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Santiago Apóstol, el espíritu infatigable de la Ca...

Santiago Apóstol, el espíritu infatigable de la Caballería

Dña. Carmen Pavaneras.

Santiago nació en Betsaida, a orillas del mar de Galilea, lago de Genesaret o Mar de Tiberíades, como le llamaron los romanos en recuerdo del emperador Tiberio. Su padre, el Zebedeo, era un pescador acomodado, en la terminología actual, un pequeño armador, con barco propio y marineros asalariados, lo que le permitía un buen pasar y dar estudios a sus hijos. No obstante siempre que podía se los llevaba consigo a pescar, cumpliendo la exigencia rabiniana que decía “el que no enseña un oficio a su hijo es como si estuviera criando un cerdo».

Santiago antes que a Jesús, conoció al Bautista y asistía a sus predicaciones, sin perderse aquella en que el precursor pedía a los soldados que no cometieran abusos de fuerza o de autoridad, pero sin siquiera insinuarles el abandono de su profesión. Sin duda, aquí, Santiago empezó a pensar que la caballería y la santidad eran compatibles.

Santiago tenía que poseer unas especiales cualidades humanas que le hicieron ser particularmente preferido. Simpatía, espíritu abierto y comunicativo, nobleza de sentimiento y lealtad a toda prueba, debían adornar su personalidad, ya que por las noticias que nos dan los Evangelios de él, se ve que era uno de los predilectos del Maestro, pues siempre estuvo en el reducido grupo que el Señor reserva para ser testigo de los acontecimientos más relevantes.

Según la tradición, Santiago puso pie en Hispania en el año 40, resuelto a comunicar su ardor evangélico a las desconfiadas gentes que seguían dando culto a sus ancestrales dioses o a los recientes, impuestos por sus civilizados conquistadores.

De su tesón y animo, para «volver a la carga», a pesar de los fracasos cosechados en sus primeras intervenciones, da idea sus innumerables recorridos por los caminos romanos.

Desesperado debía estar por sus escasos progresos, cuando la Virgen María, todavía en carne mortal, hubo de aparecérsele en Zaragoza para prometerle que sus esfuerzos se verían a la postre, coronados por el éxito.

Finalizado su periplo por Hispania, debió embarcar en algún puerto murciano o andaluz con rumbo a Palestina. Al poco tiempo, en Jerusalén, le cupo el honor de ser de los primeros Apóstoles de Jesús en padecer el martirio: fue degollado.

No es difícil imaginarse a este Apóstol, descrito como rudo y sencillo, impulsivo y ambicioso, predispuesto a la aventura y con una fe inquebrantable, cabalgando con ímpetu arrollador en Clavijo, arrastrando en pos de sí al Rey Ramiro I y sus huestes.

Nunca «el espíritu jinete», pudo estar mejor representado que en esta ocasión en la figura de Santiago, el espíritu que siempre ha animado a nuestra infatigable Caballería.

Pero no es solamente en el combate donde se percibe la benéfica influencia de Santiago en nuestros jinetes, también se percibe en la vida cotidiana, una sutil presencia del Apóstol entre los componentes del Arma, que se traduce en ciertos comportamientos inconfundibles ante los cuales hasta con los ojos cerrados, se puede asegurar de alguien que pertenece al Arma de Caballería.

Santiago sintetiza la representación de las nobles ideas constituidas por el compañerismo que aleja todo egoísmo individual y que impulsa sentimientos de abnegación, siendo estas bases de todas las virtudes militares.

Estas cualidades y sentimientos, Santiago los vierte abundantemente en sus nobles hijos, los jinetes españoles de todos los tiempos.

Ese compañerismo y esa abnegación, los necesitan hasta el paroxismo para cumplir su misión en el combate, pues, las situaciones, más o menos frecuentes para otros componentes de los Ejércitos, en los que se exige llegar al heroísmo en Caballería son habituales por lo específico de su misión y la forma en que debe cumplirse.

Santiago Apóstol fue declarado Patrono del Arma de Caballería el 30 de junio de 1.846 por el entonces Vicario General Castrense.


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