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Sagunto y Numancia, dos ciudades españolas en defensa de la libertad

GB. D. Agustín Alcázar Segura (R).

Es posible que en los albores de nuestra historia como nación existieran momentos y lugares en los que el espíritu de sacrificio, el valor y el heroísmo brillaran con tanto fulgor como lo hicieron en las ciudades de Sagunto y Numancia; sin embargo ellas son los primeros testimonios de la historia que las presentan como paradigmas de la legendaria obstinación española en la defensa de la libertad.

Ciudad íbera y costera la primera y celtíbera e interior la segunda, las dos tiene en común su solar hispano y su ascendiente más o menos puro de la raza hispana y a ambas les une el mismo e involuntario enemigo: Roma.

Cartago, enemiga secular de Roma y vencida por ésta en la I GP, espera su momento para tomar la revancha. Cuando las circunstancias se mostraron favorables para ella, Aníbal buscó un objetivo capaz de romper el frágil y calculado equilibrio existente entre ambas naciones y, muy posiblemente, en un acto calculado de provocación, puso cerco a la ciudad de Sagunto.

Su situación geográfica, en una ambigua zona de influencia romana y una presunta relación de clientela con respecto a Roma, posibilitó que una ciudad como Sagunto, sin duda próspera pero sin ningún interés especial en el concierto de las naciones del siglo III a.C, se trocara en protagonista involuntaria y punto de fricción entre los dos colosos del momento, convirtiéndose en aparente “casus belli” de la II Guerra Púnica.

Sagunto es atacada por Aníbal, pero Roma no acude en su ayuda hasta que, finalizada su resistencia, y ante el hecho consumado, exige explicaciones alegando un presunto tratado entre ella y la ciudad Ibera. Al no ser satisfechas adecuadamente, según su criterio, provocó la ruptura de hostilidades entre ambas potencias, dando lugar a la II Guerra Púnica.

Expulsada Cartago de nuestra Península, los romanos, que habían desembarcado forzados por las circunstancias, convierten su presencia en permanente; pero la presión depredatoria y el desmedido afán de riquezas de sus pretores, sometieron a sus habitantes a una presión que originó constantes sublevaciones y conflictos.

En este contexto se produce el drama de Numancia, una ciudad celtíbera, próxima a Soria, que durante 17 años está en conflicto con la mayor potencia del momento, Roma. No es una lucha continua, ni faltaron ocasiones en las que los numantinos trataran de buscar la paz por procedimientos honorables, pero ésta no fue posible porque Roma o sus generales nunca lo consintieron, aún cuando los sucesivos ejércitos mandados contra ella fracasaron sistemáticamente.

Para derrotarla, fue necesario que entrara en liza el mejor general de su época, Escipión Emiliano, el nieto del vencedor de Aníbal en Zama, y él mismo destructor de Cartago.

Su táctica para sojuzgar a Numancia fue diferente de la utilizada por Aníbal frente a Sagunto. Si éste asalta personalmente la ciudad y resulta herido en el intento, Escipión somete a la celtíbera Numancia a un cerco asfixiante, sin permitirle siquiera la satisfacción moral de sucumbir con las armas en la mano. La abrumadora superioridad numérica, y las durísimas condiciones de un asedio al que se ve sometida una población castigada por casi dos décadas de guerras, la obligan a claudicar, también tras una resistencia de nueve meses.

Aún cuando los hechos se separaron en el tiempo más de ochenta años, ambos son consecuencia del mismo proceso, el de la defensa de su libertad frente a quienes arbitrariamente quieren arrebatársela. Ambas marcaron un hito que, a lo largo de la historia se ha repetido con la misma gloria; así, Astapa (Estepa), Calagurris (Calahorra), Aledo, Tarifa, Zaragoza, Gerona, Baler, Toledo o Madrid, han conformado esa cadena de poblaciones o fortalezas mártires que sacrificaron, en ocasiones hasta su propia existencia, en aras de su independencia, su honor, su misión o su patriotismo, configurando así ese cúmulo de cualidades patrias que darán forma al carácter nacional.


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