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La creciente amenaza de los «mini-drones»

La creciente amenaza de los «mini-drones»

La proliferación de drones o UAS (Unmmaned aerial systems) en el campo de batalla es ya una realidad y una amenaza contemplada en el planeamiento de la mayoría de fuerzas armadas  a nivel global. El número de estos aparatos se ha incrementado exponencialmente a lo largo de la última década, su tamaño se reduce día tras día y las tácticas para emplearlos se vuelven cada vez más sofisticadas.

En particular son estos “UAS en miniatura” los que más quebraderos de cabeza están planteando a la hora de garantizar la seguridad. Estos aparatos demandan unas contramedidas diferentes a las que mayoritariamente se han diseñado para sus homólogos de mayor tamaño.

Cuando hablamos de “mini-drones” nos referimos a aquellos que se encuentran en los tres primeros niveles dentro de una taxonomía de cinco grupos que abarca la totalidad de UAS de uso militar. Tratamos con sistemas que pueden pesar unos pocos gramos, con alcance, altitudes y tiempos de vuelo limitados,  hasta aparatos que superarían los 200 kilos , con alcances de 160 km y una autonomía de aproximadamente 6 horas.

Hasta hace relativamente poco, el mundo “solamente” tenía que preocuparse por sistemas militares avanzados como misiles balísticos y de crucero, aviones furtivos tripulados, barcos de propulsión nuclear, vehículos blindados de combate e incluso drones de gran tamaño como el Predator o el Global Hawk. Por si esto no fuera suficiente ahora debemos enfrentar la amenaza que representan estos mini-drones, pero, ¿qué los hace tan peligrosos?

El tamaño de estos aparatos y su versatilidad les permite llevar a cabo misiones que hasta hace poco requerían recurrir a aviones tripulados u otro tipo de sistemas aéreos no tripulados de mayores proporciones. Con los sensores y la tecnología apropiados, estos UAS en miniatura pueden proporcionar ISR (Intelligence, Surveillance and Reconnaissance/Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento) de alta calidad. También conocemos algunos ejemplos que muestran su uso como armas ofensivas. DAESH ha empleado pequeños drones comerciales equipados con granadas de mano para perpetrar algunos de sus atentados. A una escala considerablemente más letal, el ejército de los EE.UU actualmente opera varios  modelos de mini-UAS armados con ojivas explosivas. El dron más grande dentro de esta categoría sería capaz de transportar municiones guiadas de precisión (PGM).

A medida que los UAS se han vuelto más sofisticados, gracias en gran medida al empleo y la expansión que está experimentando la inteligencia artificial, también lo han hecho las tácticas para usarlos. EE.UU y China han comenzado a experimentar con los llamados “enjambres de drones” en los que se despliegan un gran número de pequeños UAS con el objetivo de desbordar las defensas del adversario o atacar múltiples objetivos.

Los mini-UAS representan un desafío y plantean unos riesgos que difieren  de los que normalmente lleva aparejados cualquier otra amenaza aérea. Vuelan bajo, a velocidad reducida y con pequeños motores que dificultan su detección. La mayoría de sistemas disponibles en el mercado son capaces de mantenerse en suspensión cerca del suelo, desafiando así los sistemas de detección de radar y a los sensores electro-ópticos. Incluso si su presencia es detectada, localizarlos con la precisión suficiente como para desplegar contramedidas supone un desafío adicional para cualquier modelo de sensor defensivo.

Pero una vez han sido detectados, ¿cómo deberían ser neutralizados? Teniendo en cuenta que este tipo de sistemas son “baratos” y se pueden producir en masa, las contramedidas deberían respetar los mismos parámetros en cuanto a coste y volumen de producción.

Imaginemos que uno de estos aparatos sobrevuela armado (por ejemplo equipado con explosivos) nuestras fuerzas, la de nuestros aliados o sobre población civil, derribarlo supondría un elevado riesgo de daños colaterales y otras consecuencias poco deseables para nuestra seguridad.

Con este tipo de situaciones en mente y a medida que crece la amenaza que representan los drones, también lo hace la búsqueda de soluciones y medidas para contrarrestar el peligro que suponen. Según estudios recientes, en la actualidad existen más de 500 sistemas de este tipo en el mercado.

En paralelo se han diseñado decenas de sistemas para hacerles frente, y día de hoy muchos de ellos ya se están utilizando o se encuentran en pleno proceso de implantación. Estas medidas abarcan: rifles de alta potencia, halcones entrenados, cañones montados en vehículos, misiles antiaéreos, inhibidores  e incluso drones diseñados para cazar otros drones.

Cada vez está más claro que no existe una solución mágica para el desafío que plantean estos aparatos. Detectarlos y fijarlos como blanco exigirá el empleo coordinado de múltiples sensores. Lo mismo ocurre con su neutralización. Las soluciones propuestas implican el uso de armas cinéticas, de energía dirigida, diferentes tipos de inhibidores y también el uso de las contramedidas propias de la guerra cibernética.

Si algo está claro es que que prácticamente todas las soluciones deberán contemplar la detección multiespectro. En ese sentido, se está desarrollando toda una gama de soluciones para acabar con esta amenaza: armas láser y microondas de alta potencia que pueden emplearse contra una gran variedad de amenazas aéreas. Estos sistemas defensivos son capaces de apuntar a drones individuales y también podrían proporcionar una solución óptima a la amenaza que representan los enjambres. Otro ejemplo citado son los “drones cazadores”, como el Coyote 2, un dron  impulsado por cohetes y montado sobre vehículo, equipado con un radar de banda Ku (rango específico del espectro electromagnético).

La interferencia se ha considerado durante mucho tiempo un medio eficaz para contrarrestar esta amenaza. De ahí que muchas de las soluciones hayan contemplado las posibilidades que ofrecen los elementos de guerra electrónica como parte de sus proyectos. Si se puede interrumpir el enlace entre el dron y su controlador, muchos de estos aparatos simplemente aterrizarán, regresarán a su punto de lanzamiento o, como mínimo, se desviarán del rumbo previsto. Otra alternativa particularmente provechosa a la hora de derrotar estos sistemas que operan de forma autónoma sería el uso de armas cibernéticas, las cuales permitirían al defensor tomar el control del aparato.

En definitiva, se trata de un reto considerable. Especialmente teniendo en cuenta que las  distintas soluciones no solo deben funcionar, sino que deben ser duraderas y efectivas en una amplia gama de entornos y configuraciones. Por si no fuera suficiente, este tipo de sistemas deben ser capaces de trabajar sin interferir con el funcionamiento de las fuerzas propias y aliadas, así como con sus defensas aéreas y de misiles, sistemas de sensores y redes de comunicaciones.


Analista de inteligencia. Especializado en análisis del entorno de la información y Defensa.

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