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El tablero sirio. Punto de inflexión en Oriente Me...

El tablero sirio. Punto de inflexión en Oriente Medio

En la última década numerosos países árabes han entrado en erupción. Libia, Yemen o Egipto son ejemplo de ello. Sin embargo, Siria es el país de la zona que mayor resonancia y constelación de actores implicados aglomera. Es tal la complejidad que encierra la disputa que puede justificarse por la cantidad de intereses que hay en liza. La dimensión que ha alcanzado el devenir de Siria responde a un cúmulo de intereses superpuestos de calado nacional, regional e internacional. Sin embargo, es la proyección geopolítica de agentes externos la razón de la perpetuidad de esta guerra.

Desde que en 2011 comenzara la guerra civil, Siria ha vivido varias fases, en las cuales tanto actores como alianzas han mutado, evolucionado o desaparecido. Un contexto habitual al tratarse de una región volátil como es Oriente Medio, propensa a que las disfunciones estructurales y disputas endógenas sean el caldo de cultivo que motiva a actores externos a intervenir; y que explica también la proliferación de actores no estatales. Dicho esto, el resultado de la guerra civil ostenta un peso geopolítico que ha distorsionado las causas originales del enfrentamiento. Esto es consecuencia de la amalgama de agentes que han condicionado el devenir del conflicto y de su longevidad. Naciones como Rusia e Irán han sido aliados del régimen de Bashar al-Assad durante décadas- a pesar de que Moscú intervino militarmente a partir de 2015-, por lo que sus imperativos estratégicos han dado razón a la inversión por mantener a la minoría alauí en el poder. Todo lo contrario a Turquía y Estados Unidos, que en el momento de la erupción bélica hicieron uso indirecto de sus recursos para propiciar la caída del Gobierno sirio.

En este escenario surgió un actor más, enemigo de todos, y que dinamitó un tablero ya en efervescencia: el autodenominado Estado Islámico (ISIS). Si bien ya había constancia de grupos yihadistas en la zona, la aparición del ISIS distorsionó el dibujo geopolítico y las agendas internacionales. Este grupo alcanzó una dimensión y una profundidad sin precedentes, haciéndose gran valedor del contexto. En 2014, tanto Iraq como Siria carecían de una infraestructura estatal eficiente, un vacío sociopolítico que el grupo liderado por al-Baghdadi supo explotar con la proclamación del Califato ese mismo año.

Sin embargo, en 2017 la coalición internacional desposeía al ISIS del control territorial, con las fuerzas kurdas del YPG como estandarte en primera línea de la contraofensiva, respaldadas por Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Esta derrota – que no desaparición – cerraría el capítulo con la muerte de su líder, Abu Bakr al-Baghdadi en octubre de 2019 en la provincia de Idlib. Su fallecimiento en esta región no es baladí, ya que Idlib se ha erigido como el último bastión subversivo contra el régimen de Bachar al-Assad, donde se encuentran diversidad de grupos insurrectos de diversa naturaleza, cuya resistencia ha sido abanderada por grupos como la milicia yihadista Hay’at Tahrir al-Sham (HTS) o el Frente de Liberación Nacional (NFL).

Acuerdos de Astaná

Estos acuerdos, iniciados en 2017, fueron la confirmación de dónde se encontraba el centro de gravedad del escenario sirio. La imagen entre Recep Tayyip Erdogan, Hassan Rohani y Vladimir Putin dejaba patente qué países iban a decidir el conflicto y confeccionar el futuro de Siria. La Cumbre de Astana aspiraba a configurar un plan conjunto entre Turquía, Irán y Rusia para alcanzar en primera instancia el alto el fuego, para así poder pavimentar la transición hacia unas vías de negociación que sustituyeran a la acción bélica entre el régimen de al-Assad y la constelación de agrupaciones de la oposición moderada. Tras acordar cuatro zonas de desescalada, se estipuló que la provincia de Idlib quedaría bajo el tutelaje de Ankara. Astaná se convertiría en el acuerdo troncal sobre la guerra civil y el futuro de Siria; liderado por Moscú, y escudado por Teherán, Damasco y Ankara.

Turquía fue la nación que rectificó sus preferencias sobre el Gobierno sirio. El cambio de estrategia turco se justificó en el auge kurdo del YPG, brazo armado del Partido de la Unión democrática (PYD). Éstos vertebraron un organismo paramilitar notablemente resolutivo, las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) – liderada por kurdos pero conformada por árabes , yazidíes y turcomanos -, que lucharon en primera línea contra los grupos yihadistas. Con el apoyo estadounidense, las SDF propiciaron derrotas al autoproclamado Estado Islámico y establecieron una administración autónoma en el norte de Siria.

Esta situación cambió la agenda de Ankara, que estipuló como prioridad erradicar la posibilidad de ver consolidadas las potestades estatales de los kurdos en la región de Rojava. Acorde con tales objetivos, Turquía comenzó a plantear incursiones de mayor envergadura en el territorio septentrional sirio. Bajo la justificación de la lucha contra el yihadismo (Operación Escudo del Éufrates), aspiraba a profundizar en el norte del país árabe para hacer de ésta una zona de contención; operaciones como Rama de Olivo (2018) o Manantial de Paz (2019) han sido maniobras militares que dejan patente la agenda turca: menguar las opciones territoriales y de autonomía kurda, ganar profundidad estratégica como futuro aval diplomático, y la posibilidad de reinsertar a los refugiados sirios, ahora en Turquía, en este espacio.

Acorde a este plan, Turquía realizó la ocupación de Afrin – enclave kurdo – a comienzos de 2018 como primer paso a ganar profundidad y alcanzar Idlib, el enclave que aún hoy resiste al régimen de al-Assad. En esta provincia se han encontrado un abanico de fuerzas subversivas – entre ellas el hoy proclamado Ejército Nacional (NA) – respaldadas por Ankara, dispuestas a rechazar el empuje de Damasco, lo que ha forzado la implicación directa de Rusia.

Acuerdos de Sochi 

Estos acuerdos se firmaron para que Turquía estableciera diferenciación entre los grupos que operaban en Idlib con el objetivo de aislar a las milicias yiahdistas en el terreno, y excluirlas de la mesa de negociaciones. Otra prioridad de estas conversaciones concernía a la marcación de zonas desmilitarizadas a 15 kilómetros de profundidad de la frontera, así como la reapertura de las autopistas de la M4 y la M5 – que conectan Alepo con la costa mediterránea y Damasco –.

Sin embargo, estos objetivos probaron estar fuera del alcance de Turquía. Las condiciones del acuerdo dejaron constancia del antagonismo entre las prioridades estratégicas, así como de la incapacidad de materializar ciertas concesiones tácticas: mientras Turquía pretende mantener alejado a Idlib del control del régimen, Rusia está decidida a ayudar al Gobierno de Damasco a hacerse con el control de todo el territorio sirio.

Este último aspecto saca a colación la causa kurda. Las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), encabezadas por kurdos, mantienen el control de la zona norte/noreste de Siria (Afrin y Tel Abyad están bajo control turco; Alepo en manos del régimen), a pesar de las constantes amenazas de las internadas militares turcas, cuya máxima es yugular el poder autonómico alcanzado por los kurdos durante los años de guerra. Hasta el año pasado, el respaldo y presencia (aunque mínima) estadounidense les otorgaba un aval. Sin embargo, la retirada norteamericana ha obligado a las SDF a reformular su estrategia. Las circunstancias han llevado al SDF a buscar el parapeto del propio régimen, conscientes de que la independencia era una alterativa remota, y que una autonomía formal puede cobrarse por la alianza con Damasco. Tal estrategia ha propiciado que las Fuerzas Democráticas Sirias cedan el control de varios enclaves del norte al Ejército sirio como contramedida a la ofensiva turca.

Zona de desescalada

Las medidas de los Acuerdos de Sochi no han conseguido materializarse, por lo que los enfrentamientos y la tensión en Idlib ha ido en escalada hasta que el pasado 5 de marzo Ankara y Moscú formalizaron un alto el fuego. Este pacto satisface el primer objetivo táctico para Turquía, que es frenar el avance de las fuerzas de Bachar al-Assad. En el mejor de los escenarios puede conducir a una desescalada que facilite la preferencia por la vía política, además de paliar el aumento de la crisis humanitaria. No obstante, el alto el fuego actual no implica que la situación en Idlib se estabilice. El marco de actuación del alto el fuego concreta e intenta cubrir las carencias que hicieron fracasar los planes originales de los Acuerdos de Sochi. Se resumen en 3 puntos: [1] cese de las hostilidades, [2] erigir entre las dos naciones (Turquía y Rusia) un corredor de seguridad a través de la autopista M4 de 12 kilómetros de ancho, y [3] establecimiento de operaciones conjuntas de patrullaje en partes de la M4 – a partir del 15 de marzo – para asegurar la transición en el corredor.

Rusia

Rusia encontró en Siria la oportunidad de demostrar porte de potencia global en un escenario propicio para atraer focos. La nación árabe se convirtió en un teatro de operaciones prioritario en septiembre del 2015, en el cual la Federación rusa reafirmó sus credenciales intercalando su potencial militar y sus disposición diplomática.

Al apoderarse del compás diplomático, Rusia pudo entablar conversaciones con cada potencia regional: sus relaciones con Turquía, Irán o Siria (pero también con Israel, kurdos o países del Golfo) muestran los pasos de una estrategia que entabla una diplomacia en convergencia con una fuerza militar contrastada, atendiendo también al espectro económico y geopolítico (la base naval de Tartus y la base aérea de Khmeimim); confeccionada para generar una dependencia de su actuación entre todos los actores involucrados. Putin es el responsable de trenzar una proyecto geopolítico capaz de satisfacer las necesidades primarias de cada actor involucrado en la guerra civil: al régimen de Damasco le ha asegurado su continuidad en el poder; a Teherán, primer aliado regional de Bashar al-Assad, que éste permanezca al frente del Gobierno; mientras que Erdogan ha renunciado a derrocar al poder alauí a cambio de yugular las pretensiones kurdas. El tablero sirio ha concedido la oportunidad a Rusia de estrechar relaciones con Turquía e Irán, dos potencias regionales que en sociedad con Moscú tienen más posibilidades de cambiar el orden de fuerzas de la región.

 Turquía

La máxima de Ankara es ver la autonomía alcanzada por las fuerzas kurdas sirias del YPG reducidas a la mínima expresión. Si bien el Gobierno de Erdogan respaldó durante los primeros años de la guerra civil a los grupos rebeldes en aras de ver depuesto a Bachar al-Assad, hoy Turquía – a pesar de seguir sufragando a los grupos insurgentes de Idlib – prioriza la deposición del poder kurdo en el norte sirio, fronterizo con su país. Todo ello debido a los lazos que mantienen las milicias kurdas de Siria del YPG e YPJ con la organización kurda insurgente – considerada terrorista por Ankara – del Partido de los Trabajadores (PKK), que opera en territorio turco desde hace décadas. Esta prioridad estratégica condujo a Erdogan a acercarse a Putin en 2016, un giro en su política que quedó constatada con los Acuerdos de Astana, alcanzando así otro de sus objetivos reafirmando su influencia como potencia regional.

Situación siria a finales de 2019

Fuerzas rebeldes aliadas de Turquía: Ejército Nacional

Cuando comenzó la guerra en 2011, un grueso de los rebeldes se unió bajo la bandera del proclamado Ejército Libre Sirio (FSA), incluyendo a militares desertores del propio Ejército sirio. Sin embargo, en 2017, para ampliar su base se creó el Ejército Nacional Sirio (SNA). Estas milicias son aquellas con las que Turquía se alió para sus incursiones en el norte del país árabe: Escudo del Éufrates (2016), Rama de Olivo (2018) y Fuente de Paz. En los referente a la provincia de Idlib, surgía el Frente de Liberación Nacional (NLF) en 2018 a partir de 11 milicias locales, que en octubre de 2019 se unirían con el Ejército Nacional Sirio (SNA) para constituir el Ejército Nacional (NA).

Estados Unidos y la Unión Europea

Si algo ha dejado patente la guerra en Siria es que la labor diplomática pierde peso sin una fuerza militar contrastada dispuesta a escudarla. El ejemplo de los países europeos unificado a través de la Unión ha puesto en entredicho sus funciones como agente internacional. La demostración de otros actores con probada capacidad de proyección militar minimiza a una Unión Europea cuyo capacidad de diálogo se ha visto desvirtuada, limitando su influencia a la labor humanitaria.

Por su parte, Estados Unidos ha sido esclipsada. Su alianza con los kurdos del YPG fue benigna para ambas partes, que mediante inversión, entrenamiento y asistencia aérea consiguieron liberar la región septentrional de Siria del control yihadista para pasar a manos kurdas. Aún si Estados Unidos conserva su influencia en la región a través de Israel, los países del Golfo o Iraq, la retirada de tropas – a excepción a las que mantiene en las zonas petrolíferas de Deir e-Zor – deteriora sobremanera su condición de potencia aliada, especialmente en Oriente Medio. Será un reto para futuras administraciones estadounidenses cómo gestionar las consecuencias de la política aislacionista y unilateral del Gobierno actual.

La cuestión kurda

Las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), lideradas por la milicia kurda del Fuerzas de Protección Popular (YPG), son el brazo armado del Consejo Democrático de Siria, que gobierna la zona septentrional del país. Han contado con el apoyo de varios países, pero Estados Unidos ha sido su máximo aliado. Su eficiencia tanto en la administración como en el teatro de operaciones no impidió que el año pasado la Administración Trump decidiera abandonar su implicación en el país árabe y dejar en la estocada a su mayor socio en la trinchera siria. La amenaza del avance turco por el norte de Siria impulsó a las fuerzas kurdas a buscar la alianza con el régimen de Bachar al-Assad, que en últimas fechas ha ido recuperando el terreno perdido durante la guerra civil, en muchos casos cedido por las propias Fuerzas Democráticas Sirias.

 Irán

La República Islámica es aliada crónica del régimen de Bachar al-Assad mucho antes de iniciarse la guerra civil. Por cuestiones de lógica geopolítica, así como de afinidad religiosa (la minoría alawí que gobierna Siria es una rama del chiísmo, que prima en la República Islámica iraní), Irán encontró en el régimen de los Assad a su escudero en la región. Le ayuda a proyectar su área de influencia hasta el Líbano – a través de Hezbollah – de tal forma que alcance el Mediterráneo y aumente su influencia hacia la región occidental. Este corredor entre los tres países facilita el trasvase de mercancías y milicianos, que desde 2011 se ha convertido en piedra angular de la lucha contra las grupos rebeldes.

Grupos yihadistas

Hay’at Tahrir al-Sham (HTS) es una organización yihadista independiente de Al Qaida (AQ), según su líder Abu Muhammad al Jolani. Surgió tras la fusión de una abanico de grupos yihadistas, entre ellos Jabhat Fath al-Sham (Jabbat al-Nusra antes de desvincularse de Al Qaida). En materia militar, HTS ha coordinado operaciones con facciones respaldadas por Turquía, como el NFL, pero sin llegar a alianza formal.

Otro actor de naturaleza yihadista es el grupo Hurras al Din, la rama siria de Al Qaeda. Se separó de HTS en 2017 y a diferencia de esta última sí cuenta con agenda internacional. Sus relaciones con HTS son ambiguas; se han constatado tanto maniobras de cooperación como de enfrentamientos entre ambas. Además, han coordinado operaciones con otros grupos salafistas, como Jabhat Ansar e-Din y Ansar al-Tawhid.

Operaciones en IDlib

En el epílogo de esta guerra civil siria las opciones para cerrar el conflicto reside en un programa político. Durante los años de conflicto, Vladimir Putin escenificó la inviabilidad de una solución política exenta de fuerza militar. La diplomacia rusa se apoderó del compás del tablero sirio gracias a una diplomacia explícita de poder duro. No obstante, si bien esta sinergia sirvió para erigirse como el regente del conflicto, está por ver si el Kremlin dispone de los recursos y la disposición para recomponer una nación derruida. En próximas fechas se verá si la estrategia rusa en Siria incluye responder a las necesidades de postguerra con un proyecto político capaz de ayudar a vertebrar un Estado que corrija las deficiencias estructurales que condujeron al país a la guerra.

Rusia va a tener que contemporizar para satisfacer las prioridades del régimen sin menospreciar las reclamaciones turcas; al mismo tiempo que encaja las demandas kurdas en el orden regional. La preferencia es el régimen de Bashar al-Assad – lo que al mismo tiempo permite tener de aliada a Irán –, pero Turquía es una potencia regional con condiciones para desarrollar una relación estratégica en diversas dimensiones (energético, armamentístico, infraestructuras); mientras que las fuerzas kurdas pueden ser un aliado táctico a tener en cuenta dada su destreza en materia militar en una región efervescente. Por tanto, la clave de la resolución definitiva del conflicto sirio exige una inversión en el planteamiento político, y para ello el contexto va a exigir triangular los intereses de 3 actores que lo único que comparten es una desconfianza recíproca.

En últimas fechas, la toma de la segunda ciudad de Idlib por parte del régimen o la pérdida de tres puestos de observación estipulados en los acuerdos, supone para Turquía un retroceso operativo, y puede que un signo de la dirección de la guerra. Turquía es consciente de que no ha podido cumplir con las exigencias pactadas en Sochi; también sabe que Rusia no va a renunciar a que el régimen sirio se haga con el controlar de todo el territorio nacional. Ante el progresivo avance de fuerzas del régimen, Turquía debe elegir el momento en el que aún posee algo con lo que negociar para sacar cierto rédito. Para Ankara la cuestión kurda es prioritaria, y si bien Damasco no va a conceder a éstos la independencia, su grado de autonomía sí puede estar a merced de las relaciones que Ankara entable tanto con el Gobierno sirio como con Moscú; una retirada tiempo puede dar réditos de victoria. Por su parte, el régimen debe cerrar la guerra civil con el mayor número de aliados posibles, y Turquía va a dar más beneficios y estabilidad nacional si forma parte de la entente de aliados, junto a Irán y Rusia.

 


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica