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El armamento ruso. La otra cara de la diplomacia del Kremlin

Rusia siempre ha tenido peso en el mercado armamentístico. Sus condiciones de potencia y sus aspiraciones hegemónicas le han exigido de forma perenne contar con una industria de armas en consecuencia a sus ambiciones, aun cuando ésta no siempre ha estado a la altura. A lo largo de este siglo Rusia se ha reafirmado en sus pretensiones. Hoy es la nación sobre la que orbita la diplomacia en parte de Oriente Medio, después de que la anexión rusa de Crimea en 2014 diera un giro a la partitura de la política exterior del Kremlin.

El país euroasiático asimiló la respuesta de Occidente, cuyas sanciones en marcos estratégicos como el financiero y el energético siguen apretado aún hoy una economía rusa ya anteriormente delicada. Sin embargo, Putin no ha cedido a la presión y continua con su plan por consolidar a Rusia como una de las regentes de la geopolítica mundial, hecho que quedó probado en 2015 tras su directa y capital intervención en Siria en favor del régimen de Bashar al Assad. El tablero de Oriente ha sido el principal escenario usado por Rusia para presentar sus prerrogativas en torno a los intereses estratégicos. Además de mostrar sus habilidades en el plano político al bascular las ambiciones y exigencias de cada actor implicado, su demostración de fuerza ha sido un órgano más de su arquitectura diplomática. Y en ello tiene que ver su papel exponencial en la producción y comercialización de armas. Rusia ha potenciado la inversión del sector armamentístico con la intención de que este mercado tenga el impacto esperado en estratos clave como el económico, político y social.

El país más grande del mundo siempre ha tenido que lidiar con la cuestión de la modernización de su basta infraestructura. Una debilidad que aún hoy arrastra – como sucede en sus instalaciones para el tratamiento de sus reservas energéticas -, pero que parece haber sabido direccionar en el sector armamentístico. Bajo parapeto del Estado, tal industria recae en manos de Rostec, la corporación matriz, con especial importancia de Rosoboronexport, la mayor sociedad exportadora de armas del país. La industria de defensa rusa siempre ha tenido presencia en la economía rusa, pero desde la llegada de Vladimir Putin este ámbito ha crecido dentro de la balanza económica; y es que tal inversión deja entrever el impacto geopolítico que se espera de este sector.

Rosoboronexport, empresa de exportaciones rusa

Los porcentajes de exportación de armas entre 2008-2012 alcanzaron su máxima con el 26% del total mundial; sin embargo, el siguiente periodo (2013-2017) mostró un descenso hasta el 22%, a pesar de que la nación euroasiática vendió armas a 50 países distintos. Con especial mención, por su resonancia, la venta del sistema antiaéreo S-400, adquirido en los últimos años por China, India e incluso Turquía, miembro de la OTAN. India, China y Vietnam se mantienen como clientes principales, y aún si las cifras en venta de armas de los últimos años han menguado, la tecnificación de sus equipos ha demostrado la competitividad rusa en una amplia gama de productos militares. Hoy el coloso euroasiático permanece como el segundo mayor exportador de armas del mundo, sólo tras Estados Unidos, ambos con una diferencia mayúscula sobre el resto de proveedores.

Rusia ha convertido su producción militar en una vértebra sólida y creciente de su economía, que en 2017 daba casi tres millones de puestos de trabajo; una industria diseñada para explotar la demanda de un mercado puntero y de futuro por medio de equipos de alta tecnología. Se trata de un área de manufacturación en el que Rusia está a la vanguardia, su potencial ha llevado a Moscú a apostar por estar a la cabeza. Los sistemas antiaéreos (41% de las ventas globales entre 2010-2016) como el S-400, misiles (25%) y aeronaves (24%) como el caza MiG-35 son los ejemplos más recientes de un sector diseñado para ocupar una posición decisiva en el mercado. El nivel alcanzado en este campo le proporciona a Rusia un equilibrio militar que dota a su Gobierno de frialdad diplomática, fruto de contar con una proyección de fuerza real, y sin necesidad de recurrir a su pretérito discurso de potencia nuclear. Definitivamente, el comercio de armas contiene amplias implicaciones geopolíticas. No sólo su escaparate en Siria o Ucrania, o la carga propagandística que conlleva en el contexto local y en el marco exterior, también el poder de influencia sobre los clientes.

Caza MiG-35

Rusia se ha dispuesto a consolidar una infraestructura militar más técnica, en consonancia con las amenazas híbridas y las frentes opacos, y con la capacidad de respuesta rápida que su tecnología y sus puertos en Crimea y Latakia hoy le permiten. Al mismo tiempo, escenarios como los de Ucrania y Siria han proporcionado al Gobierno ruso la oportunidad para justificar rápidamente los números de su producción armamentística, a la vez que ha usado ambas guerras tanto para mostrar sus capacidades como para enseñar la calidad de su material. Una proyección de fuerza ligada a la partitura política perpetrada desde Moscú. Aún si los datos recopilados por SIPRI demuestran cierta reducción en el porcentaje de las exportaciones de armas, no se debe atender únicamente a las cifras de ventas, si no también a la evolución en cuento a la modernización de su instrumental atendiendo al tipo de armamento. Una tendencia hacia un gasto más estratégico en los recursos, priorizando la técnica sobre la masificación.

En todo esto tiene que ver las consecuencias colaterales del mercado energético. El cordón umbilical económico con Occidente puede tensarse, pero no romperse; la necesidad mutua es demasiado grande. Las sanciones impuestas por Occidente han menguado una fuente significativa de ingresos para Rusia, pero Europa tampoco puede permitirse cerrar su grifo energético; todo ello sumado a las restricciones también en el marco financiero. Desde su talla como segundo exportador de armas, Rusia aspira a potenciar un mercado que ve con potencial para más rédito, y como paralelo al energético. Aún lejos de los números de este último, ambas esferas albergan el peso geoestratégico para determinar las relaciones entre Rusia y China, y por ende, la disposición multipolar del mundo. Son pocos los países con la infraestructura estatal para afrontar la inversión de cubrir la amplitud pertinente al comercio de armas. El gigante eslavo ha encontrado un área estratégica con la cual poder alejar a países como India, Turquía o Egipto de la esfera de influencia estadounidense; siempre habrá naciones con malas relaciones con Washington necesitadas de modernizar su instrumental bélico.

Líderes de los países BRICS

La exportación de armamento tiene implicaciones estructurales por el tipo de mercado y las cifras que mueve, y es que la producción no se podría sostener si no fuera por la demanda externa de los productos. La industria de defensa ocupa el 3% del empleo nacional, por lo que su caída supondría un golpe social y político sustancial para Rusia. No se puede infravalorar el impacto de esta industria en el plano nacional. Distintos informes han mostrado el dinero y los puestos de trabajo que genera el ámbito de Defensa, una cartera que daba empleo en 2017 a dos millones y medio de rusos.

Definitivamente el sector armamentístico trae unas contraprestaciones más amplias para el gigante eurasiático que las netamente económicas. Es una industria que aspira a ir ganando presencia con el paso de los años, que ya cobra el peso como clave de futuro. Conscientes de la profundidad geoestratégica que otorga su papel en el mercado de armas, el Kremlin emplea este mercado como activo de su política exterior. El desarrollo del sector armamentístico aspira a potenciar la influencia rusa en mercados ya presentes y ganar peso diplomático con ello. Vladimir Putin es conocedor de que la condición de Rusia como proveedor de armas le otorga prerrogativas capaces de influir en las corrientes geopolíticas, un factor que no ha dudado en explotar para ampliar sus áreas de influencia y consolidar a Rusia en la primera línea del orden mundial. Hay pocos países dotados con la capacidad para demostrar competitividad, en mayor o menor grado, en los escenarios estratégicos. El papel de Rusia dentro del comercio de armas deja patente sus condiciones como potencia global.

De cara al futuro hay que atender a las relaciones rusas con China e India, especialmente la primera, cuyo desarrollo militar también está en auge, y que podría suponer una alteración en el trato entre ambos por el impacto en el equilibrio comercial. También hay que contemplar las consecuencias por las políticas aislacionistas estadounidenses, que pueden propiciar la ampliación de mercados para Rusia y una mayor  consolidación de su influencia, como en Oriente Próximo; o una alianza más sólida entre Moscú y Pekín, un panorama que definitivamente constataría el mudo multipolar.


Analista independiente, especializado en Conflictos Armados, Terrorismo y Geopolítica