein reconocían al Estado de Israel al firmar los Acuerdos de Abraham, un gesto lleno de significado para la región, que sólo guardaba el precedente de Egipto (1977) y Jordania (1994). Este acuerdo mostró cierto cambio de sensibilidades sobre la causa palestina dentro del orbe árabe, no obstante, se trataba de países sin el peso para confirmar ese cambio de paradigma hacia Tel Aviv. Faltaba un actor de mayor talla, una potencia regional que incida en un cambio de mentalidad, capaz de dar un giro a la cosmovisión árabe-musulmana sobre el encaje de Israel en Oriente Medio.

En esta línea, desde hace meses que la comunidad internacional se hace eco de las conversaciones entre Arabia Saudí e Israel – con Estados Unidos de mediador – para que el Reino del Desierto dé el paso para oficializar unas relaciones que llevan existiendo desde hace décadas. La confirmación de una relación formal entre estos dos países dejaría con todavía menos margen de maniobra al extremismo palestino de Hamás, que perdería simbolismo y recursos para su causa por todo lo que Arabia Saudí abarca. Éste es otro ejemplo más de todas las aristas geopolíticas que este conflicto encierra.  Hay otros países de la zona que tienen mucho que decir en la cuestión palestina, cada uno defendiendo unos intereses definidos por la Historia, su coyuntura sociopolítica y su disposición económica. También en el mapa geopolítico a gran escala, en el cual Estados Unidos y Europa o China y Rusia se juegan su reputación internacional.

Tablero regional

Egipto

La visita de Biden al menos ha conseguido desbloquear la cuestión de la ayuda humanitaria, que tendrá acceso a través del paso de Rafah, en la península del Sinaí, Egipto. Sin embargo, el líder del país, Abdelfatah al Sisi, ha dejado claro que su nación no acogerá a los desplazados de Gaza, justificándolo como un riesgo tanto a nivel demográfico como en sus relaciones con Israel.

El corredor de Rafah conecta Gaza con Egipto (Fuente: Wikimedia)

El Cairo depende notablemente de ayudas exteriores, entre ellas la estadounidense, por lo que con el grado de tensión que se ha alcanzado hacía improbable la negativa de Egipto a acceder a ser el puente de la ayuda humanitaria. Es así que Egipto pone a su disposición la geografía y su histórica implicación en la cuestión palestina para cuando el contexto se preste. La red de contactos y el conocimiento sobre el terreno de Egipto no se puede pasar por alto.

 Jordania

El Reino Hachemita depende de su habilidad para mantenerse equidistante con todos los implicados. Recibe gran ayuda económica de Estados Unidos, y el apoyo de Israel en dimensiones específicas, como en materia de inteligencia, especialmente respecto a los palestinos, ya que un alto porcentaje de la población jordana es de descendencia palestina.

Esta semana se ha notado la fuerza social en el país con las calles abarrotadas en protesta a los ataques en Gaza. A pesar de ello, la posición del rey Abdullah II es extremadamente limitada. La opción más moderada es condenar los ataques israelíes a civiles gazatís sin ninguna maniobra más allá de la narrativa puntual para no irritar a Washington y Tel Aviv. El monarca jordano canceló su encuentro con Joe Biden en Amman tras lo sucedido en el hospital Al Ali al Arabi de Gaza. La negativa a reunirse en ese momento con el presidente estadounidense es la máxima expresión pública que el rey hachemita se puede permitir para mostrar a la sociedad jordana su contrariedad con los acontecimientos. A partir de ahí, la maltrecha economía y las inestabilidades internas del país requieren la atención y del apoyo de EE.UU. e Israel. No se puede pasar por alto la historia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Jordania.

 Arabia Saudí

El príncipe heredero, Mohamed bin Salman (MbS) ha dado muestras de no tener reparos personales al acercamiento oficial con Israel. A pesar de ello, es consciente de que debe elaborar su discurso y elegir el momento correcto si no quiere ver su reputación de líder en el mundo árabe-suní deteriorada.

Arabia Saudí está en un proceso de cambio bajo el liderazgo de MbS, que es consciente de las necesidades de la nación en cuanto a su diversificación económica – altamente dependiente de los ingresos de crudo – y la oportunidad que le presenta el núcleo demográfico saudí: una población mayoritariamente próxima a la generación del príncipe heredero resulta un factor que incita y facilita al propio MbS a romper con la gerontocracia predominante en la historia del Reino. Después de las maniobras de palacio que le han dejado sin competencia, MbS debe encarar al clérigo wahabí, que aún sustenta una influencia a tener en cuenta dentro del país y en el mundo musulmán suní, a tenor de que Arabia Saudí es guardián de los principales Santos Lugares del islam, La Meca y Medina. El tercer lugar sagrado es  la Explanada de las Mezquitas (Mezquita de Al Aqsa), en Jerusalén, razón que exige a MbS tratar la cuestión palestina con cautela. Además, otra de las ambiciones del príncipe es erigirse como líder árabe. El papel de Arabia Saudí en la causa palestina puede suponer la confirmación del joven líder saudí a sus aspiraciones o socavarlas. Lo cierto es que el Reino del Desierto está en posición de proporcionar avances políticos a los palestinos, principalmente porque Israel es consciente del beneficio que conllevaría para su encaje en Oriente Medio el reconocimiento de una nación de la talla del Arabia Saudí. No obstante, cualquier oficialidad entre Riad y Tel Aviv que implique avances en la causa palestina estará limitado por el círculo ultra nacionalista que estos días rodea a Netanyahu.

En otro orden de cosas, la sociedad saudí desea modernizarse y seguir las tendencias mundiales, en paralelo a las ambiciones de su líder por demostrar la condición de potencia de su nación. Un reconocimiento de Israel conllevaría poder hacer negocios abiertamente con una potencia tecnológica, con unos beneficios cualitativos en materia social y militar (e inteligencia) perfectamente conocidos por Mohamed bin Salman. Un hecho que también repercute en las capacidades a la hora de compararse con otras fuerzas regionales como Irán y Turquía.

Qatar

El antiguo secretario de Defensa estadounidense, Jim Mattis se reúne con el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, en Doha en 2017. (Fuente: Wikimedia)

La monarquía de Golfo es un caso particular. Doha ha invertido y arriesgado por mantener una agenda exterior propia. De hecho, fue una de las razones por la que Arabia Saudí, EAU, Egipto y Bahrein decidieron someter a Qatar a un bloqueo durante años (2017- 2021). Esta autonomía le ha llevado a una relación con Hamas tan cercana que varios de sus líderes residen en el país del Golfo, además de ser uno de los principales respaldos económicos para Gaza. Es así que Qatar va a desempeñar su papel de intermediario en las negociaciones: la proximidad con la cúpula de poder de Hamas y su peso financiero en Gaza hace al país del Golfo un actor necesario en este conflicto. La liberación de rehenes escenifica el papel que juega Doha en la coyuntura actual.

Turquía

Turquía fue uno de los primeros países en reconocer a Israel en 1948, sin embargo, la poca sintonía entre sus líderes ha deteriorado las relaciones entre países en la última década. A esto se debe sumar el afán de Erdogan por ser líder del mundo musulmán, algo que justifica su apoyo a la causa palestina. No obstante, en los últimos tiempos, Ankara había dado signos de acercamiento a Israel, entre otras razones por el efecto que causaría en la región la normalización diplomática entre Arabia Saudí y el Estado judío: el Reino saudí y la República turca son dos potencias regionales en constante competición, y sus respectivas relaciones con Israel pueden marcar un cambio en su orden de fuerzas.

Por tanto, Erdogan debe definir si quiere fortalecer su figura en el mundo musulmán o abogar por el pragmatismo, comediéndose en su discurso para que en un futuro haya opciones de fortalecer las relaciones comerciales con Israel, probablemente ya sin Netanyahu. Por ahora, sus declaraciones se han centrado en la defensa de todos los palestinos, incluido a Hamás, al que se ha negado a tildar de grupo terrorista. Un punto de difícil retorno, al menos a corto plazo.

Irán y sus proxies

La reacción de grupos paramilitares o Estados que respaldan a Hamás es la otra cara para medir la escala de este conflicto. Irán es el gran enemigo de Israel, cuya influencia en Oriente Medio se extiende mayoritariamente a través de la esfera chií de Iraq, Siria, Líbano y Yemen, pero que alcanza otros grupos de profesión suní que también tienen a Israel como enemigo, como Hamás y la Yihad Islámica. A partir de estas milicias se percibe cómo de largo es el alcance de Irán.

Edificios bombardeados en Gaza (Fuente: Wikimedia)

Hasta el momento, fuerzas paramilitares de Hezbollah han dejado constancia de su participación con ataques desde territorio libanés. Por su parte, líderes iraníes se han reunido en Qatar con dirigentes de Hamas, un hecho que deja en evidencia una proximidad ya conocida. Por ahora, las acciones de Hezbollah demuestran la intención por abrir un nuevo foco con el que obligar a las fuerzas de Israel (FDI) a extender su atención y recursos a otros enclaves más allá de la Franja, pero sus ataques son más una maniobra de distracción que un verdadero frente de guerra. La frontera israelí con el Líbano en el norte y con Siria en el noreste son los puntos sensibles que, por ahora, son de relativa baja intensidad. No obstante, han obligado a evacuar los centros urbanos más próximos a la frontera.

Hasta ahora el grado de ataques no ha sido elevado, pero hay que medir que la ofensiva de Hamás llevó meses de preparación, y ésta puede ser una fase más. Por tanto, sería temerario tildar en estos momentos iniciales de la lucha estas acciones como máximas, ya que se entrevé un conflicto largo y muchos factores del tablero pueden mutar. Hezbollah cuenta con un arsenal mucho más amplio que Hamás, difícil de calibrar incluso para la inteligencia israelí. A esto hay que sumar que la libertad logística con la que cuenta esta milicia multiplica su amenaza.

Irán es quien ha dado sustento al planteamiento estratégico de Hamás. Aun así, es improbable que el régimen chií se involucre directamente en la guerra. Es consciente de sus limitaciones actuales: su contexto social y su coyuntura económica no incitan a un conflicto directo; además, sabe que detrás de Israel está Estados Unidos. Teherán no busca ni le interesa la confrontación directa. En clave geopolítica, le beneficia todo aquello que ralentice la aceptación de Israel en Oriente Medio, a lo que hay que añadir el desgaste militar, social, político y reputacional de Tel Aviv que acarrea esta guerra con Hamas.

Actores globales

Estados Unidos

La presencia de Anthony Blinken durante casi una semana, y la posterior visita del presidente norteamericano, prueban el valor de las relaciones con Israel para Washington. A ello le acompaña una narrativa proisraelí que ratifica el apoyo incondicional y el respaldo económico. La proximidad entre estas dos naciones es una constante de sus respectivas estrategias, hoy fortalecida por la afinidad entre sus dos líderes, Benjamin Netanyahu y Joe Biden, cuya relación se remonta al siglo pasado.

Esta relación personal es una de las razones que justifica el avance de las relaciones entre Israel y Arabia Saudí, sin embargo, el primer ministro israelí está limitado políticamente ante el poder que él mismo ha concedido a las facciones ultranacionalistas. Habrá que ver cómo sale de esta guerra Netanyahu, cuya resolución definirá su futuro politico. Desde el prisma geopolítico, cualquier maniobra que conduzca a normalizar las relaciones entre Tel Aviv y Riad supondrá la reafirmación del poder de Estados Unidos en Oriente Medio tras años de empoderamiento ruso y chino en la región.

El secretario de Defensa estadounidense, Lloyd J. Austin, se reúne con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su ministro de Defensa, Yoav Gallant en Tel Aviv el pasado 13 de Octubre (Fuente: Wikimedia)

En los últimos días, según el NYT, Joe Biden ha aconsejado a Netanyahu posponer la operación terrestre. Todo lo contrario a los líderes militares israelíes, que incitan a su primer ministro a dar luz verde al despliegue. Con el paso de los días, Washington está sintiendo el cambio de marea mediática y está empezando a presionar para frenar el desastre humanitario. Para ello usa como argumento la cuestión de los rehenes, sin embargo, la parte de élite política y militar en Israel quiere hacer una demostración de fuerza cuanto antes. Así es que Netanyahu tiene que atender a tres frentes: el afán del despliegue de sus líderes militares, las voces que llegan de Washington para posponer la operación y una importante masa social israelí que lo señala por la coyuntura actual. Es así que, en los últimos días, el dirigente ha aprobado operaciones puntuales en Gaza, sin dar luz verde aún al asalto total.

Unión Europea

Las carencias de la agenda geopolítica europea no sorprenden. Sin embargo, la descoordinación de los dirigentes de los diferentes estamentos a la hora de mostrar su apoyo a Israel sí desentona con la naturaleza diplomática que impera en la Unión Europea. La cabeza de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la dirigente del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, acudieron a Israel y mostraron su apoyo a Netanyahu, una acción que rompe con los cánones  y que deteriora el valor de la Unión Europea como intermediario.

Más allá de la polémica inicial, Bruselas puede presionar para alcanzar un alto el fuego, a pesar de que Israel tendrá oídos únicamente para Washington. Será un ejercicio diplomático entre aliados occidentales, pero sólo Estados Unidos puede incidir en Israel para aceptar un alto el fuego en Gaza, que por ahora se ve lejano, razón por la que el papel de Bruselas debe estar en otras esferas.

La UE puede hacer uso de sus canales diplomáticos para asegurar la ayuda humanitaria e, incluso, presionar a Israel sobre la intensidad de sus ataques aéreos. Como añadidura, debería invertir de manera diferencial en programas para combatir la desinformación que tanto se ha palpado en estas casi tres semanas de conflicto. La monitorización y el filtro informativo en las redes sociales, acompañado de canales para foltalecer la conciencia social, son los primeros pasos para hacer frente a un elemento capital y en ciernes. No es ninguna novedad, la desinformación es inherente a la guerra, pero su resonancia y su grado de incidencia ha alcanzado otra dimensión. La UE cuenta con la infraestructura, la tecnología y el capital humano para erigirse en un referente que combata este elemento que va a ir en aumento, mor del papel de las sociedades en las guerras de hoy.

China

La República Popular se ha pronunciado con el pragmatismo que le caracteriza. El presidente Xi Jinping mencionó en su discurso las principales aristas de la cuestión sin dejar clara su posición: remarcó el derecho de Israel a defenderse, pero también subrayó la extralimitación de éstos en el ataque sobre Gaza; además de reiterar su apoyo al plan de los dos Estados. A raíz de esta postura, su discurso ha sido aplaudido en el mundo árabe, así que no es de extrañar que, en algún punto, Oriente Medio reclame la presencia de China y ésta recoja los beneficios de su ambivalente narrativa.

La diplomacia china se distingue por contemporizar y elegir el momento adecuado para intervenir en la negociación. La erupción de esta guerra entre Hamás e Israel puede resultar una oportunidad para Pekín. Por el momento, sus declaraciones son distantes y evitan posicionarse de manera categórica, un rol que le puede favorecer si en algún momento es necesario un cambio en la mesa de negociación para desbloquear el diálogo.

Los mayúsculos negocios de Pekín exigen de estabilidad. A ello hay que añadir su incipiente papel como agente diplomático en Oriente Medio: el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí en marzo fue el resultado de su gestión, por ello no se puede descartar que en algún momento del conflicto China entre en escena. La República Popular tiene a su favor que cuenta con una imagen diplomática positiva en la región; no ha desgastado su credibilidad internacional en las últimas décadas, a diferencia de la Unión Europea o Estados Unidos. No obstante, con Israel implicado es inviable que Tel Aviv acepte unas negociaciones en las que Washington no esté presente, de ahí que si Pekín interviene será en paralelo a Washington, no como sustituto. Por el momento, China ha dejado que los acontecimientos sigan su cauce sin posicionarse, únicamente apuntando al desastre humano y condenando “el castigo colectivo” , dejando todas las opciones abiertas para poder adoptar el papel que mejor le convenga en el momento que más le beneficie.

Rusia

Al Kremlin le han sacado el foco mediático, pero la guerra en Ucrania continúa su ritmo sin verse afectada por los acontecimientos en Gaza, al menos por ahora. Al mismo tiempo, Vladimir Putin no ha perdido la oportunidad de hacer hincapié en el deficiente trabajo diplomático de Occidente, al que responsabiliza con sus decisiones del desastre humanitario. Hasta el momento, el conflicto palestino-israelí no tiene incidencia directa en la guerra de Ucrania, pero hay que ver cómo gestiona la Cámara de Representantes de Estados Unidos (a día de hoy sin speaker) las ayudas ahora que se abre el frente en Oriente Medio con su aliado más importante (Israel) como principal implicado. Si las fricciones dentro de la política nacional norteamericana se alargan, puede que se bloquee el respaldo económico a Ucrania, lo que supondría un beneficio notable en tiempo para Rusia. Por su parte, Moscú tiene una agenda concentrada en Ucrania, lo que hace presuponer que no hará nada por adoptar un papel más incisivo en el conflicto palestino-israelí. Un escenario que podría agitar la postura de Rusia es si finalmente Irán sube su apuesta y decide intervenir directamente en el conflicto; ahí la guerra cambiaría su escala y el Kremlin se vería obligado a adoptar una posición más clara después de años compartiendo diversidad de intereses geopolíticos con Irán.

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La cumbre celebrada en Egipto hace escasos días ha dejado claro que la diplomacia aún no es una opción para Israel. Así lo demuestra la ausencia de representantes israelíes y la escasa presencia estadounidense. Por ahora, la atención ha estado en la ayuda humanitaria y en la operación terrestre que Israel está preparando. A corto plazo, toda la atención se concentra en el despliegue israelí en la Franja de Gaza, un operativo publicitado y diseccionado antes de acometerse. La historia de esta región, y de este conflicto en particular, hace pensar que hasta que Israel no tome Gaza no comenzará la verdadera mesa de negociación, a excepción de la cuestión de los rehenes y de la ayuda humanitaria. Hasta ahora, prima la dimensión militar, más aún tras la narrativa de apoyo incodicional norteamericano a Benjamin Netanyahu. Tel Aviv ha dejado claro que el ataque quiere que sea definitivo, a pesar de que ellos mismos son conocedores de que las ideas que hay detrás de Hamás no serán erradicadas con su superioridad militar. Precisamente porque la cuestión palestina no tiene solución militar.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica

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