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Qatar. El díscolo y poder blando del Golfo Pérsico...

Qatar. El díscolo y poder blando del Golfo Pérsico

Qatar no sobresale en el mapa pero desde hace años acapara una resonancia mediática gracias a su expansión en espacios económicos estratégicos. Esta nación peninsular del Golfo tiene la mayor renta per cápita del planeta y el más elevado índice de desarrollo humano del orbe árabe; mucho tiene que ver con su reducida población nativa de 300.000 personas, unido al hecho de poseer bastas bolsas de gas que le convierten en uno de los mayores exportadores del planeta. Derivado de ello, su despliegue financiero, económico y empresarial le ha dotado de una capacidad de influencia en el ámbito socio-económico a escala global diametralmente opuesto a su tamaño o a su poder militar. Una forma de intervencionismo empresarial con calado político que le permite ganar presencia a través del soft power, y que retrata las aspiraciones de un país consciente tanto de sus recursos como de sus limitaciones. Sus inversiones a través del Fondo Soberano de Inversión de Qatar o la repercusión que atesora la cadena Al Jazeera son ejemplos del tipo de arquitectura de poder que esgrime Doha.

Sin embargo, el afán por una política independiente le ha granjeado a Qatar la condena de varios de sus vecinos del Golfo y otros países árabes. En junio de 2017 Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baharein y Egipto, hasta entonces aliados próximos, cortaron relaciones diplomáticas e impusieron sanciones económicas al emirato qatarí, acusando al país de trato con terroristas, de excesiva proximidad a Irán y de un nocivo manejo mediático de Al Jazeera, la cadena árabe más vista. El bloqueo impuesto que aún hoy permanece es una medida de presión para recuperar el alineamiento Qatar, y cuyas restricciones acabarían si Doha aceptara 13 condiciones que atentan directamente a su soberanía.

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El aislamiento supuso un golpe importante para Qatar, que de un día para otro se quedó sin sus primeras líneas de abastecimiento por el cierre de la vía terrestre y aérea, además de las restricciones de la ruta marítima. Sin embargo, ello permitió acelerar la transición de ciertas vértebras estatales que la situación de crisis forzó a acelerar por necesidad. La diversificación económica ya era un proyecto perfilado en las altas esferas de Doha, pero que cobró mayor peso y fluidez por la coyuntura.

A través del Fondo Soberano de Inversión (QIA), Qatar ha desarrollado desde 2005 una estrategia que pretende, más allá de obtener la máxima rentabilidad y amortiguar la volatilidad en los precios del gas licuado, garantizarse presencia en la economía global y pavimentar una imagen de agente inversor que le permita cotizar con su imagen en mercados específicos. Este plan se puede apreciar dentro de un abanico de mercados; desde el aeronáutico a través de Qatar Airways, hasta el deportivo con la organización del Mundial de Futbol de 2022, el PSG o los derechos de retrasmisión de BeinSports. De las compras más portentosas realizadas por QIA en últimas fechas – indirectamente desde Glencore – la adquisición del 19,5% de la petrolera rusa Rosneft por 10.200 millones de euros merece especial apunte. El mercado español tampoco se escapa del horizonte inversor, ya que Qatar ha invertido en torno a 6.000 millones; con mención a su accionariado del 12% dentro de El Corte Inglés.

Otro escenario que se ha visto alterado a tenor del bloqueo sobre Qatar es el geopolítico, donde las alianzas han dado un viraje amén de la confrontación en torno a Qatar. Los temores de Arabia Saudí se han hecho realidad con el acercamiento de Doha a Teherán, una demostración del error en la mira exterior de Riad: el Reino del Desierto esperaba que su cerco Qatar devolviera a éste al redil, en cambio ha fortalecido las relaciones con Irán, enemigo principal de los saudíes.

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Pero si preocupa en Riad el acercamiento al Estado persa, más relevancia tiene sus exponenciales relaciones con Turquía. Una nación que levanta desconfianza dentro de las monarquías del Golfo por sintonizar con el islam político que países como Arabia Saudí, Egipto y Emiratos Árabes Unidos rechazan al representar una amenaza dentro del orbe árabe-musulmán. El islam político es una vertiente que choca frontalmente con las bases que proclaman las monarquías del Golfo. Dentro de todos los conflictos que se solapan en Oriente medio, la disputa que levanta la ideología del Islam político representa un foco de tensión en la relación de Doha con sus aliados y detractores. De hecho, es una de las razones capitales por las que Riad y Abu Dabi ejecutaron el bloqueo comercial en 2017 al acusar al emirato de tratar con terroristas. Las relaciones con miembros de Hamas, el pago por rescate de qataríes a Al Qaida o la presencia de disidentes en la península han dado razones a sus detractores para cercar a la nación dirigida por la familia Al Thani. Turquía y Qatar siguen estrechando sus relaciones, y hoy ya forma una alianza geoestratégica en toda regla; el despliegue de fuerzas turcas en territorio qatarí cristaliza un vínculo que refuerza a Doha, pero que añade más tensión a la región.

La cuestión en torno a Irán está más condicionada. La relación con Teherán está definida por la máxima de compartir la mayor bolsa de gas del planeta; esto ha ponderado las relaciones entre ambos países en momentos de tensión, y hoy resulta un punto de partida para acercar posturas que beneficien a los dos Estados, a pesar de las divergencias políticas y religiosas. Desde el bloqueo, las relaciones se han estrechado, a la vista tras la ayuda prestada por Irán, que fue uno de los proveedores capitales en materias de primera necesidad junto a Turquía. Todo esto refleja una permuta en la balanza geopolítica de Oriente Medio ún pronto para verse definida, pero que abarca escenarios desde Libia al Cuerno de África.

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Mientras tanto, Estados Unidos intenta bascular su implicación. Washington ha declarado que cuenta con la alianza tanto Riad como de Doha, y mantiene la esperanza de que pronto se normalice la situación. Arabia Saudí es el mayor aliado árabe, pero Qatar alberga la Base Aérea de Al Udeid, el mayor enclave militar estadounidense de la zona. Se trata de dos activos geoestratégicos a los que Estados Unidos no va a renunciar a pesar de la inquietud que levanta la proximidad del emirato hacia Irán. No obstante, las relaciones han demostrado seguir su curso, dado que Doha ha acogido las conversaciones estadounidenses con los Talibán.

Quien sale mejor parado de esta situación es la nación persa, que ha encontrado en Qatar a un aliado estratégico que no esperaba, que además indirectamente ha facilitado el acercamiento a Turquía, formado una entente que no hace más que amplificar las divergencias de una región ya en sempiterna erupción.

Qatar necesita rutas logísticas funcionales para dar servicio, como garante exportador de gas, y también para dar entrada a todas sus importaciones necesarias para sus habitantes; sin ello el emirato automáticamente entra en jaque. Mientras tanto, sus activos en el sector financiero y de servicios le garantizan el impacto en visibilidad, imagen y prestigio, hasta poder servir como seguro geoeconómico. La presencia de dinero qatarí en la economía de mercado occidental está muy presente y ha dado sus frutos.

Es evidente que Qatar no está dispuesto a doblegarse ante la presión liderada por Riad, y mucho menos ceder a las presiones que sus detractores le exigen. El emirato ha decido seguir su propia hoja de ruta; los hechos ratifican el desmarque geoestratégico por pavimentar su propio redil a través de una política basada en inversiones estratégicas, con peso más allá de la rentabilidad económica, y sumado a una disposición diplomática para actuar de mediador. Por tanto, es improbable que la situación entre los Estados se resuelva a corto o medio plazo, ni que lo haga mediante un enfrentamiento armado directo, aunque por si acaso Doha ha invertido en contratos de armamento con Rusia, Francia o Estados Unidos. Arabia Saudí y EAU sobrestimaron la dependencia de Qatar de sus vecinos, y hoy el emirato aprovecha los múltiples frentes que tienen Riad y Abu Dabi para hacer valer su nueva agenda geopolítica, aunque ésta esté marcada por la necesidades consecuentes del bloqueo.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica