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Las Juntas en Hispanoamérica: la independencia de la América española (I)

Por D. Antonino Castañer Llinares.

La independencia de la América española se produjo en realidad como propia evolución interior. La madurez de la sociedad americana fue la verdadera causa del movimiento emancipador; éste tomó la inestabilidad peninsular de 1808 y el restablecimiento del absolutismo como pretextos para realizar su independencia.

A principios de 1810, la Junta Central reunida en Cádiz se disolvió, constituyéndose un Consejo de Regencia que mantenía los derechos de Fernando VII. Se llevaron a cabo numerosos experimentos políticos e institucionales que evidenciaron la pretensión de la oligarquía americana de acompañar el cambio político con una incipiente revolución burguesa. Ocurrieron algunos movimientos populares, como el que encabezó el cura Hidalgo (movimiento popular no burgués) o el de las montoneras de Artigas. Esta ambivalencia oligárquica y popular se complica más con los enfrentamientos entre las tendencias que defendían la monarquía o la república, el centralismo o el federalismo. Todo ello condujo a enfrentamientos armados.

Con la Península dominada por las tropas napoleónicas la Regencia mantenía su pretensión de autoridad en el reducto de Cádiz. En América el dilema estaba entre acatar esa autoridad, temiendo acabar convertidos en colonias francesas o tomar cualquier poder y ejercerlo con autonomía. Las autoridades españolas optaron por la primera posibilidad y los revolucionarios se decidieron por la segunda.

Los cabildos metropolitanos asumieron la representación popular mediante su constitución en cabildos abiertos y éstos eligieron a Juntas de gobierno. En una fase posterior de este modelo de cabildo revolucionario, las juntas formadas convocaron congresos constituyentes; los congresistas declararon formalmente la independencia y aprobaron los primeros textos constitucionales americanos.

En la Gran Colombia: Caracas, Cartagena y Bogotá, se llegó a la constitución de juntas mediante el procedimiento de forzar a la autoridad peninsular (juntas de gobierno).

En Argentina el caso más sobresaliente se dio en Buenos Aires. Dentro de un clima de enfrentamiento entre la autoridad virreinal y la oligarquía criolla, las noticias del sometimiento de la metrópoli a Napoleón hicieron crecer el temor a una nueva invasión inglesa. La revolución de mayo marcó el punto de no retorno hacia la independencia del territorio rioplatense, aunque no se rompió con la metrópolis Buenos Aires se gobernó a sí misma desde entonces.

En Santiago de Chile la situación era también agitada. En agosto llegó la noticia del nombramiento por el Consejo de Regencia del ex virrey Elio como nuevo gobernador y se formó una Junta de gobierno que encabezaba el propio conde de la Conquista. Era la posición intermedia entre los independentistas y la aristocracia conservadora.

En Ecuador, en Quito, en septiembre se formó una junta de gobierno presidida por el propio gobernador, pero no encontró el reconocimiento de otras ciudades. Pero aún así, la Junta proclamó su independencia respecto a Santa Fe y el Consejo Regencia.

En Nueva España se pretendió reproducir la fórmula del resto de América: urbana, de cabildo abierto y Junta de gobierno. Intentó incorporar la representación india y mestiza. Pero los notables criollos que encabezaron una conspiración fueron delatados. Ante la previsible represión del virrey, uno de los integrantes Miguel Hidalgo y Castilla, cura de Dolores (Guanajuato) no dudó en precipitar el alzamiento tañendo la campana de su iglesia al grito de «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Mueran los gachupines!» (16 de septiembre de 1810). La insurrección proyectada se vio superada por la verdadera revolución, extendida por indios y mestizos. La extraña formulación de Hidalgo contra los blancos, sin distinción de criollos o españoles, las casas de los potentados fueron asaltadas en Celaya, Guanajuato o Guadalajara, hasta que fueron detenidos en Valladolid. Hidalgo fue juzgado, despojado de su carácter eclesiástico y ejecutado.

Las Juntas concentraron su labor en tratar de consolidar el poder y extender su autoridad. A la oposición jurídica y militar realista se añadieron las disputas internas entre los patriotas, la carencia de medios y la falta de apoyo exterior. La verdadera causa del fracaso de esta primera oleada de autonomía estuvo en el temor de la aristocracia dirigente a que la revolución política desencadenara una revolución social en contra de sus intereses.

En Nueva España (México), la revolución tuvo connotaciones muy distintas al resto de la América hispana, al no participar en ella la aristocracia criolla. El heredero de Hidalgo fue el también sacerdote José María Morelos, pero varió sustancialmente su ideal político: en lugar de la defensa de Fernando VII, reclamaba la República del Anahuac. El ingente y anárquico ejército anterior fue sustituido por uno más compacto y disciplinado, con ayuda del campesinado y al que no se le estaba permitido el saqueo. Su zona de operación fue el sur mexicano. Morelos vio la necesidad de elevar su movimiento guerrillero a la categoría de grupo político. Reunió el Congreso de Chilpancigo, que abolió el tributo indígena y la esclavitud, dio una legislación igualitarista con la derogación de privilegios, apoyó a la Iglesia católica y finalmente decretó la independencia de México (6-10-1813).

Un año después, ya perseguido por el ejército realista, promulgó la Constitución de Apantzingan, inspirada en la española de 1812, por la que México se constituía en república. Al terminar la guerra de la independencia española y retornar el absolutismo, reforzaron la posición realista. El nuevo virrey persiguió a Morelos, venciéndolo y capturándolo; fue condenado por hereje y traidor y fue fusilado.


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