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El contexto híbrido de la guerra. Una condición aú...

El contexto híbrido de la guerra. Una condición aún por definirse (I)

Las guerras son un acto social. Existe una relación orgánica entre éstas y las sociedades involucradas; resultan acontecimientos que derivan en puntos de inflexión para las civilizaciones, ya que determinan su desarrollo y configuran su historia. Los conflictos bélicos son un fenómeno cuya naturaleza exige estar en constante transformación, una naturaleza preconcebida por la exigencia de superar al enemigo y que, en consecuencia, demarcan los tiempos del orden cívico tanto como su carácter. Hoy se habla del término “guerra híbrida” como concepto para remarcar la amplitud de registros y dimensiones, así como la variedad de actores involucrados en un formato bélico que no implica necesariamente armas de fuego ni soldados, y cuyo centro de gravedad se ha ido dirigiendo hacia la masa social.

Las guerras han evolucionado de la mano de las sociedades que las libran; impulsores de episodios fundamentales en el devenir de culturas, origen de filias y fobias de cada civilización. Tal grado de beligerancia conlleva una radicalidad en sus hechos que marcan la óptica nacional y condicionan el pensamiento político de sus gobiernos. Desde esta perspectiva se configuran las prioridades de cada sociedad: el grado de militarismo, el modelo diplomático o su opinión respecto al intervencionismo exterior. Son coyunturas que cada nación afronta acorde con su memoria histórica que, en muchos casos, ha sido definida por las guerras y su forma de enfrentarse a situaciones críticas.

La guerra relámpago, Blitzkrieg , dio grandes resultados a las fuerzas alemanas durante la 2a Guerra Mundial

A la hora de atender a criterios de la polemología, hay diversidad de modos de categorizar las guerras: desde su forma de relación social hasta por su tipología; por la diferencia entre sus actores o por sus causas. Si se parte de la premisa de la guerra como un acto social, se debe atender a la correlación fuerzas: de la relación entre la sociedad y el órgano militar. Es así que el punto de partida de cada estudio de la guerra puede ser diferente.

Bajo tal principio rector, el matrimonio Toffler expone una teoría segmentando la evolución de la guerra en tres olas: la 1ª ola la representan las guerras de subsistencia, en sociedades primitivas cuyo resultado determinaba la supervivencia de las mismas; la 2ª ola remarca el establecimiento de ejércitos institucionalizados y burocratizados; y la 3ª ola la determina la era digital, con la aparición de internet y los ordenadores y con ello la ampliación al conjunto de la sociedad del campo de batalla.

Es desde la premisa de que las guerras han forjado a los Estados-Nación que autores como William Lind no entienden el concepto de la guerra sin una estructura sociopolítica previa capaz de formar una suerte de Ejército. Por ello sitúa la Paz de Westfalia como punto de partida. De hecho, su catálogo polemológico diferencia cuatro generaciones en las cuales señala las transiciones del peso específico de las sociedades y la tecnología en la cosmovisión de los conflictos bélicos a lo largo de los últimos cuatro siglos.

En 1648 la aceptación del Estado-nación tras la Paz de Westfalia supuso un momento decisivo en la formulación de la Historia de la guerra, de la que nace la primera generación para Lind: a raíz de la razón de Estado se definieron los parámetros estatales y territoriales que exigirían en adelante la estandarización del Ejército como gran aparato para defender al Estado nacional; la Revolución Industrial, el auge de los nacionalismos y la figura de Napoleón Bonaparte resultaron factores que alterarían los elementos tanto sociopolíticos como económicos del momento. Unos elementos que darían luz a un compromiso social patente desde la época napoleónica a la 1ª Guerra Mundial, y que para Lind conforman las guerras de 2ª generación, remarcado el orden militar; en las guerras de 3ª generación se subraya la tecnología como piedra angular: el “movimiento” representado por la guerra de maniobras, demostrado por Alemania y su Blitzkrieg, la guerra relámpago, durante la 2ª Guerra Mundial, ejemplifica el primer escenario bélico en el cual la tecnología determina el plano estratégico; por último, la 4ª generación de la guerra descentraliza el poder, y la globalización es el elemento central de su contexto. El Estado ya no detenta el monopolio de la guerra, y la presencia de actores no estatales es una máxima del tablero bélico, que ahora va más allá de lo físico en un escenario en el cual la política cobra más peso que en generaciones de guerra anteriores.

Los avances tecnológicos determinan la capacidad de los Estados

La actualidad presenta la atomización del poder, un escenario global e interralacionado, opaco e instantáneo, fruto de la era digital: internet es el instrumento que socializa hasta el máximo exponente las condiciones bélicas que podrían darse en el siglo XXI. Se pone en entredicho la legitimidad de los Estados para hacer la guerra debido a la dificultad por delimitar el terreno y los movimientos sobre éste. Cada acción se desarrolla en zonas grises con ausencia de definiciones legales, y bajo unos parámetros que las estructuras estatales aún no han logrado definir y enmarcar adecuadamente.

Si se analiza la cronología bélica, las guerras mantienen ciertos elementos estructurales comunes en lo que concierne a la batalla. De ahí que ciertos pensadores, como Bernard Brodie, hayan expuesto que “los métodos cambian, pero los principios permanecen inmutables”. Desde las batallas napoleónicas hasta las de hoy existe un mando, una fuerza, una vanguardia, unos apoyos de fuego, unos apoyos de movimiento de obstáculos, todo ello para desarrollar las funciones de combate propicias. Se trata, sin embargo, de elementos de guerra convencional.

La guerra asimétrica está lejos de ser un nuevo modelo de acción bélica. Durante toda la Historia fuerzas dispares se han enfrentado, y aquellas con menos recursos se han visto en la necesidad de emplear tácticas irregulares para mantener la disputa. Cierto es que bajo la nomenclatura de nación-estado el papel de los Ejércitos consolida el paradigma que prioriza la guerra convencional mediante fuerzas regulares. Sin embargo, este tipo de despliegues no está al alcance de todas las causas, por lo que el beligerante en inferioridad se ven en la tesitura de encontrar otras formas de batallar para hacer frente a la superioridad estructural del adversario.

La guerra asimétrica se erigió como una alternativa bélica con la que anular la superioridad técnica del enemigo dotado, y dirigir la confrontación hacia los términos más beneficiosos para los actores en inferioridad de recursos. El tipo de fuerza, el tiempo y el espacio de enfrentamiento son elegidos por ellos en un contexto bajo el cual el Estado y su forma de confrontación resultaba disfuncionales.

Este tipo de pugna lleva a los beligerantes a una dimensión en la que los Estados están en desventaja. La implicación social y la profundidad de la guerra psicológica resultan factores que las estructuras estatales tienen menor capacidad para asumir en tiempo útil, razón por la que ponen en jaque sus fundamentos cívicos. Los actores no estatales atienden a otros parámetros, dado que el ámbito en el que se mueven es el trasfondo social de una ideología, cuyo epicentro es un núcleo civil que les respalda, y con el factor tiempo como herramienta de presión crónico. De ahí que la narrativa de las ideas y su propaganda sea uno de los epicentros operativos de las guerras asimétricas; enfrentamientos que podrían decidirse sin choque directo; batallas psicológicas determinadas por manifestaciones de presión social sobre gobiernos hostiles. Amén de este contexto, en las guerras asimétricas la simultaneidad de las tácticas y la batalla psicológica planteada contra las sociedades contrarias son factores vitales para su existencia: cuanta mayor influencia se obtenga sobre el colectivo social, mayor presión va a ejercer éste sobre su Gobierno.

La Historia de la guerra está lejos de presentar modelos de desarrollo cerrados; el desenlace del conflicto bélico no depende únicamente de su alcance técnico, sino que se debe atender a la correlación del resto de factores. Los objetivos reales se ocultan entre la decepción y la expansión ideológica. Sus agentes se mueven en torno a la cultura del enemigo con el objetivo de propiciar la derrota psicológica, resultando un conflicto de baja intensidad, pero de larga duración.

Las guerras asimétricas han sido una constante de la Historia por ofrecer tácticas más viables para los actores con menores recursos. Maximizan el factor social del conflicto y marcan los tiempos de cada uno de los elementos para alcanzar su eficiencia operativa. No obstante, es menester diferenciar el empleo de tácticas irregulares de modo suplementario en guerras convencionales de gran magnitud – como durante la 2ª Guerra Mundial, cuando los Aliados pactaron con la mafia italiana o emplearon “bombardeos de alfombra” – respecto a cuando este tipo de métodos suponen el elemento central de la estrategia.

El “conflicto híbrido” es un concepto que ha surgido a partir de los elementos tácticos de la guerra asimétrica, sin embargo, la dirección hacia el contexto híbrido de la guerra es consecuencia de la cosmovisión que presenta el siglo XXI. No obstante, en la actualidad aún queda por determinar si se trata de una etiqueta circunstancial o de un nuevo paradigma bélico.

 “Las guerras de cada periodo tienen formas y condiciones independientes, y, por tanto, cada periodo debe tener su particular teoría de la guerra”. Estas líneas llevan la firma de Carl Von Clausewitz, en su obra En guerra, escrita hace dos siglos.

La denominada “guerra híbrida” es un término popularizado. Una formulación para referirse a la adaptación de la guerra asimétrica en el contexto del siglo XXI. Sin embargo, mientras esta denominación es usada por una parte de la comunidad de académicos, medios, políticos y militares, su definición no ha sido oficialmente reconocida. Su amplia pero selectiva difusión corre el riesgo de caer en la politización de su significado y, por ende, que éste acabe usándose para definir un hecho específico en un escenario concreto por un determinado círculo.

El General James N. Mattis fue responsable de dar peso teórico al término cuando en 2005 publicó, junto con el teniente coronel Frank G. Hoffman, La guerra del futuro: la llegada del conflicto híbrido. Un año más tarde estallaría la guerra entre Israel y Hezbollah (2006), que para ciertos analistas y militares se convertiría en el escenario práctico para mostrar evidencias de tales planteamientos.

Hezbollah bombardea Israel durante la guerra que libraron en 2006

Fue un documento publicado en 2013 por Valeri Gerasimov, Jefe del Estado Mayor de la Defensa rusa, El valor de la ciencia en anticipación lo que dio resonancia al término. Una repercusión constatada por las ofensivas rusas en Ucrania (2014), el despliegue en Siria (2015), y las operaciones de desinformación en las área de influencia de la nación euroasiática. Hoy diversos analistas tildan las actividades multidimensionales de injerencia rusa en diferentes puntos del globo cómo ejemplo hasta la fecha de “guerra híbrida”, aun cuando el término se ha empleado más a título individual por determinados autores que por verdadera oficialización del concepto, dado que en la otra orilla de pensamiento existe la corriente de que detrás de su popularización se siguen empleando las mismas tácticas de guerra complementadas por la adaptación a aquellas de las herramientas proporcionadas por la tecnología.

Sus defensores plantean que el aparato híbrido de la guerra, que emplea tanto fuerzas convencionales como tácticas irregulares, es la máxima expresión bélica de un contexto interconectado y globalizado. Es la versatilidad de su naturaleza estratégica a partir de la cual consigue medir la amplitud en cada dimensión, fruto de la sinergia entre todas sus acciones y el contexto en el que se mueve. Sus actores exhiben la capacidad de adaptar cada instrumento de poder a las vulnerabilidades específicas del adversario. No se trata de acciones aisladas, sino descentralizadas. La clave de la capacidad operacional híbrida es coordinar y compenetrar el empleo de diferentes instrumentos en múltiples dimensiones y en un misceláneo de niveles, y cada uno adaptado a su contexto.

A colación de todas las variables que inciden en el contexto híbrido, han emergido (que no surgido) términos que muestran los centros de gravedad de sus tácticas: Zona Gris, Fake News o postverdad, Guerra de 4ª Generación o guerras por delegación (proxy wars). Si bien no surgen a partir del concepto híbrido, sí muestran el impacto que tienen en cada marco de acción: Zona Gris por el vacío legal; Fake News por la arquitectura de distorsión informativa; y 4ª Generación de la Guerra amén de la posibilidad de cambio en el paradigma polemológico.

Las sociedades occidentales se han constituido en base a una moral traducida en legislación, con una arquitectura de derecho internacional extendido por todo el globo. Una disposición para asegurar bajo unos parámetros legislativos la seguridad internacional y la resolución pacífica de los enfrentamientos, y con la diplomacia como factor de mediación prioritario. Desde la 2ª Guerra Mundial, Europa ha sido reacia al empleo de la fuerza como herramienta política, un ideario implantado hoy en el pensamiento social que ha derivado en el rechazo al militarismo como opción de política exterior. Debido a esto, ha generado un riesgo político el uso de la fuerza en muchas naciones, acorde a la dinámica humanista amparada en el derecho que hoy permea el pensamiento occidental.

Este tipo de estrategia se aleja de la partitura democrática que politiza cada acción. La prioridad en minimizar los costes y politizar los resultados limita cualquier opción de réplica a la altura de las capacidades reales de los enfrentados. Del mismo modo, la tendencia reactiva a la hora de contener, tanto la duración como el impacto, sin plantearse una estrategia más proactiva, alimenta la disposición de los involucrados – tanto estatales como no estatales – a tomar como opción más efectiva las tácticas asimétricas desde una estrategia híbrida de enfrentamiento.

La tecnología está condicionando el modelo de confrontación y los actores implicados directamente

Desde las experiencias de la globalización, la amplitud que concede la Era de la Información y la potencialidad que da el acceso a las nuevas tecnologías, se ha generado la capacidad de emplear múltiples tácticas combinadas, adaptadas a cada marco de acción como epicentro operacional de la mencionada estrategia híbrida. El componente híbrido de los conflictos orbita en torno a un amplio abanico de dimensiones, cuya naturaleza permite la coordinación y sincronización en magnitud y tiempo de fuerzas regulares e irregulares, así como de tácticas convencionales y asimétricas. Desde sus centros de gravedad descentralizados, el dispositivo híbrido llega a cada espacio capital (estructuras jurídicas, económicas, culturales, socio-políticas y cibernéticas) gracias a un formato organizativo no lineal, y de una estructura que puede alinear en tiempo y espacio operaciones convencionales con tácticas asimétricas de subversión, agitación o insurgencia, o el despliegue de programas de desinformación.

Este mecanismo híbrido es una metodología de guerra en sí mismo. Un formato bélico capaz de convertirse en el vértice de una sinergia de fuerzas en disposición de atacar cada marco estratégico de su adversario por medio de operativos independientes y adaptados a su formato. Es por ello que lo distintivo de su naturaleza es su morfología estratégica.

El concepto híbrido distorsiona ciclos de la realidad bélica. Los ámbitos de actuación no atienden a la proclamación de la guerra; aspira a jugar con la ambigüedad respecto al estado de guerra, de tal forma que pueda hacer uso todo tipo de medios disruptivos, informativos, cibernéticos, económicos y político-sociales combinados sin que el adversario estatal reúna las pruebas pertinentes para declarar la guerra y, por tanto, se vea incapacitado o críticamente demorado por su propio sistema para emplear la fuerza. Y es que las cuestiones legales resultan otra disyuntiva de este modelo: el Derecho Internacional de los Conflictos Armados únicamente juzga lícitos los objetivos militares (Artículo 48 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra [1964]: señala la diferencia entre los no combatientes y los combatientes desde los Estados; y demanda a los beligerantes proceder sin que los no combatientes se vean afectados por las acciones de la confrontación). Por tanto, las acciones de guerra asimétrica escapan de esta regulación, lo que añade complejidad a la hora de afrontar este tipo de conflictos también desde el ámbito jurídico.

No obstante, se debe insistir que desde la vertiente académica el calificativo de “guerra híbrida” como concepto aún precisa de mayor solidez y concordancia en su definición. Actualmente corre el riesgo de convertirse en un calificativo para describir las acciones rusas. La politización de su concepto es un riesgo propio de la definición de un fenómeno aún por conformarse.

La combinación de elementos asimétricos con capacidades convencionales no es algo novedoso; estas guerras convencionales empleaban elementos asimétricos de forma complementaria para consolidar sus fuerzas y reforzar su causa. Sin embargo, hoy es usado por potencias como Estados Unidos o Rusia como estrategia en sí misma. Ésta dota de unas condiciones dinámicas y disruptivas que alejan el orbe militar de su centro de gravedad, ahora radicado en el marco cívico, y que convierte a las sociedades en un factor capital capaz de condicionar las decisiones de sus líderes. La desmilitarización de la guerra es la patente de los enfrentamientos asimétricos, ahora alcanzando un espacio desde el cual el tablero se extiende a planos orgánicos de la sociedad. En las guerras convencionales las batallas eran entre Ejércitos; en las guerras asimétricas el actor hace radicar su fuerza en el componente social. Hoy es la suma de todos esos espectros, la escala global, y el grado de tecnología a disposición de cada persona lo que ha facilitado que este carácter híbrido en la misma estrategia sea el componente diferencial del formato bélico. La confrontación se libra en la urbe a través de la guerra informativa, pero también en el espacio digital y en el mercado financiero; con unos líderes conocedores de que hoy el enfrentamiento no se gana sólo con soldados, y que la opinión pública es la verdadera trinchera que debe conquistarse.

Rusia, si bien no es el único, sí puede ser considerado exponente de este paradigma de guerra aún por concretarse. La multiplicidad de acciones de diferente calado en Siria, Ucrania, Estonia, Libia, Osetia, así como sus maniobras de injerencia en países occidentales, pone de manifiesto la capacidad de maniobra del planteamiento híbrido. Un planteamiento que ha dejado patente su prioridad respecto al elemento más condicionante del adversario: sus sociedades.

Rusia no es el país con más recursos, pero ha sabido alinear sus capacidades y dispositivos bajo la misma proyección estratégica. Un planteamiento que ha dotado de amplia variedad de registros al Estado eslavo, que se ha traducido en eficiencia y profundidad operacional de su política exterior. Objetivos que antaño se aspiraban a alcanzar mediante la guerra abierta hoy se obtienen por medio de una red de influencia resiliente en la ejecución de injerencias y medidas disruptivas, acciones indirectas que entrañan mayor amplitud pero menor riesgo y coste. Unos atributos que se pliegan a un plan íntegro por postular a Rusia como potencia innegable del orden internacional.

 


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica