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Tailandia, la hora de medir su democracia

Tailandia, la hora de medir su democracia

Tailandia ha visto su sistema democrático bloqueado durante el último lustro. Las elecciones postergadas por Ejército hasta el pasado 24 de abril fueron el último capítulo de la situación de inestabilidad política y impaciencia popular que vive la nación asiática. Una coyuntura que ha desgastado la imagen de una cúpula militar demasiado implicada en el marco político.

El contrapeso de poderes que Tailandia ha vertebrado durante su historia ha sido fruto de una proyección democrática que los mismos que ostentan dicho poder han impedido darle continuidad. La monarquía, a través de su brazo ejecutor en el Ejército, se ha involucrado en la política del país para parapetar cualquier amenaza ante actores que pudieran asentarse en el eje político. Los casos de los Shinawatra en 2006 y 2014, con sus respectivos golpes de Estado, pueden tomarse como ejemplo. Desde 2014 Tailandia está dirigida por la Junta Militar que ha acaparado el cetro político justificándose en los defectos del sistema y en la corrupción de sus representantes civiles. Los resultados electorales y la formación de Gobierno van a medir el ansia social por retomar la carrera democrática, del mismo modo que dejará a la vista los contrapesos establecidos por una clase tradicional que desconfía en el traspaso de prerrogativas a los estamentos civiles.

El nuevo rey Maha Vajiralongkorn, la crisis económica, la cesión de potestades de la esfera castrense tras un lustro dentro de la arena política, la cuestión sobre los secesionistas del sur, y las implicaciones geopolíticas dentro de una región tan estratégica son suficientes razones para tratar las consecuencias del proceso electoral – el primero en 8 años – como un punto de inflexión en la Historia moderna de la nación asiática.

Thaksin Shinawatra, exprimer ministro, ahora en el exilio

Tailandia ha padecido quince golpes de Estado a lo largo de su historia, y aprobado 19 Cartas Magnas. La discontinuidad política hace disfuncional cualquier que sea la estructura democrática. Hoy los hechos plasman el poder amplificado de Ejército tailandés, que en los últimos años ha pasado de ser un árbitro interventor en situaciones puntuales a ocupar el marco político por sí mismo. El último Gobierno depuesto fue en 2014, cuando el Tribunal Constitucional tailandés forzó la dimisión de Yingluck Shinawatra, hermana del dirigente exiliado Thaksin Shinawatra, que asimismo había sido apartado del Ejecutivo en 2006, y cuya reputación dentro del país aún hoy polariza a la población. En el pasado, los Shinawatra habían acaparado poder popular suficiente para que la monarquía y las fuerzas conservadoras se sintieran amenazadas y decidieran deponer a un Gobierno acusado por la corrupción, pero también responsable de medidas sociales y de ayuda a las zonas rurales. La resolución y popularidad de esta familia rica y con preponderancia política era, a ojos de la corte tradicional, un riesgo con potencial para sesgar a la nación. Desde entonces, a excepción de un breve Gobierno interino, la cara del poder en Tailandia ha estado bajo la figura de Prayut Chan-o-cha, general con estrechos vínculos con la realeza. El Ejército es la extensión de poder monárquico, escudado por la antigua elite que configura la alta clase tradicional, y un selectivo grupo de empresarios. Ellos representan el poder más conservador y consolidado de la burocracia tailandesa.

El rey Maha Vajiralongkorn

En 2017 la Junta Militar se sirvió de la Constitución en aras de evitar que un partido acaparara demasiado poder, especialmente dirigido a agrupaciones populistas del perfil de Thaksin Shinawatra. De tal forma que el sistema implantado dificulta que un único partido se haga con la mayoría de los asientos; para que cualquier partido o coalición pueda formar Gobierno debe alcanzar la mitad de los 750 de los asientos de la Asamblea Nacional, esto significa el 75% de los asientos elegidos por los comicios, o 376 asientos en total. Estas condiciones se deben por los cambios legislativos estipulados por la cúpula militar, que únicamente necesita el 25% de los asientos (o 126 votos), dado que 250 miembros de la Cámara Alta ya fueron elegidos por éstos. Por tanto, cualquiera que sea el Gobierno formante, el Ejército va a tener presencia.

En últimas fechas ciertas decisiones de la esfera de poder tailandesa han demostrado los sesgos dentro del entramado político: el partido pro Shinawatra, Thai Raksa Chart, anunció a la princesa Ubolratana como candidata a primera ministra, sin embargo el rey Vajiralongkorn – su hermano – intercedió para negar su candidatura. Tras anular la propuesta, la Comisión Electoral inhabilitaría tanto al partido como a sus candidatos para la actividad política. Se trata de un filtro que las agrupaciones deben superar: el nuevo partido, Future Forward, liderado por Thanathorn Juangroongruangkit, se erige como entidad moderna por el cambio; aún sin de verdad proyectar su partitura más allá de alejarse de la orden tradicional tailandés, éste también se ha visto en la tesitura de pelear contra acusaciones que en su momento pusieron en riesgo su candidatura.

El monarca decidió retrasar la ratificación de la Constitución de 2017 hasta que nos se adecuó ésta a sus parámetros, concretamente para asegurarse la potestad de actuar de regente si la situación lo exigiera. Maha Vajiralongkorn ha mostrado unas formas que enseñan un cambio en la autoridad del rey que distan de las maneras sutiles de su padre, quien vertebraba sus responsabilidades desde una triangulación de fuerzas y un discurso temple hacia el pueblo tailandés. El actual rey ha ampliado sus prerrogativas recurriendo a formas que pueden poner en jaque el equilibrio de fuerzas, con la consecuencia de abrir cuestiones tan estructurales como el papel del Ejército o la incidencia del monarca en asuntos de Estado.

A escala regional, el futuro en torno al liderazgo de Tailandia tendrá un impacto directo en la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), por tanto, la resonancia geopolítica tanto del sudeste asiático como de sus potencias globales aliadas tendrán consecuencias en cuanto a quién ocupe el Gobierno. El país es uno de las fuerzas de la zona, y dentro de ASEAN ocupa un especio capital; además de sus trabajadas relaciones con Rusia y Estados Unidos y China. Esta última con gran eco a tenor del plan por convertir a Tailandia en un eje del proyecto global One Belt, One Road. Sin embargo, la economía tailandesa necesita de estabilidad política para prosperar, más si cabe cuando se ha visto afectada por la guerra comercial entre China y Estados Unidos. 2019 será para Tailandia un momento clave para retomar su carrera democrática o caer en la crónica inestabilidad controlada de un poder militar al que puede comenzar a pesarle el letargo por el reparto de poderes; y todo ello amplificado por un heredero al trono que no atesora la popularidad de su padre.

Tras las elecciones del 24 de marzo Tailandia aspira a retomar la práctica efectiva de la democracia, a pesar de que los antecedentes hacen pensar que permanecerá como una democracia tutelada por la esfera castrense, órgano responsable de las transiciones en la historia tailandesa. El retraso en la celebración de los comicios ha deteriorado la percepción civil de una cúpula militar que se rige por las directrices de un rey que aún debe hacer valer sus capacidades. La situación actual está cargada de incertidumbre por todo lo que rodea al papel castrense y al monarca, más aún cuando este último ha dado muestras de una línea de liderazgo más marcada por el uso de la fuerza, las restricciones y el control que por la mano izquierda que tan buen resultado le dio a su padre. Lo que es evidente es que los líderes militares no cederán la arena política, cuanto menos mantendrán su influencia a través de los partidos y sus miembros.

Distribución por provincias de Tailandia

Si algo pueden dejar a la vista la post campaña son los mecanismos de poder que tutelan Tailandia. Los actores preponderantes son conocidos por la población, pero es el afán por conservar los contrapesos dentro del sistema democrático lo que deteriora las aspiraciones hacia la democracia funcional; con la consecuente amenaza de consumir en la masa popular la ambición por un sistema representativo apropiado. Los comicios puede dar un Ejecutivo capaz de sostenerse a corto plazo, pero será mediante una coalición cuya fragilidad condicionará cada paso por dar continuidad al proyecto democrático.

Pasado el día de las elecciones, los tailandeses han dado su veredicto: el Pheu Thai ha alcanzado 137 escaños (sobre 350 asientos por distrito electoral) gracias a sus 7,2 millones de votos; el Palag Pracharat ha conseguido 97 asientos con 7,6 millones de votos; mientras que el neonato partido de Future Foward ha obtenido 5,1 millones de votos, lo que se traduce en 30 escaños; en última instancia, el partido Bhumjaithai, por sus 3,1 millones de votos, adquiere 39 butacas. Comienza el juego de alianzas y una realidad marcada por las concesiones y los flujos de poder.

Tailandia debe encontrar el equilibrio en sus nodos de poder. El Ejército ha desarrollo la función de interventor dentro de la política interna en nombre de un monarca vanagloriado durante siete décadas, pero en consecuencia ha imposibilitado el desarrollo de una democracia funcional con organismos preparados para darle continuidad. Ahora llega el momento del repartir derechos y responsabilidades con la incertidumbre acumulada de años de poder alejado de órganos civiles, y la incógnita de un nuevo rey con otro talante como telón de fondo.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica