LEYENDO

El coronavirus resucita la amenaza bioterrorista

El coronavirus resucita la amenaza bioterrorista

La demoledora irrupción del Covid-19 en nuestra vida cotidiana ha vuelto a poner el foco en una amenaza que parecía olvidada, un terror propio de épocas pasadas pero que tal  y como ha demostrado constituye una amenaza potencialmente global: el peligro biológico. Al poner en primer plano los riesgos y las consecuencias que lleva aparejada una enfermedad pandémica, el Covid-19 has suscitado una serie de preguntas sobre las implicaciones que tendría la utilización deliberada de un patógeno como arma.

Si bien el temor a que determinados actores hagan uso de armamento biológico ha ensombrecido desde hace tiempo el panorama de la seguridad global, no ha resultado sencillo trasladar la importancia de la guerra biológica a las diferentes agendas políticas. Entre otros motivos estas reticencias obedecen a lo poco que conocemos sobre este tipo de amenaza, o más bien, a lo mucho que desconocemos.

Después de todo, tratamos con un riesgo altamente especulativo. Sin contar las pocas incidencias provocadas por el uso de armas de este tipo de las que se tiene constancia, como por ejemplo las acusaciones relacionadas con la utilización de agentes biológicos, por parte de Alemania, para infectar ganado durante la 1ª Guerra Mundial, el uso de armamento biológico no ha sido muy explotado.

En consecuencia, si bien es cierto que el armamento biológico generalmente se encuentra dentro de la categoría de las armas de destrucción masiva, existen escasas evidencias que realmente justifiquen una etiqueta tan peligrosa. Lo cual no quiere decir que no merezcan tal consideración o que las precauciones en cuanto su peligrosidad no estén verdaderamente justificadas. Sin embargo, no debemos ignorar que en la mayor parte de los supuestos tratamos con incógnitas o entelequias de las que no tenemos constancia o que no ha sido posible probar suficientemente, por razones obvias, con el fin de averiguar: los límites éticos a la experimentación o los riesgos de desencadenar una pandemia global, escala COVID-19 o peor.

Como resultado, dicho defecto de precisión conlleva la incapacidad para comprender el verdadero alcance de los efectos físicos que pueden desencadenar este tipo de armas, no solo en términos de salud pública y muertes masivas, sino también de las múltiples alteraciones sociales que podrían provocar. Tal incertidumbre tiene importantes implicaciones en la forma en que los responsables políticos y  militares enfrentan la amenaza de la guerra biológica.

En concreto, existe una falta de consenso sobre cuál es el riesgo real, lo que ha generado y genera debates políticos plagados de desacuerdos y especulaciones. Una vez más esto no se traduce en la inexistencia de logros y avances en el seno de este debate. Se han producido avances en términos de control de armas, entre ellos la Convención de Armas Biológicas (1972). Se trata del principal acuerdo internacional en materia de control de armamento biológico, que prohíbe el «desarrollo, producción y almacenamiento» de este tipo de armas. No obstante, en términos generales, el progreso político se ha visto obstaculizado por esa misma naturaleza hipotética que caracteriza la amenaza.

Resulta complejo enfrentarse a una amenaza cuando ni si quiera sabemos cómo es realmente. El COVID-19 podría dar un vuelco a esta situación, poniendo la guerra biológica en el centro de una nueva diana. Ayudándonos a conocer mejor esta clase de peligros. Hasta ahora tratábamos con una amenaza cuya probabilidad de que se materializase existía, pero que a efectos prácticos era mayoritariamente ignorada. Este mismo planteamiento se aplicó al propio COVID-19 y a otros brotes anteriores, pasando por alto señales de advertencia que alertaban sobre posibles pandemias futuras.

La especulación genera incertidumbre y en ocasiones la incertidumbre provoca vacíos en relación con hipotéticas amenazas. Por una parte, este tipo de situaciones podrían derivar en unos elevados niveles de miedo, lo que llevaría a la generación de peores escenarios y a una exageración de la propia amenaza. Es lo que los expertos denominan «dread risk», en referencia a eventos que tiene una escasa probabilidad de producirse pero unas consecuencias muy importantes en caso de tener lugar, es decir cosas que probablemente no sucedan nunca, o rara vez, pero que matarían a un gran número de personas si se produjesen. La incertidumbre que rodea a este tipo de amenazas, combinada con unas consecuencias dramáticas, implica que la gente evalúe dicha amenaza de forma desproporcionada.

Esa misma especulación podría producir el efecto contrario, consiguiendo que una amenaza incierta fuera ignorada o minimizada. La incertidumbre puede genera una falsa sensación de distancia entre actor y amenaza, lo que conllevaría un menor compromiso frente al riesgo.

Sin embargo, en este contexto el COVID-19 tiene potencial suficiente como para revertir este fenómeno cognitivo en el caso de la guerra biológica. La pandemia global actual ha puesto sobre la mesa las desastrosas implicaciones que podrían derivar en caso de ataque biológico deliberado. Ahí tenemos las consecuencias: trágicas muertes, propagación internacional y bloqueos territoriales a escala mundial, etc.

Ahora estamos en posición de relacionar la amenaza de la guerra biológica con un hecho real y tangible: convierte en presente lo que hasta ahora se relegaba al contexto futuro; proporciona una base para el consenso político en relación a cómo podría desarrollarse la guerra biológica; y aporta evidencias más convincentes que las que podrían desprenderse de las meras declaraciones políticas cualquiera que sea su forma.

Llegados a este punto resulta importante subrayar una de las más importantes aportaciones que podría extraerse de esta crisis sanitaria. Con frecuencia y ante catástrofes de esta magnitud, el ser humano tiende a reducir las proporciones a un mero elemento estadístico. Cuántas víctimas perecerán en un ataque o pandemia. Este elemento cuantitativo oscurece el factor humano, que en el caso del COVID-19 ha estado muy presente. Ese embotamiento psicológico al hablar solamente de cifras, hace que transmitir la verdadera realidad de una crisis resulte mucho más complejo. En consecuencia, la pandemia podría poner en primer plano un aspecto más profundo y humano a la hora de afrontar el debate sobre la guerra biológica que hasta ahora había sido ignorado o puesto en segundo plano.

No se trata de establecer una comparativa exacta entre el riesgo de un ataque biológico y los que van asociados a una pandemia natural. Claramente no son idénticos y las personas responderán psicológicamente de forma diferente ante amenazas distintas. Sin embargo, curiosamente se han producido paralelismos y hemos sido testigos de acusaciones que denuncian el origen del COVID-19 en un laboratorio o la narrativa «bélica» a la hora de abordar la crisis como una «lucha contra el virus». Dicho esto, las pandemias no constituyen una novedad pero la amenaza que han venido representando brotes anteriores ha desplegado un impacto limitado en el debate sobre los peligros biológicos, especialmente en lo relacionado con el armamento.

Conviene tener presente que estamos asistiendo a un fenómeno sin precedentes y, en consecuencia, el problema y el peligro que representa la guerra biológica vuelve a estar sobre el tablero. Este renovado protagonismo podría contribuir a revitalizar el debate político en torno a esta cuestión.  La crisis que atravesamos podría ser el revulsivo que necesitan los diferentes responsables políticos para fortalecer los acuerdos y participar en nuevas conversaciones. Dar a conocer las verdaderas implicaciones de la amenaza contribuiría al desarrollo de acciones más sustanciales de cara a su prevención.

Una vez más todo dependerá de si somos capaces de no olvidar las dramáticas lecciones aprendidas que todavía nos está enseñando esta crisis. La pandemia ha revivido la amenaza de las armas biológicas y ahora que somos más conscientes de la amenaza que puede suponer un patógeno natural, deberíamos ser un poco más conscientes del peligro que desplegaría un agente de este tipo manipulado en un laboratorio.  El compromiso político con esta renovada “realidad” del peligro biológico política debería ser más firme que nunca y el debate político no debería volver a abandonarse a la incertidumbre y la especulación.

 


Analista de inteligencia. Especializado en análisis del entorno de la información y Defensa.

ARTÍCULOS RELACIONADOS